Durante los ensayos de la comedia ¿Quién mató a Julián Morales?, en Ugaoko Bidea llevamos a cabo varios ensayos encaminados a reforzar la concentración y la pronunciación. Para ello redacté un par de textos locos, plagados de palabras complicadas, extrañas, inusuales, textos que luego debíamos intentar repetir de la manera más correcta posible.

Ahora nos hallamos inmersos en una nueva obra y la táctica, que funcionó a la perfección, se repite. Esta mañana he escrito otro texto, no tan incoherente como aquellos pero con alguna palabreja que incita a leerla con atención.

Hace un rato, repasando el escrito, me ha parecido advertir que posee un pase como relato corto. Por ello, y pese a no haber nacido con ninguna intención de ser leído nada más que en el ámbito de nuestros ensayos, lo expongo aquí sin más pretensión que la de entretener unos minutos.

 

Argimiro Ribamontán Zipaguta había nacido en la ciudad de Chigorodó, departamento de Antioquía, en el noroeste de Colombia.

Hijo de un maestro de escuela mal pagado y de una modista con alma de hormiga, el niño Argimiro creció entre la disciplina de las horas escolares y la soledad sombría del hogar. Quizá por ello, el niño Argimiro aprendió a dialogar consigo mismo y con los elementos que le rodeaban. Así, descubrió que cada objeto de su casa poseía un idioma propio y diferente de los demás.

El grifo del lavabo, por ejemplo, hablaba en una lengua húmeda, con sabor a óxido y acento de emperador craso, aburrido y egoísta. Su glop-glop-glop lento y monótono sonaba a todas horas y sólo se interrumpía cuando el grifo se abría del todo o cuando don Alejandro Ribamontán, su padre, enchufaba la radio.

La ventana de la sala era una parlanchina atropellada y tartamuda que sólo platicaba cuando un camión o una camioneta pasaba bajo ella y, sacudiendo y estremeciendo el edificio entero, la hacía vibrar despertando voces nuevas con aroma a cristal y madera.

Y de la misma forma, mil y un objetos más.

Argimiro Ribamontán Zipaguta aprendió con ellos a escuchar, apreciar, razonar, modular y disfrutar de sus palabras. Para él era como un juego más dentro del angosto universo de juegos practicados, un juego que continuó cuando en la piel de su rostro aparecieron granos y pelusilla a partes iguales y también cuando el pelo de su cabeza comenzó a menguar. Incluso lo fue el mediodía de junio en que, de pie en la cola para ser atendido en la ventanilla del banco, aquellos tres hombres encapuchados y armados con pistolas irrumpieron en la sucursal al grito de "¡Todo el mundo al suelo, todo el mundo al suelo y al que no obedezca lo mandamos de un tiro al otro barrio!". El primer desconcierto levantó en el local un alboroto de gallinero asaltado por el raposo, pero los atracadores eran expertos y en un santiamén controlaron la situación. Los siete clientes -cuatro mujeres y tres varones- alfombraron el frío terrazo de la entidad bancaria.

El más corpulento de los ladrones introdujo el cañón de su pistola por la ventanilla primero y en la boca del empleado después mientras le sujetaba del cuello de la camisa.

 

-¿Cuánto dinero hay en la caja? –preguntó en tono tormentoso.

 

El hombrecillo, con el hierro raspando sus dientes, respondió al borde del desmayo.

 

-No lo sé... pero mucho, señor.

 

El atracador pareció encontrar divertida la respuesta, pues su tono al preguntar de nuevo dejó escapar una risita comedida.

 

-Estupendo, amigo, no sabes cuánto me alegro.

 

Argimiro Ribamontán Zipaguta, con la mejilla izquierda contra el suelo, clavaba sin darse cuenta la mirada en los tacones de los botos camperos del forajido del mostrador. A su lado, un anciano desdentado le miraba a él con ojillos necesitados de consuelo. Argimiro supo que iba a hablarle. El temblequeo de sus labios débiles lo anunciaba. Sus palabras brotaron débiles, angustiadas y susurrantes.

 

-Nos van a matar, ¿verdad, señor?

 

Argimiro tardó en responder.

 

-Espero que no, buen hombre.

-Tengo dos hijas, señor.

-Tranquilo, abuelo. Cogerán la plata que puedan y se marcharán sin hacernos nada.

-¡¿Quién carajo habla?! –vociferó el atracador que encañonaba a los echados en tierra.

 

A raíz de esa pregunta sin respuesta, ni Argimiro, ni el anciano desdentado ni ninguno de los demás clientes abrieron los labios. Entonces, Argimiro Ribamontán Zipaguta, en un intento por evadirse mentalmente del tenso momento, comenzó a recordar los sonidos de su infancia. El glop-glop-glop del grifo del lavabo, el ñíc-ñíc-ñíc de los muelles del colchón de sus padres cada sábado por la noche, el krash-krish-krash del suelo de madera del pasillo, el blop-blop-blop de los garbanzos ablandándose en la olla, el toc-tic-toc del segundero del reloj de la cocina, el clín-clín-clín de la ventana de la sala al paso de una camioneta, el moc-moc-moc de los cláxones de la avenida principal en horas punta y el tirrín-tirrín del timbre de las bicicletas. El suave y continuo ommmmm de la lámpara fluorescente de la cocina, el ñiaaaaac de la puerta de la despensa, siempre a falta de grasa, el chispeante gri-plis-plas-gros-pli del aceite de la sartén...

Tan concentrado estaba Argimiro en sus recuerdos onomatopéyicos, que cuando el forajido que les controlaba le ordenó que se levantase, no obedeció, y sólo supo que le hablaban cuando la patada en el muslo le provocó un espasmo.

 

-¡Levanta de ahí, huevón! –gritó el hombre.

 

Argimiro, sacado brutalmente de su ensoñación, sólo acertó a farfullar una confusa amalgama de sonidos ininteligibles.

 

-Pero ¿qué carajo dices, fufurufa de mierda? –preguntó el ladrón.

 

Y Argimiro, mirándole con ojos ausentes y ensimismados, farfulló:

 

- Blop-blop- tirrín- clín-clín- ommmmm...

 

Los ladrones se miraron entre sí como preguntándose qué le ocurría a aquel hombrecillo con cara de oveja por cuya boca salían sonidos tan extraños. Los demás clientes dejaron de sentir pavor para pasar a sentir una curiosidad desmedida. El forajido del mostrador se plantó en cuatro zancadas frente a Argimiro y exclamó como una detonación:

 

-¡Tarado de mierda! ¡O hablas bien o te reviento de un tiro esa boca culicagada que no te vale para nada!

 

Argimiro, sin comprender qué quería decir aquel salvaje, replicó:

 

-Glop-glop-moc-moc- plis-plas-gros- ñiaaaaac.

 

Los ojos del atracador, en el hueco redondo del pasamontañas, destellaron como un relámpago en la noche. El anciano desdentado, comprendiendo que aquello podía acabar muy mal para todos, se atrevió a susurrar a Argimiro:

 

-Por favor, señor, deje de jugar. Estos amigos parecen bravos y sus dedos en el gatillo me están poniendo nervioso.

-¡Calla, viejo malparido! –vociferó el jefe de los ladrones.

 

Luego, se inclinó sobre Argimiro y, colocándole el cañón de su pistola en el centro de la frente, pronunció muy firme, muy parsimonioso y tremendamente amenazador:

 

-Escucha por última vez, corroncho de mierda: con éste que te está apuntando a la cabeza no juega ni el más mongólico de Bogotá, porque sabe que no tolero ni una mirada mal echada, ¿te enteraste? Así que si en algo aprecias tu pellejo, te levantas y haces todo lo que mi amigo te diga, ¿oíste, pendejo?

 

Ante la expectación general, Argimiro Ribamontán Zipaguta, natural de la ciudad de Chigorodó, departamento de Antioquía, en el noroeste de Colombia, hijo de don Alejandro Ribamontán y de Sandra Milena Zipaguta, ladeó la cabeza, buscó con la mirada los tacones de los botos del hombre que le encañonaba y, con tono emocionado, como el niño que encuentra un juguete nuevo, pronunció:

 

-Tlonk-tlank-tlonk...

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