conversaciones jodraNo puede decirse que haya faltado a mi palabra -puesto que nunca la di- o que haya incumplido una promesa .ya que jamás la pronuncié-, pero me queda dentro un incómodo escozor por las semanas sin escribir ni una sola línea en esta sección.

Como diría mi buen amigo Jodra emulando la escena final de Blade Runner, «En este país las mentiras e incumplimientos se diluyen como lágrimas en la lluvia». Y no le falta razón, pues después de los ochocientos mil -800.000- puestos de trabajo del carismático Felipe González, del arsenal de armas químicas que el cowboy Aznar aseguró escondían los pérfidos iraquíes, de los brotes verdes que el jardinero infiel Zapatero veía por doquier o de las diarias tropelías del triste Rajoy, cualquier mentira, incumplimiento, etc. son peccata minuta.

 Sin embargo, uno, que no se tiene por mejor que nadie pero sí por más íntegro que los individuos mencionados y que los muchos bufones que bailan a su alrededor esparciendo mierda sobre la ciudadanía por la que juran y perjuran luchar con más coraje y fidelidad que el mismísimo Cid Campeador, siente que ha fallado a alguien muy importante, quizá, en este sentido, al más importante: a sí mismo.

No puedo ni quiero presentar en este juicio íntimo alegación alguna. Han sido demasiadas semanas de abandono y las telarañas dan fe de la gran ausencia. Jodra me dice que ha sido verano, que han estado por medio las vacaciones, pero yo, agradeciendo su buena voluntad, le replico diciendo que, para bien o para mal, no soy docente y que mi tiempo de verano nunca ha gozado de dilatación semejante.
Hace unos minutos escuchaba decir en RNE a Pepu Hernández, el entrenador de baloncesto, que él repasa y analiza las derrotas tanto como las victorias, para no olvidar dónde se falló. Aprovecharé este domingo para hablar conmigo mismo y ver en qué momento dejé de hacerlo.

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