miguel williamLos astros se conjuraron para que los dos autores reconocidos mundialmente como los más grandes de la Historia vinieran a este mundo en el mismo siglo, con una diferencia de diecisiete años a favor -si por favor entendemos el nacer antes- del español.

A la hora de su muerte los caprichosos astros atinaron aún más, pues se conjuraron para que ambos genios fallecieran en el mismo año, 1616, y casi en el mismo día, aunque no tuvieron en cuenta que Miguel y William se regían por calendarios diferentes.

El primero murió aquejado de una pertinaz diabetes y en un estado económico bastante penoso, mientras que el segundo lo hizo a causa de unas fiebres –aunque estudios recientes apuntan a un cáncer- y con una economía boyante y saneada.

Uno y otro gozaron en vida de una fama más o menos consolidada, pero su «lanzamiento al estrellato» no vino, como suele suceder, hasta mucho tiempo después de yacer bajo tierra. Desde entonces han compartido Olimpo, mantenidos y defendidos por lectores, críticos, catedráticos, autores, expertos… que, bien catalogándolos de colegas, bien de rivales, no han dudado en ensalzar la obra de los dos genios.

En esa lucha por la corona de laurel, y según mi modesta opinión, Shakespeare gana a los puntos mientras que Cervantes lo hace por nocaut. De la bibliografía del de Stratford-upon-Avon se pueden citar de memoria una docena de obras de alto nivel (Hamlet, Macbeth, El rey Lear, Romeo y Julieta, Otelo, Mucho ruido y pocas nueces, Sueño de una noche de verano, El mercader de Venecia, Enrique V, Ricardo III...), mientras que de la del nacido en Alcalá de Henares, dejando a un lado su El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, apenas nos suenan un par de ellas más. Sin embargo, la novela del caballero de la Mancha es -después de la Biblia- el libro más editado y traducido de la Historia, y está considerado como uno de las mejores obras de la literatura universal.

Esta trayectoria, tan paralela en muchos aspectos, diverge de una manera brutal en este 2016 en el que se conmemora el 400 aniversario de la muerte de sus protagonistas. En esta tierra tan fecunda y amante de los refranes, cobra triste actualidad ése que reza: Nadie es profeta en su tierra. Mientras en el Reino Unido la conmemoración se ha tomado casi como una cuestión nacional, en el Estado español no alcanza más relevancia que una Feria de Abril –con todos mis respetos a la Feria de Abril-.

Allí, a primeros de año, el primer ministro David Cameron, redactó y divulgó un escrito en el que ensalzaba los valores del autor británico. Aquí, que yo sepa, el presidente del gobierno no ha efectuado la menor declaración acerca de Cervantes por hallarse, según se ha dicho, enfrascado por completo en la preocupante situación del partido y del país desde las elecciones del 20D. Pero antes de esa fecha, ni él ni ninguno de los principales candidatos hablaron en sus discursos y mítines no ya del olvidado manco de Lepanto, sino ni siquiera de Cultura. Y yo les entiendo. Se jugaban mucho y no es cuestión de restarse votos voluntariamente.

El British Council (instituto cultural público cuya misión es difundir el conocimiento de la lengua inglesa y de su cultura mediante la formación y otras actividades educativas), en estrecha colaboración con la campaña GREAT Britain, ha diseñado Shakespeare Lives (Shakespeare vive), un programa global de actividades que se desarrollará, a lo largo de todo el año, en 140 países.

Lo más destacado para rendir homenaje a Cervantes es una batería de actividades -presentadas el 9 de febrero- y el pesar de, entre otros muchos, Javier Rodríguez Palacios -alcalde de Alcalá de Henares y miembro de la Comisión Nacional para la Conmemoración del IV Centenario del Fallecimiento de Cervantes-, quien, en una entrevista de hoy mismo en el diario El País, lamenta la improvisación con que se ha organizado el acontecimiento y la falta de ayudas del Estado y de la Comunidad de Madrid.

La obra de Miguel de Cervantes y de William Shakespeare es la misma con o sin celebraciones y homenajes. Ellos y su legado literario están por encima de fastos, programas y aniversarios. Lo triste, una vez más, es que mientras uno es aclamado, reconocido, divulgado y paseado a hombros por sus paisanos, otro es ignorado y ninguneado por los suyos. Pero, ¿puede esperarse algo más de un país que sólo presume de sus éxitos deportivos, que cada día adopta palabras y frases inglesas en su vocabulario cotidiano, que acude al Festival de Eurovisión con una canción en inglés?

Aquí es donde el recuerdo de Shakespeare, al igual que en los retratos que acompañan estas letras, permanece eternamente coloreado y lleno de vida mientras que el de Cervantes se difumina y apaga en un túnel de tonos blancos y negros, cada vez más grises y difusos.

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