Guiño curioso del 2 de septiembre de 2014

-La Ría de Bilbao y sus ahogados en el siglo XVIII-
 

guino curioso2El presente capítulo de Guiños curiosos fue redactado para comentarlo el último martes de julio, de modo que su temática quizá haya quedado un poco desfasada, pero como también septiembre es un mes vacacional, lo retomo porque de alguna manera aún tiene sentido.

Y es que tanto julio, como agosto y, en menor medida, también septiembre, son épocas de playa, de río, de piscina… En fin, de darnos un remojón por puro placer aparte de hacer deporte. Desde aquí recomiendo a todos y a todas los que nos estén escuchando que tengan mucho, mucho cuidado con el agua: cuidado con los sitios, con las mareas, con la hora del día… Porque por desgracia cada año nos llegan noticias de percances, muchos de ellos con final trágico. Y no es agradable hablar de ello, pero es que el guiño curioso de hoy tiene que ver, precisamente, con los percances en el agua, concretamente en las aguas de la Ría de Bilbao allá por el siglo XVIII. La única diferencia entre unos y otros percances era que los actuales se producen en esos ratos de ocio que disfrutamos, como antes hemos dicho, en piscinas, playas y ríos, mientras que esos percances «antiguos» se producían en cualquier época del año y sin ese componente vacacional.

Pongámonos en situación. Siglo XVIII, más o menos julio de 1782. Por aquellas fechas, concretamente el día 15 de ese mes, las autoridades del ayuntamiento de Bilbao promulgaron unas normas recogidas en un tomo bajo el extenso, curioso y llamativo título de Instrucción sobre el modo, y medios de socorrer a los que se ahogan, o estubiesen en peligro en la Ría de Bilbao.

La primera pregunta que se nos viene a la mente, o que al menos se me vino a mí el día que descubrí este tratado de lo que podríamos llamar primeros auxilios a los caídos en las aguas de la Ría, es: «¿Hacía falta un trabajo de este tipo?». Porque no se trata, como veremos, de unas meras indicaciones sino de todo un tratado de medidas y actuaciones.

La respuesta, después de leer las páginas de este manual es, inequívocamente: Sí.

Aunque hoy pueda parecer que las caídas a la Ría sean puntuales, casi anecdóticas, en la época a la que nos estamos refiriendo era algo alarmante. Los datos son para asustar: diez personas caídas al agua en los últimos dos meses. Con dichas cifras no es de extrañar que el ayuntamiento tomara cartas en el asunto. Y enseguida vamos a ver que de manera sesuda y contundente.

En primer lugar, estaba castigado con «la pena que el real Consejo juzgase conveniente» todo aquél o aquélla que pudiendo asistir a los infortunados que caían a la Ría denegaran el auxilio.

Al mismo tiempo, aprovechando que en el Arenal y a la altura de San Francisco había un servicio de barcazas para trasladar gente de una orilla a otra, se dotó a los barqueros de una «red barredera» para proceder al rescate de los caídos a la Ría, con la obligación de cuidar dichas redes y de dar cuenta de ellas ante el ayuntamiento. De esta manera, los primeros cubrían el tramo entre el convento de la Concepción hasta Campo Volantín, y los segundos, desde la Plaza del Mercado (actual Mercado de la Ribera) hasta Atxuri. Y en caso de no hacerlo, podían perder el permiso de transporte.

Esta división no sólo atañía a los barqueros, sino también a lo que podríamos calificar como «sistema de alarma», que no era otro que el de tocar las campanas. Si la persona accidentada había caído del Arenal para Atxuri se tocaban las campanas de San Antón, y si del Arenal para Deusto, las de San Nicolás. Las de Santiago se repicaban en ambos casos. Y estas parcelaciones atañían igualmente al lugar en el que el infortunado o infortunada que se precipitaba al agua era atendido. Si caía en la zona de San Nicolás, se le llevaba a una casa acondicionada en la calle Sendeja. Si el lugar era la Ribera, en una casa ubicada allí, en la Ribera, y si sucedía entre la Plaza del Mercado y Atxuri, tocaba ingresarle en el Santo Hospital.

Aquí puede surgir una pregunta: ¿cómo se enteraban los encargados de tocar las campanas en una época en la que no había móviles, ni teléfonos…? Pues muy sencillo: por boca de cualquier ciudadano. Y el ayuntamiento, conociendo la maquinaria que mueve el interés del ser humano, se aseguraba de que no fueran pocos los que corrieran a dar el aviso a la iglesia correspondiente, pues se le premiaba con dos reales de vellón, y a la persona que avisase a los tres médicos y cirujanos asalariados de la Villa y del Santo Hospital, con el doble: cuatro de estos preciados reales de vellón.

Pero las recompensas no acababan aquí, no, ya que a la persona o personas que sacasen vivo al que hubiese caído a la Ría antes del cuarto de hora de su caída, se le premiaba con cien reales de vellón, cantidad que se reducía a la mitad si el rescate se producía entre los quince minutos y la media hora. Y si el tiempo excedía de la media hora, el premio menguaba hasta los veinte reales. Hay que aclarar que el premio se repartía entre todos los que participaban en el salvamento, y que el tiempo se verificaba mediante testigos.

Hasta aquí las obligaciones y las primas, pero conozcamos cómo se procedía con el verdadero protagonista de la película: el ahogado o ahogada, o mejor dicho, con la persona que podía acabar así de no recibir auxilio.

En primer lugar, se le desnudaba, se le secaba con una bayeta y se le envolvía en una manta, tras lo cual se le colocaba de lado -nunca sobre las espaldas- con la cabeza un poco inclinada para hacerle arrojar el agua. Acto seguido, se le agitaba suavemente y sin temblores violentos. Con objeto de introducirle aire en los pulmones se le tapaban las narices y, por medio de una canilla puesta en la boca, se soplaba.

Hasta aquí, todo más o menos normal, pero el tercer paso es el que sin duda nos va a dejar con los ojos como platos, y seguramente dudando de si el remedio se empleaba para aliviar al aspirante a ahogado o para disuadirle para siempre jamás de que no se acercara por las orillas de la Ría.

Veamos: el tercer paso consistía en aplicar al susodicho un artefacto que no era sino una pipa de fumar tabaco, aunque de tamaño sensiblemente mayor, tanto que requería ser transportada en una especie de carrito de mano. Básicamente consistía en un recipiente u hornillo en el que se quemaban ciertas productos y en una manguera rematada en una canilla que se introducía en el «orificio posterior» del accidentado/a para llenarle los intestinos de humo. Sólo de pensarlo, ya asusta: un hornillo lleno de humo, una gruesa manguera, una cánula aplicada por el…

Dependiendo del estado del paciente, el remedio-tortura podía finalizar aquí o prolongarse en otra ristra de intentos, a cada cual más curioso, como tumbarle sobre una cama de cenizas o de sal calientes para darle movimiento a la sangre, o ponerles en estiércol, o meterle en un tonel y hacerles rodar, o colgarles de los pies a fin de que expulsen el agua que han tragado, remedios estos dos últimos que no se aconsejaban mucho por su ineficacia, pues nadie se ahoga porque se le llene el estómago de agua.

Y si, como dice en el volumen al principio mencionado, «el paciente no da señales de volver, se le sangrará de las venas yugulares, sacándole doce onzas de sangre».

¿Alguien da más? Aunque parezca mentira o una exagerada invención, se detallaban más remedios, pero considero que con los expuestos basta para hacernos una idea de cómo el ayuntamiento de Bilbao procuraba socorrer a los que, casual o deliberadamente, se precipitaban en las aguas de la Ría.

Qué tiempos aquéllos…

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