emrique canada portadaCaminar en su compañía por el bosque trae a la memoria uno de aquellos guías indios de las películas de Hollywood, capaces de leer en el vuelo de las aves, en los excrementos de los animales, en la manera de instalarse el musgo en un árbol. Lo que para los demás no es más que el normal acompañamiento coral de un paseo por la montaña, para él constituye un descubrimiento constante en el que todo queda detectado, identificado y anotado: esa mariposa aparentemente idéntica a tantas otras pero que posee una característica especial, el graznido de una chova, una huella semiborrada en el barro, una diminuta flor nacida entre lapiaces… Hablo de Enrique Arberas Mendibil, biólogo de profesión y aventurero de vocación. La persona más humilde, más amante de la naturaleza y más enraizada a la tierra que recuerdo haber conocido en toda mi vida.

Enrique Arberas se lanza a la sierra a la menor ocasión, como el pez fuera del agua que necesita volver a ella para respirar, para sentirse en su elemento natural, para vivir. Enrique disfruta de cada estación del año y de cualquiera de las cuatro extrae un placer y una enseñanza, pero es especialmente dichoso en los meses más crudos, ésos en los que el paisaje se viste de blanco, ésos en los que el aire arrastra el frío y en los que las piernas pelean contra la exigencia de la nieve.

En el pasado mes de octubre pudo cumplir uno de sus sueños: visitar Canadá. Invitado y guiado por Fernando Fernández, un madrileño que lleva medio siglo residiendo en Quebec, tuvo la oportunidad de convivir con tramperos, de conocer su día a día, su forma de pensar, de trabajar, de relacionarse con la naturaleza.

A su regreso a Agiñiga, a Amurrio, a Euskadi, hubo quienes le preguntaron cómo un amante y defensor de la vida animal como él había podido resistir dos semanas en compañía de personas que viven, precisamente, de cazar todo tipo de animales, nutrias, lobos, osos… Y él, con su franqueza y empatía habituales respondió que «Para entenderlo hay que conocer primero el lugar y las personas que lo habitan. Para esos tramperos, la caza no tiene nada de deporte ni de divertimento, no es una actividad movida por el ocio, sino que se trata de una forma de ganarse la vida. Cada pieza cobrada no es un trofeo, sino un ingreso de dinero».

En esos quince días tomó un buen número de fotografías y grabó unas cuantas horas de video, material con el que está preparando un documental destinado a mostrar, fundamentalmente a los más jóvenes, las curiosidades de un lugar especial, de un mundo que aún tiene bastante que ver con el de aquellos lejanos aventureros decimonónicos, y sobre todo, a inculcar acercamiento, interés y respeto por la naturaleza, sin distinción de mapas ni latitudes.

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