pastillaverdeSuele decirse que con el paso de los años las personas nos volvemos más irascibles, menos tolerantes, en una palabra, que nos volvemos raras. Puede ser. También puede ser que esa metamorfosis se deba a cansancio, a hartazgo, a acumulación de experiencias y de vivencias, y con ello a una capacidad superior de discernir, de sopesar, de juzgar, incuso de prever consecuencias.

Sea como fuere es que a un servidor cada vez le asquea más la deriva y el mensaje que llevan implícitos muchos de los anuncios con los que cada día nos bombardean la radio, la televisión y los demás medios informativos.

En el tema de los coches, uno ya no debe comprarse uno por el ahorro, la necesidad, las condiciones personales, la seguridad... Sino porque el equipo musical que lleva es la pera, porque los hijos de tus vecinos van a querer estar contigo antes que con su padre o porque si no llevas el coche anunciado no eres más que un pobre desfasado.


Sin embargo, los anuncios que más me molestan, que me indignan, que me hacen dudar del sentido de la ética de los publicistas, son los que tienen como protagonista al dinero. Hay uno que tras mencionar una cantidad mareante –para un ciudadano corriente, es decir, en apuros- de euros pronuncia el lema ¿Te atreves a ser millonario?


En el ranking de esta categoría, el que para mí desborda el límite de la decencia, es ése en el que una madre le dice a su hijo, en el tono en el que hoy en día tantas madres se ven obligadas a decir a sus hijos/as que a partir de ya deben prescindir de una comida diaria, de ir al cine ni un solo día al año, de las vacaciones en el pueblo, de la ropa necesaria, de los libros necesarios, de la calefacción en invierno, de las gafas para corregir la miopía, de la ortodoncia, de... ¡de tantas cosas! Pues bien, el tono de la buena señora es ése, pero su desconsuelo viene de que debe decirle a su hijo que va a tener que olvidarse de pescar en el río, como hasta ahora, porque se va a tener que acostumbrar a pescar en un yate de treinta metros de eslora en alta mar, porque les ha tocado la lotería.


Raro es que en mis cabreos, indignaciones y demás sentimientos no figure mi amado fútbol, que por amado más me duele ver corromperse día a día. Hoy mismo, el jugador del Espanyol de Barcelona, Sergio García, anunciaba entre hipos y lágrimas contenidas su pesadumbre por abandonar –voluntariamente- su equipo para irse a jugar a Qatar. La principal razón que ha esgrimido para explicar su decisión es velar por el futuro económico de su familia, ya que su nuevo club le va a pagar cinco millones de euros, sí, CINCO MILLONES DE EUROS, por dos temporadas. Por si a alguien le surgen dudas, el amigo Sergio no se va a trabajar al desierto buscando pozos de agua, ni a una mina de carbón, ni a doblar la espalda de sol a sol picando piedra. Se va, como sucede aquí con él y con todos sus demás colegas, a entrenar dos horas al día y rendir cuentas durante hora y media a la semana. Que tampoco se engañe nadie creyendo que hasta ahora este chico, al igual que sus colegas, estaba en su club por dos mil euros al mes y una cesta de Navidad por diciembre. La ficha de Sergio era la más alta de su club y rondaba el millón y medio de euros al año. Rebajémosla a un millón, es más, quitémosle medio millón, es más, dejémoslo en que sólo ganaba trescientos mil euros al año. ¿Somos capaces de imaginar lo que un currante normal podría sentir al saber que va a ganar trescientos mil euros, 50 MILLONES DE PESETAS, al año? Los psiquiátricos estarían llenos.


Ante esto, sólo me queda pensar que la familia de Sergio García es muy numerosa y exigente o que le ocurre lo mismo que a los políticos, dirigentes, nobleza y ladrones de guante blanco de ese país llamado España: que viven en un mundo paralelo. Ojo, pagado forzosamente por mí, por ti y por todos mis compañeros.
Anuncios como éstos –publicitarios y con sabor a despedida-, en un momento de normalidad política, social, laboral, económica y judicial quizá tan sólo me parecerían inoportunos. Pero en la cruda realidad en la que gobiernos ineptos nos están haciendo vivir, me resultan... Dejémoslo en indecentes.

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