pablogonzUn día, sin más, de entre todas las entradas de las redes sociales, de entre todos los «amigos» propios, más los amigos de los amigos, más los que no son amigos ni tuyos ni de tus amigos pero quieren serlo, aparece uno que, sin saber por qué, te llama la atención, como esa lucecita que parpadea en la noche en medio del gran bosque, como esa banderola fosforescente que bracea entre la niebla del océano. Y vas y te interesas por ese desconocido/a.

De pronto, un día, sin más, te llega un escrito suyo. Y lo lees. E intuyes que estás ante un autor peculiar. Y le propones una entrevista. Y él accede.

Esto es más o menos lo que me ha sucedido en las últimas semanas.

La red social: Facebook.
El autor peculiar: Pablo Gonz
La entrevista: la que sigue a continuación

CHARLANDO CON...: En la reseña biográfica de su blog, comenta que allá por los años 1991-1992, es decir, cuando contaba con unos veintitrés años de edad, se produjo su acercamiento definitivo a la literatura. ¿Cómo había sido su contacto con ella hasta entonces?
PABLO GONZ: Había sido más esporádico y más inocente. En mi casa siempre hubo libros y se leyó mucho. Mi abuelo fue poeta y filósofo. Y mis padres leían con frecuencia. Nosotros –somos tres hermanos– leíamos por gusto y sin una especial constancia, como suelen hacer los niños. Mi hermano mayor escribía cuentos –incluso una novela– y yo no tardé en seguir sus pasos. Me gustaba leer (cómics sobre todo); y cuando tenía tiempo libre (en vacaciones), escribía cuentos y novelas cortas. En el invierno de 1991-1992, que pasé en Múnich, decidí (bastante de repente) que sería escritor; es decir, que dedicaría a la literatura de creación mis mejores esfuerzos. Bien pensado, decir que «se produjo un acercamiento definitivo» es algo petulante pues siempre cabe la posibilidad que me separe de ella.

CHC: Comenta igualmente que sus primeras referencias literarias fueron Gabriel García Márquez, Eduardo Mendoza, León Tolstói y Stefan Zweig. ¿Qué veía en ellos?
PG: Cien años de soledad de García Márquez es una obra que me marcó profundamente como creo que fue el caso de gran parte de mi generación. Algo difícil de describir me sucedió al leer esta novela. Quizás se me abrieron horizontes o espacios literarios que hasta ese momento me resultaban insospechables. O sentí una gran esperanza, una «posibilidad literaria» que me quedaba al alcance de la mano, una «hermosa simpleza» que me sentía capaz de imitar. Mi primera novela publicada, Los hijos de León Armendiaguirre (que posteriormente reeditó Planeta), bebe evidentemente del realismo mágico y también de la truculencia de Cela en La familia de Pascual Duarte –existe hasta una evidente proximidad en la estructura de ambos títulos–. Eduardo Mendoza me sirvió de modelo para comenzar a desarrollar un tono cómico-irónico en el que aún me encuentro muy a gusto. Usé también (en diversas fases de mi desarrollo) la ayuda de Dickens, Chesterton, Gógol, Alfred Jarry y, más recientemente, Saki. Tolstói es un grandísimo maestro en lo que se refiere a la arquitectura novelística, además de un «montajista» finísimo. Prefiero –e intento imitar de él– estas dos técnicas y alejarme de su habitual moralismo, más propio del siglo en el que él escribió. Libertad es, de mis obras, la que más debe a Tolstói. El autor austriaco Stefan Zweig, que tuvo mucha popularidad en vida y que recientemente la ha recuperado un poco, es un excelente ensayista (no tanto por la riqueza de su información como por la gracia que demuestra al exponerla) y un maestro de la novela corta o nouvelle. Su Novela de ajedrez es, a mi juicio, una obra ejemplar dentro de este género tan difícil de asir.

CHC: ¿Siguen formando parte de sus referencias?
PG: Creo que Eduardo Mendoza y García Márquez son autores de una profundidad bastante menor que Zweig o Tolstói. Soy consciente de la deuda que tengo con los primeros pero ésta no crece como sí sucede aún con los segundos, en especial con Tolstói.

CHC: ¿Qué otras referencias, si las hay, tiene actualmente?
PG: Hay una fase en el desarrollo de (quizás) todo escritor en que éste rechaza leer a otros porque se está buscando a sí mismo y teme que las influencias externas le impidan hallar su singularidad. Pronto se cae en la cuenta de que los modelos literarios son precisamente lo que nos permiten definir nuestro perfil. Mi profesor de estructuras ha sido principalmente Tolstói aunque sé lo mucho que le debo a Faulkner, a Balzac y a Zweig (otros tres grandes arquitectos). A la hora de armar un diálogo siempre tengo presente a Wilde y a Valle-Inclán. La gestualidad de los personajes la vi realizada en su mejor forma en muchas de las páginas de Onetti. Y así sucesivamente. Todas estas influencias se acomodan, por supuesto, dentro de uno, resuenan y se afinan hasta formar algo orgánico, viable sobre el papel, que es el estilo propio de cada autor. Por eso el autor eligió o sintonizó en su día con esos escritores que tenían algo que enseñarle de sí mismo.

CHC: ¿Cuándo escribió las primeras líneas que consideró «dignas de ser guardadas»?
PG: Creo que todas las líneas de todos los autores son dignas de ser guardadas, en primer lugar, porque dan testimonio de su desarrollo artístico. Nadie llega a escribir absolutamente bien, de modo que sería imposible trazar una línea divisoria entre lo que sí merece la pena guardarse y lo que no.

CHC: ¿De qué trataban?
PG: Lo primero que recuerdo haber escrito es una novela muy ñoña que se titulaba Aventuras y desventuras de un pequeño pueblo minero y de sus habitantes. A mi abuela le gustó mucho –o eso me dijo– y quizás así me descubrió algo que considero esencial para un escritor: una obra propia puede resultarle satisfactoria a otra persona.

CHC: Sus trabajos llevan el denominador común de la brevedad. ¿Se debe a un gusto personal, a que sus temas no dan para más, a que cree en aquello de «lo bueno si breve dos veces bueno», al deseo de dar a conocer lo antes posible sus escritos...?
PG: He escrito algunas obras (digamos) largas como Libertad y un ensayo reciente sobre la vida de Kropotkin (aún inédito), pero es cierto que me suelo encontrar más a gusto en el microcuento, en el ensayo breve y en la nouvelle. Sin embargo, no creo que esto se deba a razones de gusto personal pues sólo escribo lo que se me ocurre, nada que yo diseñe de antemano. Es verdad que no me gusta demorarme en largas descripciones ni en profundidades innecesarias porque me molesta encontrar este tipo de artificios en las obras que leo. Por otro lado, si el tema de una novela no da para más, está bien: hay que saber reconocer cuándo dejar de escribir.

CHC: En Brevísima historia del poder (37 págs.), hace usted un repaso de este tema desde el inicio de la Edad Antigua (3500 a.C.) hasta nuestros días. ¿Cómo se consigue esto? Y no me refiero a rellenar por rellenar treinta y siete páginas, sino a que yo lo he leído y me he hecho una composición muy esclarecedora del asunto.
PG: Yo estudié Geografía e Historia en la universidad y siempre eché en falta un marco que me permitiera, como estudiante, encuadrar las distintas fases que íbamos conociendo. Para suplir esa carencia, escribí Brevísima historia del poder que es seguramente mi obra más leída. Lograr una síntesis así requiere, creo yo, haber leído mucho y despojar a los acontecimientos históricos de casi todos sus matices. Haciéndolo de este modo, la Civilización Humana adquiere un singular sentido entre geográfico e histórico –creo que llega a visualizarse el concepto de Poder extendiéndose sobre los continentes–.

CHC: Siguiendo con la brevedad, considero personalmente que es todo un don. ¿Cómo lo ve usted?
PG: Yo creo que hay que respetar las exigencias de cualquier historia que se nos cruce en el camino. Si pide 457 páginas, está bien. Si pide 22, está bien. Si pide 11 líneas, está bien. Ahora bien, si pide 104 páginas y se le dan más o menos, el autor manipula la literatura y (lógicamente) el lector puede sentirse estafado por exceso o por defecto.

CHC: ¿Cree que el público joven es más proclive a los textos breves?
PG: Los jóvenes suelen ser más impacientes en general. Y los textos breves les proporcionan la posibilidad de un placer más rápido. Pero también es cierto que cuando algo les gusta, la distancia no importa –véase la saga de Harry Potter–. Por otro lado, la impaciencia de los jóvenes o su proclividad a los textos breves también les salva a diario de mucha morralla.

CHCPese a sus estudios de Historia, sospecho que no le atrae la novela histórica, ¿estoy en lo cierto?
PG: Unos de mis lemas es: «Escribe de lo que conozcas muy bien o de lo que no conozca nadie». Cuanta más Historia se estudia, más se da cuenta uno de lo mucho que ignora. Sólo los estudiosos muy especializados logran una (cierta) aproximación a lo que una época histórica contiene o significa. Y es raro que ellos expresen sus conocimientos en forma de novela. Suelen recurrir al ensayo. Mucha gente, por la facilidad que supone leer una novela, se conforman con esa fuente para adquirir conocimientos históricos seguramente sin saber que la calidad de la información que manejan los autores suele ser baja o muy baja.

CHC: Tengo la impresión, aunque seguramente esté confundido, de que el lector, digamos, tradicional, gusta más del formato impreso y tira menos de Internet. ¿Tiene usted la misma impresión?
PG: Sí, parece que el lector tradicional usa más el soporte papel, pero descubro que algunos lectores muy rápidos o compulsivos aceptan con relativa facilidad el uso de e-readers. También se están empezando a usar de forma habitual los formatos digitales para realizar consultas (en diccionarios o enciclopedias) y para localizar citas.

CHC: ¿Existe el lector ideal?
PG: Supongo que cualquiera es libre de idealizar lo que quiera. Pero todo el mundo que se dedique a esto debería saber que cuando se publica un libro, uno se arriesga a: irse a la cama con personas atroces, servir para envolver pescado, recibir babas de viejos somnolientos, ser roto por niños que quizás nunca lleguen a convertirse en lectores y/o languidecer per sæcula en una biblioteca de cuartel.

CHC: Y ya que hablamos de públicos, ¿cree que un autor se debe plegar a los gustos del momento?
PG: Un autor no se debe plegar ante nada. Ser artista es una de las principales formas de afirmación humana en un mundo donde lo humano se niega constantemente, día a día y minuto a minuto. Dicho en otras palabras, si los artistas cuentan lo que sólo ellos ven, hacen bien su trabajo porque ayudan a los demás ofreciéndoles una posibilidad de cambio personal y social. Si cuentan lo que todos ya ven (o sea, si hacen mal su trabajo), sólo contribuyen a la modorra colectiva.

CHC: La editorial Sloper ha publicado recientemente La mala puta. Réquiem por la literatura española, trabajo en el que se trata con crudeza asuntos como el ego de los escritores/as, las dificultades del oficio de escritor, la miseria de las editoriales... Y en el que usted ha tenido la oportunidad de participar. Dígame, ¿cómo está la literatura española?
PG: No soy un gran conocedor del asunto –en La mala puta sólo hablé de mis experiencias personales–, pero me aventuraré a dar algunas impresiones que seguramente son erróneas. Creo que la época de bonanza editorial que se inició con el fin del franquismo y culminó en el año 2008 con el principio de esta monstruosa crisis económica en la que actualmente vivimos, no ha supuesto para la literatura –que siempre es algo mucho más grande que el mercado de los libros– un ámbito en el que desarrollarse bien. En esta fase de nuestra historia se ha escrito y se ha leído más que nunca (es cierto) pero me temo que de ella será bien poco lo que pase a la historia de la literatura. Sin embargo, el ambiente de crisis actual donde algunos autores deciden seguir adelante con su trabajo a pesar de saber que no lo rentabilizarán en absoluto, sí me parece más propicio para el desarrollo de una literatura perdurable. Yo quisiera recordar aquí que casi todos los grandes escritores que nosotros recordamos jamás pudieron vivir de la literatura y que los pocos que lo lograron, se encontraron con ello cuando ya habían demostrado que amaban a la literatura mucho más que a los honorarios que ella pudiera ofrecer.

CHC: No hace mucho, el compositor Jagoba Ormaetxea me decía que Finlandia y los Países Bajos son el Paraíso de los músicos. ¿Sucede igual con la literatura, existe algún país que sea el Paraíso para los escritores/as?
PG: De nuevo hablaré desde una impresión, aún más delgada que la anterior: quizás en Francia tratan a sus escritores y a los muchos autores extranjeros que traducen con más respeto que en cualquier otro país de mundo. Tendríamos que discutir si eso convierte a Francia en un Paraíso literario.

CHC: ¿Considera que la literatura también padece de deficiencias en la igualdad de género?
PG: En el mundo editorial, la presencia femenina es notoria. Incluso en profesiones como la representación literaria, ellas están mucho más presentes que ellos. También hay más lectoras que lectores, según las estadísticas que recuerdo. Quizás se edita a menos mujeres que a hombres pero seguramente tanto unas como otros escriben mucho. Y confío en que esa igualdad se refleje en los años venideros. Este es buen lugar, quizás, para hacer mención de dos autoras que también me han influido mucho: Clarice Lispector, que posee una prosa límpida y de mucha plasticidad, e Irène Némirovski cuya Suite francesa no me canso de recomendar –la primera parte, Tormenta en junio, es a mi juicio una de las obras cumbre de la modernidad–.

CHC: En su blog permite la posibilidad de descargar gratuitamente la mayoría –no me he fijado si la totalidad– de sus escritos. ¿A qué se debe esto? ¿A puro altruismo, a un deseo de facilitar la lectura y difusión de sus obras, a practicar con el ejemplo aquello de "trabajar por amor al Arte"?
PG: Me parece terrible que alguien quiera leer un libro y no pueda hacerlo por falta de dinero. A lo largo de mi «paseo» literario –no me gusta hablar de «carrera»–, he utilizado muchísimas bibliotecas donde jamás se me cobró por leer. Y en la actualidad paso muchas horas trabajando en la sala de una biblioteca universitaria donde tengo acceso libre a gran número de obras. Siento, por tanto, una responsabilidad propia en facilitar los medios para que me puedan leer sin trabas quienes quieran hacerlo. Aquellos que no puedan pagar, leerán gratis. Y los que sí puedan, seguramente comprenderán que los autores también tenemos necesidades que cubrir. Por eso mismo, algunas de mis obras están disponibles en Amazon a precios razonables.

CHC: Su vida se ha forjado en diferentes ciudades: Sevilla, São Paulo, Barcelona, Madrid, Múnich, hasta acabar en Valdivia (Chile), en donde reside desde 2001. ¿Ha influido esta trashumancia en su manera de ver el mundo?
PG: Supongo que sí pero no dispongo de término de comparación. De las ciudades que Ud. cita, la que hallo más mía es Madrid y seguramente en el futuro regrese a ella o a algún sitio desde el que pueda visitarla con facilidad.

CHC: ¿Y en su literatura?
PG: Me parece que todo lo que afecta a nuestro modo de ver el mundo afecta a nuestro modo de actuar en él. En el caso de un escritor, claro, debería afectar a su literatura pues ésta es su principal medio de expresión.

CHC: Estos cambios de residencia, ¿le han enriquecido personalmente o le han desubicado?
PG: Crucé el Océano Atlántico por primera vez con dos meses –la edad mínima para volar–. Pasé tres años en Brasil, luego cinco en Barcelona y a partir de entonces veintidós en Madrid con una cesura de un año en Múnich. Ahora llevo más de once en Chile. O sea, mi patria es lo que me queda a un metro a la redonda. Quizás no es un país muy rico pero tiene la ventaja de que va conmigo a todas partes.

CHC: En el momento en que preparo este cuestionario está latente el terrible atentado de ayer contra la revista Charlie Hebdo, en París. Al parecer, el motivo de esta barbarie reside en la crítica satírica que desde la revista se hacía del Islam. ¿Considera que la libertad de expresión tiene unos límites o, por el contrario, que todos tenemos derecho a decir lo que queramos de quien queramos y de la forma que queramos?
PG: No estoy capacitado técnicamente para responder a esta pregunta.

CHC: ¿Cree que para mostrar desacuerdo con una actividad, unas creencias, unas formas de vida, etc., es preciso recurrir a la mofa, al insulto?
PG: No. Personalmente me parece que la mofa o el insulto son de las peores maneras de expresar el desacuerdo. En todo caso, si esta pregunta se relaciona con la anterior, trataré de especificar que la restricción o no de la libertad de expresión es un asunto técnico que compete a los filósofos de la política, y yo no soy uno de ellos.

CHC: Usted no escribe solamente para entretener. ¿Es más de meter el dedo en el ojo o de abrir los ojos?
PG: Algunas de mis obras sí las he escrito con el único objetivo de entretener. Y también con otras intenciones sencillas como por ejemplo sacarme un sentimiento doloroso, reordenar mi relación con determinados recuerdos, etc. Entre «meter el dedo en el ojo» o «abrir los ojos», prefiero lo segundo.

CHC: Usted se mueve perfectamente en el universo de las nuevas tecnologías, es más, me atrevería a afirmar que le encanta ese universo. ¿Considera que es un vehículo indispensable para los autores/as de hoy en día?
PG: A mí me encanta escribir y me gusta mucho difundir lo que escribo. Internet es para mí una herramienta esencial de difusión y de contacto con otras personas que se interesan en la literatura de modo amateur o profesional. Tenga Ud. en cuenta que vivo en el sur de Chile, a unos 12.000 kilómetros de Madrid. Sin el mail, sin Facebook, sin Twitter y sin mi blog estaría desconectado de la literatura española que es mi medio natural. Para autores que estén más cerca de o en los grandes centros de cultura en español –me refiero, por ejemplo, a ciudades como Madrid, Barcelona, Buenos Aires o México– quizás estas nuevas tecnologías no sean absolutamente indispensables. Para los demás, sí. Lo otro que me atrae mucho de ellas es su componente anarquista. Hoy en día, cualquiera puede convertirse en un comunicador; o sea, prescindir de los medios dominados por los grandes poderes económicos y hacer llegar su mensaje libremente a otras personas.

CHC: Ha tocado también el campo de los audiomicros. ¿Por qué?
PG: Hace algunos meses reuní en una antología titulada Viejos amigos una serie de audiomicros escritos por compañeros de letras a los que conocí precisamente a través de las redes. El tema de esta obra era la vejez; y su objetivo, social: acercar nuestra literatura a personas con dificultades para la lectura (ancianos, ciegos, disléxicos, etc). Elaboramos un archivo que pusimos en acceso gratuito desde una plataforma llamada Ivoox y enviamos el link a muchas sociedades benéficas de toda Latinoamérica y de España.

CHC: ¿Hay algo con lo que no se atreva?
PG: Con el puenting.

CHC: Buen recorte. Achicamos espacios entonces: ¿Hay alguna modalidad literaria con la que no se atreva?
PG: Tengo una formación poética prácticamente nula, así que no me atrevería a escribir un libro de poemas. Mis carencias respecto al teatro eran semejantes hasta hace poco pero me parece que mis últimos relatos y novelas están adquiriendo un aspecto más próximo a la dramaturgia. Tampoco me siento cómodo a la hora de escribir artículos periodísticos o columnas de opinión.

CHC: ¿Considera que existe un techo para su creatividad?
PG: Siempre existe un techo para todo.

CHC: ¿De dónde saca los temas de sus trabajos?
PG: Los temas que más me interesan son, por así decir, el centro de mi personalidad. Quiero decir que han estado siempre ahí en alguna forma o se ha ido señalando a partir de mi experiencia cotidiana. Creo que todos mis trabajos tratan de una u otra manera de la libertad –ese sería el eje de mis preocupaciones–, pero también me interesan mucho otros asuntos como el poder, la justicia, la verdad y la mentira, la amistad, la lealtad, la naturaleza... En cuanto a las tramas (los modos en que esos temas se ilustran), no las saco de ningún lado: llegan a mí en forma embrionaria como una ocurrencia, una impresión entrevista o un recuerdo que de pronto adquiere un carácter distinto. Mi trabajo como escritor consiste en criar esa ocurrencia para luego «desdoblarla» y ver qué contiene.

CHC: La política española se halla en un momento «caliente»: corrupción de altos vuelos, abdicación real, aparición arrolladora de Podemos... ¿Se ha sentido tentado de hincarle el diente a alguno de estos temas?
PG: Yo soy anarquista. Me interesa la política sólo como actividad amateur, realizada entre personas iguales que no son especialistas en el asunto. Los llamados temas de actualidad no me sirven. De hecho, no leo periódicos ni veo la televisión.

CHC: Si tuviera que elegir un tema entre los que he mencionado y otros que también existen, ¿cuál escogería?
PG: Sí me interesa la corrupción, pero seguro que la afrontaría desde un punto de vista social: la corrupción de valores que me parecen importantes (como el respeto por la verdad, la protección a los débiles, etc) o el deterioro ético de las personas.

CHC: Si tuviera que recomendar tan sólo una de sus creaciones, ¿cuál sería la elegida?
PG: Un miniensayo que se titula El sistema. Bases para el desarrollo de una genuina conciencia ecológica.

CHC: ¿Por qué?
PG: Porque considero que es una obra muy necesaria para la Humanidad. El sistema explica en muy pocas páginas adónde nos ha conducido un modo de entendernos y entender el mundo basado en la división. La primera de estas divisiones es interna (el hombre comprendido como la suma de un «cuerpo» y un «alma»). Gracias a esa antropología o modo de entender al hombre, nos acostumbramos a vernos como separados del espacio y del tiempo. Parcelamos la existencia: decimos «yo estoy en el mundo» y no «yo soy el mundo»; hablamos del pasado, del presente y del futuro cuando es evidente que sólo existe el pasado. Si revirtiésemos estos conceptos, si aprendiéramos a vernos como seres integrados por funciones más o menos materiœspirituales y como partes inextricables del planeta y de la historia, seguramente no atentaríamos con tanta crueldad contra el medio ambiente.

CHC: ¿Cree que se lee todo lo que se debiera?
PG: Siempre se puede leer más. Pero quizás lo que deberíamos intentar sería leer mejor. Y no me refiero sólo a escoger obras que nos enriquezcan más. Me refiero a leer más despacio, con más atención y una mejor predisposición anímica, quizás en voz alta y ante otras personas. Es triste cuando en la literatura incurre esa visión materialista tan típica de nuestro tiempo. ¿Cuántos libros lees por año? ¿Cuánto tardas en escribir una novela? Entre vastedad e intensidad elijo, es claro, la segunda.

CHC: ¿Y entre emocionar o hacer pensar?
PG: Creo yo que todo artista, a la hora de afrontar la realización de su obra debe conectarse íntimamente, es decir, reunir en un solo ser las facetas de su yo más racional y su yo más emocional. Ese diálogo fértil es lo que el lector/espectador busca: un modelo sobre el que reconstruir su integridad.

CHC: ¿Hay algún autor/a a quien no «pueda» leer?
PG: En general no soporto las obras elaboradas con excesiva sencillez ni con excesiva complejidad. Pero no quiero evitar la pregunta. El Cervantes de El Quijote es uno de esos autores a los que no soporto. Sin embargo, el de las Novelas ejemplares me gusta bastante más, sin llegar a entusiasmarme.

CHC: ¿Y quién es el autor/a al que le encanta leer?
PG: Hay muchos (cuyos nombres ya han ido saliendo a relucir a lo largo de la entrevista) pero me gustaría destacar a Juan Carlos Onetti. Si me encuentro algún libro suyo (en mi estudio o en una biblioteca o en una librería), suelo abrirlo y leer algunas líneas. Más pronto que tarde aparece una de esas joyitas que él sabe encastrar en el texto como pocos.

CHC: ¿Quién o qué es el peor enemigo de un autor?
PG: La prisa.

CHC: ¿Qué opina de los talleres de escritura?
PG: Creo que sirven para producir autores en serie. El don literario es algo con lo que se viene de nacimiento, pero ese don debe ser desarrollado. Sabemos que la lectura y la escritura son los mejores ejercicios para ello. Si de lo que se trata es de que tengamos variedad de miradas, una «biodiversidad literaria» por decirlo de algún modo, lo mejor es que los autores desarrollen sus técnicas por sí mismos.

CHC: ¿Qué lecturas son las que prefiere Pablo Gonz para sus ratos de ocio?
PG: Romperé otra lanza en favor de la desparcelización del mundo: no dispongo de ratos de ocio y ratos de trabajo. Trabajo desde que me levanto hasta que me acuesto tomándomelo como un enorme momento de ocio. Esto incluye escribir cuando toca, corregir cuando toca, leer cuando toca y pasearme por Facebook y Twitter cuando toca.

CHC: ¿Cuál es la novela que le hubiera gustado escribir?
PG: Por citar a otro autor que aún no había aparecido aquí, Vida y destino de Vasili Grossman.

CHC: ¿Qué opina de los autores/as que firman libros escritos por los denominados «negros»?
PG: Que son tan deshonestos como los propios escritores fantasma.

CHC: ¿Qué opina de los Best Sellers?
PG: A mi juicio hay dos tipos de best-seller: obras con una fuerte intención literaria que por azares del destino llegan a ser muy vendidas (sería el caso de los llamados long-sellers) y obras diseñadas (junto con las correspondientes campañas de márketing) para venderse mucho. El primer tipo de best-seller me interesa como cualquier otra obra con fuerte intención literaria. El segundo me interesa menos porque sé que se orienta a la satisfacción de los instintos primarios de una gran multitud de personas y usando para ello técnicas muy ramplonas.

CHC: ¿Qué opina de los premios literarios?
PG: Siempre que sean honestos, me parecen bien. O sea, si una institución o una persona decide destacar una obra entre otras de acuerdo con unas bases escritas y respetadas por todos los participantes, no hay nada que decir. Pero si las reglas del juego dicen una cosa y una parte de los jugadores hacen otra, el asunto se transforma en un engaño. Por ejemplo, se sabe que todos los grandes premios literarios están dados de antemano. ¿Qué necesidad existe entonces de elaborar toda la pantomima de los cuatrocientos participantes, las deliberaciones del jurado, el suspense del fallo, etc? Todo eso es falso y, por tanto, no le puede gustar a nadie. Otra cosa sería, por ejemplo, si una editorial proclamase lo siguiente: «De todos los originales que nos sean enviados durante este año, nosotros elegiremos al que consideremos mejor para nuestros intereses y le daremos un premio». No cabría lugar a engaño y se obtendría un resultado parecido.

CHC: ¿Qué es lo que menos le gusta de su manera de escribir?
PG: De mi manera actual de escribir me gusta todo. Y cuando descubro algo que no me gusta, lo corrijo. En general, lo que me sucede es que leyendo a un autor nuevo descubro a veces que él o ella hace algunas cosas mejor que yo. Entonces imito esa técnica hasta lograr apropiármela, coordinarla u organizarla con las que ya manejo.

CHC: ¿Cómo se definiría como autor?
PG: Si tuviera que emplear un solo calificativo, diría que soy un autor bastante audaz. Aunque cada vez lo soy menos.

CHC: Conozco autores/as a lo que, ante todo, mueve un obsesivo afán de fama, otros/as que buscan transmitir sus ideas... ¿Qué es lo que mueve a Pablo Gonz a la hora de sentarse ante el teclado de su ordenador?
PG: Lo primero es cubrir una necesidad personal: la de salvarme. ¿De qué? De la vida rutinaria, del aburrimiento que me produce la lluvia –en el sur de Chile llueve mucho–, de los recuerdos que me molestan porque son feos, de los sentimientos que no encuentran otra salida, etc. Más allá de eso, pienso en que otras personas pueden estar en una situación parecida a la mía. Son gente que, como yo, necesitan eso que con una cierta simpleza se denomina «una buena historia». Les entrego las ficciones que a mí me sirvieron. Para transmitir mis ideas suelo emplear el ensayo.

CHC: ¿Es el mundo de la literatura un territorio tan hostil, endogámico y salvaje como cualquier otro?
PG: Lo que más me ha sorprendido del mundo literario no es su hostilidad ni su endogamia ni su salvajismo sino su materialismo, su falta de nobles aspiraciones, su vivir demasiado pegado a las necesidades tangibles del «vender muchos libros», «colocar a un autor en esa feria», «obtener un buen contrato», «salir en tal o cual periódico», etc. Las exigencias del mercado han contaminado y contaminan a toda la literatura, que es algo mucho más grande y hermoso.

CHC: ¿Qué es lo que hace buena o mala a una novela?
PG: Todas las novelas son buenas y malas al mismo tiempo. Depende del estado mental de la persona que las lee. Yo considero que Un puente sobre el Drina de Ivo Andric es una excelente novela pero seguramente será mala para cualquier chico de diez u once años o para una persona impaciente o para alguien a quien le gusten las obras con mucha acción. Casi todos los críticos y muchos autores tienen tendencia a hacer categorizaciones para poder comprender la inmensidad del fenómeno literario. Sin embargo, yo diría que todas las novelas tienen algo positivo que decirnos, y que todas las llamadas «grandes novelas» tienen frases o episodios que podrían haberse resuelto de mejor forma.

CHC: ¿Reescribiría alguna de sus novelas?
PG: Si quisieran reeditar alguna de mis novelas publicadas –habría que ver cuáles–, seguramente haría algunos pequeños retoques. Para las obras inéditas, el trabajo de corrección o reescritura se da por descontado, sobre todo en los primeros años después de su nacimiento.

CHC: ¿Hay alguna novela que no haya podido finalizar?
PG: Varias, sobre todo al principio de mi «paseo» literario. En más de una ocasión, partí a un viaje demasiado largo sin el entrenamiento suficiente o sin las provisiones necesarias. En la actualidad no emprendo la redacción de una obra que no sepa muy bien a dónde conduce. Me suelo dejar llevar por los caminos que ella propone pero no por todos: cuando insiste en meterse por un callejón sin salida, doy marcha atrás y reemprendo por otro lado.

CHC: Si tuviera que escribir una biografía, ¿a quién elegiría como protagonista?
PG: Acabo de escribir un largo ensayo biográfico sobre la figura del anarquista ruso Piotr Kropotkin (1842-1921), a quien considero mi principal maestro filosófico. Se titula El sueño del anarquista y consiste básicamente en una conversación con su autobiografía, titulada Memorias de un revolucionario.

CHC: Le surge la oportunidad de pasar una velada con un autor/a. ¿A quién escogería? (valen autores/as ya desaparecidos).
PG: Piotr Kropotkin.

CHC: ¿Qué le preguntaría?
PG: Nada. Le expresaría mi agradecimiento por el papel que sus obras jugaron en mi formación como ser humano.

CHC: ¿Le pediría algún consejo concreto?
PG: No.

CHC: A lo largo de la entrevista ha citado usted a un buen y variado número de autores/as y de obras. ¿Se considera más lector que escritor, viceversa o a partes iguales?
PG: Tomo del mundo y le doy al mundo en un acto que puede recordar a la respiración.

CHC: Si forzosamente tendría que escoger entre escribir o leer para el resto de su vida, ¿cuál sería la elección?
PG: Sería una elección verdaderamente forzosa. De hecho, sería violenta y quizás fatal. Respuesta: «leer», por la variedad de miradas que ofrece.

CHC: Le regalan la biografía de un futbolista (actual) o de uno de estos personajes que viven de los programas rosas de la televisión. ¿Qué hace con ella?
PG: Si el personaje me interesa, la leo. Y si no me interesa, no. Después, es muy probable que donara el libro a una biblioteca.

CHC: Usted me transmite, en la forma de presentar su blog, en sus escritos, en sus comentarios, una envidiable sensación de libertad. ¿Siente que es dueño de esa libertad?
PG: La libertad absoluta no existe. Ni tampoco la libertad nula. Dicho con un par de ejemplos: si yo decido volar agitando mis brazos como un ave, no lo lograré de ningún modo; por otro lado, estando preso en una celda de dos por dos, siempre me queda la libertad de decidir si me rasco la oreja derecha o la izquierda. Hay, por tanto, grados de libertad. Y esos grados se conquistan día a día, si uno está interesado en ello. En mi caso particular, vivo en una casa que construí con mis manos y no tengo ni luz eléctrica ni agua corriente, lavo mi ropa a mano y en el verano cultivo parte de mis alimentos. Por tanto, tengo muy pocos gastos y me basto para vivir de unos pequeños ingresos que consigo. Todo esto me ha permitido dedicarle a la escritura bastante tiempo y, como dispongo de internet, puedo hacer llegar mi trabajo a mucha gente. ¿A qué más puede aspirar un escritor?

CHC: Imagino que más de uno no se sentiría igual de a gusto que usted en esas condiciones.
PG: Está bien. No todas las personas somos iguales.

CHC: Y al hilo de lo mismo, ¿cree entonces que su productividad literaria se vería afectada negativamente de vivir en un entorno más «cómodo»?
PG: Ya he escrito bastante obras. No me preocupa mi productividad.

CHC: Aunque ya ha comentado anteriormente que no se atrevería con un libro de poemas intuyo que sería usted un excelente autor de haikus.
PG: He escrito algunos poemas a lo largo de mi vida (sonetos y haikus sobre todo) pero nunca me he sentido a gusto escribiendo en verso.

CHC: Para terminar, ¿qué espera Pablo Gonz de la literatura?
PG: Conectando con lo anterior: no espero llegar a nada distinto de lo que tengo. Mi vida es este camino, avanzar por él y tratar de disfrutar de lo que vaya ofreciéndome. Sé que también padeceré porque ya he padecido en él, pero tengo hecho el propósito de aguantar lo mejor que pueda.

Pablo Gonz, un autor que merece la pena conocer. Más información sobre sus trabajos en: https://pablogonz.wordpress.com/

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