E L I A S

I

LEZAMA (ALAVA), VERANO DE 1463

Elías de Aldama nació la misma noche en que asaetearon a Sancho Aguirre en el puente de Areta. Los asesinos, amparados en la oscuridad, pasaron al galope por las afueras de Llodio y se perdieron en los bosques de Okendo. El herido sólo pudo arrastrarse unos metros sobre la piedra del puente, resbalando sobre su propia sangre, antes de balbucear Favor, favor... y estrellar la cara contra el suelo. Sus ojos quedaron abiertos. De haber tenido vida hubieran visto a lo lejos, hacia las tierras de Urkabustaitz, la tormenta que llegaba del sur.

Las tormentas en aquella época del año eran cortas e imprevistas. Los viejos las olían con horas de antelación, pero aun así a veces pasaban lentas y amenazadoras sobre los campos sin soltar una gota de agua o se presentaban cargadas de granizo antes de que nadie se diera cuenta. La tormenta de aquel anochecer, sin embargo, se había estado anunciando con inusitada antelación, con desconocida tranquilidad. Juan de Aldama, a los primeros relámpagos sobre los montes que conformaban el valle, apoyó el rastro en el suelo y anunció:

—Viene tormenta por la meseta.

La mujer le miró sin dejar de rastrear. Llevaba rato sintiéndose mal, pero sabía lo que urgía acabar ese día la labor y ahora, con el aviso de tormenta, aún más; sintió los cabellos empapados bajo la toca y de buena gana se hubiera sentado a reposar la espalda contra el carro, pero las campanas de la parroquia de San Martín hacía poco que habían tocado vísperas y los últimos rayos rojizos de sol de aquel caluroso día agonizaban tras las colinas, por lo que no faltaría mucho para que el hombre decidiera poner fin a la tarea y emprender el camino de regreso. Sin embargo, de pronto, la barriga le pesó demasiado y sintió que la criatura se movía dentro de sus entrañas como un animal acorralado. Soltó el rastro y se arrodilló.

—Madre, ¿qué te pasa?

Al oír el grito de su hija, Juan de Aldama y su hijo volvieron la cabeza y descubrieron a la mujer de rodillas con los brazos cruzados sujetándose el vientre. Corrieron hacia ella y el hombre, arrodillándose, la tomó de los hombros con el fin de verle la cara.

—María, ¿qué pasa?

A pesar de sus esfuerzos por controlarse, la mujer sólo pudo presentar un rostro cubierto de sudor y una mirada dolorida y suplicante. Cerró de nuevo los ojos.

—¿Es el niño —preguntó el marido—, es el niño?

—Sí... —respondió la mujer entre dientes.

Juan de Aldama se levantó. Sus ojos grises recorrieron veloces el entorno. La hija se agachó junto a la madre.

—¡Diego! —gritó el hombre—, carga dos brazos de paja en el carro y luego ayúdame a subir a tu madre.

Entre los dos llevaron a la mujer asida por las axilas hasta el carro y la tumbaron sobre la paja. "Parece que pasa" murmuró tratando de sentarse.

—¿No viene pues? —preguntó el marido.
—No lo sé Juan, no lo sé —contestó la mujer. Su hija, junto a ella, se había quitado el delantal de lienzo y le enjugaba el sudor de la cara—. Todavía no debía de llegar, pero me ha dolido mucho.
—Id para el caserío. Yo voy a buscar a la abuela de Gabiña.
—¡No! —sentenció la mujer—, no la llames. No lo siento venir. Quédate tranquilo. Acaba la faena y ve luego para casa —miró a su hijo—. Quédate con tu padre, tu hermana se viene conmigo.

El muchacho asintió en silencio. Poco después los dos bueyes iniciaron la marcha hacia Lánzuri. Descendieron lentamente las curvas hasta el desvío de el Chorro, y una vez allí, la hija, con un golpe de vara y un grito los detuvo, humedeció el delantal en el manantial y se lo entregó a la madre.

—¿Qué tal vas, madre?
—Bien, hija, bien. Anda, vamos.

Cruzaron el puente sobre el riachuelo y enfilaron las rampas rocosas en donde los bueyes siempre resbalaban, balanceando el carro con violencia. La mujer se agarró firmemente a las estacas laterales y apretó los dientes. No estaba allí el marido, quien con sus fuertes brazos habría enganchado a las bestias por la cruceta del yugo obligándolas a tirar para adelante cuando las pezuñas comenzaran a bailar sobre la pizarra. La joven arremetió los cuartos traseros de las bestias con la vara de avellano, jaleándolas con gritos agudos y nerviosos. La tormenta se extendía lentamente sobre el valle; el suave viento la anunciaba en el intermitente rumor de los árboles; la hierba se oscurecía paulatinamente con las primeras sombras del anochecer.

—¡Moro, Castaño...! —gritaba la muchacha observando a un tiempo los ojos apurados de las bestias cuando sus patas resbalaban y el gesto estoico pero dolorido de la madre ante los vaivenes del carro.

La tormenta aceleró la noche. Los árboles sabían que en cuanto el viento, más violento por momentos, cesara de acometerlos, una lluvia tibia y espesa de verano empaparía sus hojas. Por fin superaron la rampa y tomaron el camino recto junto a los prados. La joven, sudorosa, miró a la madre, se colocó al frente de los bueyes y adoptó un paso firme y decidido.

A través de los robles y el follaje de la derecha del camino se adivinaba el contorno del caserío, al fondo, semioculto por los nogales que lo rodeaban. Los relámpagos rasgaban el cielo tiñendo por un instante los campos de colores imposibles; los truenos, que poco antes llegaban de la meseta, habían traspasado las lomas de Urkabustaitz y retumbaban en la olla del valle como la tos de un gigante enfurecido.

—Odei, Odei, llévate la tormenta; Baxajaun, Baxajaun, empuja el carro hasta la casa.

Entre invocación e invocación, la muchacha volvía la cabeza y azuzaba a los bueyes. La imagen de la madre, sentada sobre la paja, con las manos aferradas a las estacas y los ojos cerrados, la llenaba de inquietud. Al llegar al caserío la ayudaría a subir al piso de arriba, la acostaría en el lecho y la prepararía un tazón de leche caliente y huevo. Miró al cielo. Su padre y su hermano no tardarían en llegar; dentro de nada el valle quedaría anegado por la oscuridad y tendrían que volver aunque la faena quedara a medias. Luego, si la madre volvía a encontrarse mal, padre iría a buscar a la abuela de Gabiña. Ella sabría entonces lo que convenía hacer.

De pronto todo sucedió. El espantoso grito de la madre coincidió con el trueno más violento de la noche. Uno de los bueyes, aterrorizado, amagó una espantada pero la fuerza del otro animal y el golpe seco de la joven con la vara lo retuvieron. La mujer se había echado de espaldas sobre la paja y comenzaba a subirse los faldones sin cesar de gemir. De un salto la hija subió al carro.

—¡Ama, ama, ama!

La luz de un nuevo relámpago iluminó el rostro deformado de la mujer. Despavorida, la niña saltó del carro y corrió unos metros en las penumbras.

—¡Aita....Diego... Aita!
—¡Domeka, hija, ven!

La voz de la madre la inmovilizó; por un momento se quedó mirando al vacío, luego giró y la observó arrastrándose sobre el carro.

—Domeka, hija, ven.

La tensa dulzura de la madre fue un sedante para su ánimo. Se acercó al carro, subió a él y se inclinó sobre ella.

—El niño viene, Domeka, haz lo que yo te diga. ¿Vas a ser fuerte?
—Sí, ama.
—Pues a ver si es verdad. Y aprende, para cuando te llegue a ti esta maldita hora.

La mujer no pudo decir más. Un nuevo espasmo la sacudió y apenas le quedó voz para guiar a su hija. Después se abrió de piernas y un hilo de sangre resbaló por sus muslos. La muchacha vomitó sobre la paja.
Luego todo fue eterno y cruel. La mujer aulló sin cesar durante diez minutos entre las luces celestes que iluminaban su rostro sudoroso y el estruendo de la tormenta seca que se estaba cebando con el valle. De lo lejos llegaban los balidos asustados de los rebaños desperdigados por el monte.

Sin saber cómo, Domeka tomó aquel bulto oscuro que de repente había comenzado a surgir del cuerpo de su madre y tiró de él con suavidad. La parturienta parecía romperse a cada impulso. Después un breve silencio, un último berrido, y la mujer quedó tendida, desparramada sobre la ensangrentada paja del carro. Un nuevo fogonazo mostró a los ojos de Domeka la masa de carne sucia, blanda y viscosa que sostenía ante su rostro.

—Dámelo.

La voz había sonado imperiosa, dominante. Se acercó de rodillas y lo entregó a la madre. Antes de soltarlo del todo lo besó y luego, sin saber por qué, se lamió las manos pegajosas y calientes.
La tormenta pasó sobre el valle sin soltar una gota de agua. Era la primera tormenta seca de aquel verano. Cuando el cortejo de luces y truenos se alejó en dirección a Bilbao, un nuevo balido, un nuevo aullido, un nuevo llanto casi animal resonó en el valle de Lezama.

 

I I

Le descubrió media hora después de que el repicar de las campanas anunciara el final de la misa. Visto desde lejos semejaba una pulga botando entre la paja. Juan de Aldama sonrió pensándolo mientras afilaba su hacha a la sombra del manzano, justo al lado del sendero, angosto sendero que, atravesando el desnivel boscoso, llevaba al río. Meneó varias veces la cabeza de izquierda a derecha pensando que no había tanto camino desde la iglesia de San Martín hasta el caserío Lánzuri como para tener que emplear los servicios del asno, porque él sabía que aquella visita era para ellos, ¿para quién si no? Le hubiera resultado más rápido llegar caminando por el atajo del río, a pesar de encontrarse cubierto de maleza en gran parte de su recorrido.

—Cualquier día se le van a atrofiar las piernas de no usarlas —murmuró para sí.

Lo perdió de vista al dejar a la izquierda el camino de Urkabustaitz y tomar el de Lánzuri, y volvió a recuperarlo cuando enfiló la recta de los castaños.

Se preguntó por qué los curas montaban las caballerías como las mujeres. Volvió a sacudir la cabeza, luego giró el cuello y anunció:

—¡Mujer!, tenemos visita.

Por el tono de la voz y la hora de aquel domingo supo de quién se trataba. Su pie siguió balanceando la cunita, pero sus manos se detuvieron; luego echó las habas de su regazo en el canasto y se sacudió el faldón.

—¡Domeka —llamó hacia el interior de la casa—ven a la era!

Continuó balanceando la cunita, aunque ahora, y sin ser consciente de ello, más rápidamente. Observó al marido, sentado allí, bajo el manzano, de espaldas a ella. Advirtió nerviosa que el roce de la piedra contra el filo del hacha se había convertido casi en un golpe. A Juan no le gustaban los curas, no ése en especial, sino todos los curas. A veces habían tenido discusiones por ello, y cuando él no sabía qué responder a los razonamientos que ella le argumentaba, apretaba los dientes, resoplaba como un toro, soltaba un puñetazo a lo primero que encontraba delante y profería un juramento que salía de su boca como rasgándole la garganta; luego se iba al monte y regresaba tranquilo, pero silencioso.

—¡Buenos días nos dé Dios! —saludó el sacerdote llegando a la era, sin esperar a que el asno se detuviese.
—Buenos días —respondió Juan.
—Buenos días, padre —saludó a su vez María—; perdone que no me levante a recibirle, pero el pequeño acaba de coger el sueño y no quisiera que se desvelara ahora.

El padre se apeó del animal y abrió los brazos. Juan caminó perezoso hacia él.

—El Señor me libre de despertar a este nuevo angelito que nos ha regalado. Duérmele, duérmele —pidió sin dejar de sonreír; puso sus manos en los hombros del campesino y le miró a los ojos—. Enhorabuena Juan de Aldama.
—Gracias padre.

Domeka apareció en la puerta.

—Echa estas peladuras al cerdo, pero antes saluda al padre) ordenó María. La muchacha, tímida, se acercó al cura, que le tomó las manos.
—He oído —le dijo— que fuiste muy valiente. Me han asegurado que tu madre y tu nuevo hermano están bien gracias a tu ayuda

La muchacha bajó la cabeza, ruborizada.

—Se portó como debía —intervino la madre con orgullo—, no esperaba menos de ella.

Luego el sacerdote insistió en ver a la criatura, se acercó a la cuna y se inclinó sobre ella, dibujando en el aire la señal de la cruz. María observó a su marido. El brillo de sus ojos grises la tranquilizó.
Como ambas partes sabían de antemano, Juan de Aldama invitó al padre a compartir su humilde mesa y éste aceptó tras presentar fingidas disculpas por las molestias que pudiera causar.

—¿Y el chico?
—En el monte, con el ganado —respondió el anfitrión sentándose a la mesa.
—El domingo lo dedicó el Señor al descanso —recriminó con voz sumisa el padre. Juan de Aldama tensó las mandíbulas y se mordió la respuesta.
—Hay veces que el Señor se olvida de los más humildes, padre Sebastián —replicó al fin con costosa calma— y de que para los humildes el trabajo comienza cada vez que sale el sol.

La mujer colocó el puchero humeante en el centro de la mesa y los cuatro acercaron a él sus cucharas. Juan escanció vino en dos de las jarras; en las otras dos María sirvió agua.

—¿Habéis pensado ya el nombre con el que lo vais a bautizar?
—No —respondió Juan—. Puede que le pongamos Martín, o Iñigo. No lo sabemos.
—Si me permitís, yo tengo el nombre perfecto para el pequeño —y dirigió la mirada hacia el rincón de la cocina en el que habían colocado la cuna. Todos guardaron silencio; el sacerdote los miró uno a uno, teatralizando el momento, para pronunciar después con suave rotundidad: Elías.

A Juan de Aldama el nombre le retumbó en la cabeza como el martillazo de un herrero contra el yunque. La mujer contempló inquieta la figura del marido recortada contra la luz que entraba por el ventanuco de su espalda. El cura volvió a examinar sus rostros. La pequeña Domeka le observaba boquiabierta. El padre Sebastián posó la cuchara en la mesa y juntó sus manos.

—¿Qué mejor nombre para una criatura nacida sobre un carro, en medio de un cielo de fuego? —siguió un breve silencio—. Elías... como el profeta ascendido hacia el Reino de los Cielos en un carro cubierto de llamas. ¿Acaso puede hallarse nombre más apropiado para el recién nacido?, ¿acaso el Señor en su divina clemencia no contuvo el agua de la tormenta para proteger su nacimiento?, ¿acaso, hermanos —continuó, perdiéndose en la verborrea de sus sermones dominicales—, no estamos en deuda con Él? Hagámosle pues el honor de bautizar al pequeño con el nombre de uno de sus profetas.

Juan de Aldama no opuso objeción alguna a la idea del padre. Cuando éste partió en su jumento a media tarde con un respetable cargamento de cerezas, colocó en medio de la era el grueso tronco de roble que siempre empleaba y comenzó a partir leña. Con gusto hubiera colocado allí el cuello del maldito cura, con gusto le hubiera dicho a la cara que su hijo se llamaría como él quisiera, con gusto le hubiera echado a patadas de su techo, pero el gesto de su mujer había logrado contenerle. María llevaba reflejado en la cara el sufrimiento soportado durante el embarazo; sus ojeras violáceas y los pómulos marcados hablaban del dolor padecido tres días antes a la intemperie, de noche, con la sola ayuda de una niña aterrorizada. Sabía de las hemorragias que aún sufría a pesar de los consejos de la abuela de Gabiña, y todo ello hizo que desde el momento en que descubrió al sacerdote acercándose por el camino, se esforzara en no dejarse llevar por la ira.

Las sombras le sorprendieron partiendo leña. El ruido de los cencerros comenzó a sonar de pronto cercano, casi inmediato. Con el hacha a media altura se detuvo, parpadeó repetidamente y miró a su alrededor. Hubiera jurado que María y Domeka seguían allí, a su derecha, pelando habas y acunando al niño, pero ignoraba que no estaban desde hacía más de dos horas. Los cencerros se oían ya por la parte posterior del caserío. Clavó el hacha en el tronco de roble, resopló. Cuando su hijo mayor apareció en la era y vio la montaña de leña apilada junto a su padre, comprendió que algo había sucedido.

—¿Has encerrado el ganado?
—Sí.
—Pues vete guardando esta leña en su sitio.

 

I I I

Una noche de principios de diciembre, el pequeño Elías rompió a llorar con desesperación. La madre pasó horas enteras en la cocina con el niño en brazos. Poco antes del canto del gallo, Juan bajó y se encontró a su mujer canturreando al bebé a la luz mortecina de una cerilla y a su hija inclinada sobre la mesa, durmiendo. Caminó hacia ellas.

—¿Se ha dormido? —preguntó en un susurro.
—Sí —contestó sin dejar de mirar a su hijo—. Hace ya un buen rato que descansa.
—¿Está enfermo?

La mujer sonrió levemente y luego, introduciendo el dedo índice en la boquita del niño acarició sus encías. Él también sonrió. Avivó las brasas con un palo, levantando diminutas partículas de polvo incandescente. Se sentó junto al fuego bajo y esperó a que cantase el gallo; cuando lo hizo, se puso la zamarra de piel de cordero, cubrió su cabeza con la montera y salió del caserío por la puerta de atrás, la de la cuadra. La bruma flotaba en débiles madejas sobre los campos húmedos. Se encaminó al robledal, caminando lentamente, abriendo paso a paso el amanecer frío de diciembre. Al llegar a la pieza desde la que se divisaba el pueblo de Amurrio ojeó cada palmo de terreno mientras su boca expulsaba sin cesar cortinas de vaho caliente. En un momento dado echó a correr, elevó su vara y la descargó violentamente sobre el erizo que acababa de descubrir poco antes del robledal; lo golpeó repetidas veces hasta asegurarse de haberlo matado, tras lo cual lo tomó en sus manos, se sentó sobre una raíz y sacó el cuchillo, con el que arrancó, hábilmente, todos los dientes del animal. Después bajó al caserío, unió varios de ellos con un cordel de esparto y entró en la cocina. El fuego ya estaba encendido y sus hijos mojaban pan duro en cuencos de humeante leche. Juan de Aldama se inclinó sobre la cunita de su hijo pequeño y colocó el collar alrededor de su cuello.

—¿Hace frío? —preguntó la mujer, sentada junto a la chimenea.
—Sí, bastante. Se queda la nariz dura.

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