OCTUBRE de 1484

Desde Murguía, el camino hacia el alto de Ayurdin atravesaba unos verdes y fértiles prados antes de serpentear y perderse en la abigarrada maraña de árboles que cubrían las zonas elevadas del monte. En algunos tramos la frondosidad era tal que sus copas se unían entre sí formando auténticos tejados de verdura que cegaban la luz del cielo.

Una vieja leyenda decía que el espíritu de un peregrino, asesinado por unos bandidos casi cien años atrás, se aparecía a los viajeros que atravesaban aquellos parajes para avisarles del peligro que corrían; vecinos de Murguía, de Zárate y de Gopegui afirmaban que sus abuelos habían visto el esqueleto del infortunado peregrino deambular por el bosque envuelto en los jirones de su hábito, y que aún hoy en día, en algunas noches de viento sur, se podían escuchar sus terribles lamentos, como si de nuevo lo estuvieran degollando.

Por eso, cuantos mercaderes, buhoneros, peregrinos, campesinos y gentes de todo tipo y posición se veían obligados a transitar por aquel lugar, lo hacían con el corazón encogido y los ojos bien abiertos, y no aminoraban el paso hasta que, al rebasar la cima y comenzar el descenso, el terreno boscoso derivaba en un mar de arbustos y bosque bajo que anunciaba la inminente proximidad de la llanada.

Él también lo hizo, y su larga zancada se fue acortando hasta que al llegar a un leve promontorio se detuvo completamente. Una ráfaga de viento aireó sus cabellos mientras sus ojos, salvando la inmensidad de campos oscuros a los que en pocas fechas bestias y arados abrirían un año más las tripas, volaban hasta un punto concreto de la lejanía.

La visión de la ciudad desde aquel preciso lugar vino acompañada de una palabra: “Vitoria”, que en su día, y en boca de Guzmán Manrique, fue el anuncio de un mundo nuevo. Casi al igual que aquella otra tarde de octubre, la ciudad aparecía ante él, lejana y muda, como un borrón en el paisaje. Desafiando la distancia y la bruma, sus torres luchaban por hacerse visibles, y sus murallas, sólidas y orgullosas, no eran más que una mancha abstracta que casi pasaba inadvertida en la vasta extensión. Aquí y allá, perdidas, humildes, algunas torres e iglesias daban fe de las pequeñas aldeas —Ali, Betoño, Arriaga... — que se esparcían por la llanada como escoltando, como rindiendo pleitesía a la gran urbe.

En unos bultos oscuros que se movían sobre el camino y que le hicieron fijar la atención, descubrió a dos o tres hombres y cuatro mulas que a paso cansino avanzaban en dirección a él y que después, bastante después, pasaron a su lado, “¡Con Dios!”, “¡Con Dios!”, y siguieron en dirección a Ayurdin, dejándole allí, sentado sobre una roca al borde del sendero.

Entró en Vitoria con el sol ya alto. Sin rumbo fijo cruzó junto a la plazoleta de la iglesia de Santa María y se internó en la calle Correría; apilada contra una de las aceras se hallaba una gran cantidad de excrementos y basuras cuya fetidez, incrementada por el calor de aquel día y de los precedentes, hacía que las gentes pasasen por aquel tramo volviendo la cabeza con gesto asqueado. Por el cantón de la Soledad pasó hasta la calle Zapatería, y de allí a la de Ferrería, en donde el sempiterno y rítmico sonido metálico que salía de los talleres se imponía sobre todos los demás ruidos de la calle.

—¡Eh, tú, pambuste! —le gritó un hombre desdentado que por el canal entre las dos aceras acarreaba un par de asnos cargados de paja—, ¿quieres que te metan en la cadena una temporada?, ¿eh?

Perplejo, se detuvo observando al hombrecillo, y después, siguiendo la dirección de su mirada, llevó la suya a su cintura y, sin perder tiempo, con manos nerviosas, se agachó junto a un portal y ante la mirada curiosa de dos mujeres que pasaban junto a él se quitó el machete del cinturón y lo guardó en el zurrón.
Comió en un mesón de la calle Correría, cerca de la torre de los Nanclares, y tras el postre, a falta de compañía, se aferró a una jarra de sidra que se hizo rellenar varias veces. Dos tañidos de campana anunciaron el ecuador de la tarde. A través del portón entreabierto contempló la calle; aún tenía tiempo de abandonar la ciudad y llegar a la venta Cibay; según le había comentado el mesonero no había más de dos leguas y media, y el camino era llano. Abatió la cabeza y la sacudió lentamente, apuró la amarga bebida y se alzó perezoso.

—Buen viaje —le deseó el dueño del mesón apretando en su mano húmeda las monedas que el joven había dejado sobre la madera del mostrador.

Llegó hasta la puerta de la calle y desde su arco contempló el amplio descampado. Allí seguía el arrabal, y en una de sus callejuelas estaría la posada donde siempre había pernoctado con Guzmán; allí seguía también el patíbulo, frío y distante, amenazante y cruel, tan cruel como él lo había recordado todos esos años; y detrás de todo ello la campiña, las huertas y los parrales, todos ellos desnudos bajo el cielo grisáceo y anormalmente cálido de aquel octubre extraño.
Sí, todo seguía igual, las casas, los campos, el horizonte, el hospital de Nuestra Señora del Cabello a la izquierda, el convento de los franciscanos un poco más allá..., hasta el cielo, como aquel día de sirimiri y viento frío del norte, tenía el mismo color ceniciento. Aquel día... De pronto se vio a sí mismo, más delgado, casi imberbe, mucho menos fuerte, atravesando el descampado en compañía de Guzmán Manrique, rumbo a Orduña, dejando atrás un cadalso en el que aún permanecía fresca la sangre del reo ajusticiado el día anterior, cuyos lamentos todavía parecían flotar en el aire. Guzmán cabalgaba a su lado, y ambos, al paso lento de sus monturas, abrigados y silenciosos, abandonaron la gélida Vitoria para hacerse al camino.
En cierto modo —pensaba ahora— era como haber muerto. Aquella lejana mañana nada significaban las murallas, las torres, las iglesias ni las plazas; Vitoria sólo era una ciudad grande plagada de cuestas, edificios apelotonados y malos olores a la que, si nada raro ocurría, regresarían en abril, o mayo, o junio. Pero algo ocurrió y nunca más regresaron; al menos, él. A partir de aquel día Vitoria fue algo remoto e inalcanzable, un recuerdo tan unido a los dolores que la razón, para no padecer, había disfrazado de ilusión, de espejismo. Y ahora estaba de nuevo ante él, o mejor dicho, él estaba de nuevo ante ella, caminando por sus estrechas calles fangosas, respirando su aire espeso, contemplando lo mismo que aquella última mañana, cuando ansiaba llegar a Orduña y contar la cantidad de avatares vividos en apenas cinco días. Pero luego vino la tormenta, y la noche, y las voces, y el amanecer preñado de nuevas desquiciantes, de rabias, de cientos de orduñeses clamando justicia, gritando con saña el nombre de Catalina de Echevarría mezclado con insultos tan graves que herían los oídos y que él, luchando contra sí mismo, se esforzaba en no creer, hasta que la visión de aquella criatura empapada y amoratada en brazos del alguacil lo dejó sin sangre, sin aliento, sin alma.
Parpadeó como alejando los fantasmas de su cabeza y suspiró profundamente mientras a sus espaldas el portero discutía con un mendigo andrajoso y borracho que quería pasar al interior de la ciudad. Los observó un instante y luego volvió la vista al descampado. Por fortuna, Vitoria era algo más que el recuerdo de una mañana cargada de ilusiones rotas, y precisamente ese algo más constituía la verdadera razón de que se hubiese detenido allí en vez de seguir camino.

A paso lento caminó pegado a la muralla; pasó bajo la iglesia de San Miguel primero y bajo la de San Vicente después, dejó de lado la calle Cuchillería, Pintorería, y por último se detuvo frente al arco de entrada de la calle Judería.
No se advertía mucho movimiento, aunque no faltaban murmullos y ruidos, ni artesanos, sobre todo zapateros y plateros, que trabajaban en la puerta de sus casas.
En alguna ocasión había oído decir que el tiempo borra el detalle de los recuerdos y distorsiona el acento de las voces, pero cinco años después de haber cruzado aquel arco de piedra por última vez, él conservaba frescos en su memoria cada color, cada mirada, cada timbre de voz, cada nombre, cada olor, cada palabra. Y el temor a que algo o alguien pudiese de pronto desfigurarlos, desperdigarlos para siempre como el viento del otoño las hojas secas de los caminos, era lo que lo sumía en un pozo de incertidumbres e indecisiones.

Atravesó la muralla y, con suma parsimonia, avanzó mirando a todos lados, fijándose en todo aquello que se mostraba a sus ojos, desde las mujeres que conversaban a la puerta de una vivienda hasta el chapinero que confeccionaba su calzado sentado sobre un taburete en la estrecha acera; desde los niños que, en compañía de otro algo mayor, ojeaban unos diminutos libros hasta el hombre alto y encorvado que se cruzó con él sin quitarle la vista de encima y que al verlo detenerse frente a una de las casas, volvió la cabeza con recelo.
De pie ante la puerta cerrada, trepó con la mirada por la fachada, recreándose en las ventanas, alcanzando el tejado, descendiendo nuevamente a la reseca madera de la puerta. Golpeó suave, pero firmemente, con el puño. Una joven de grandes ojos, cubierta su cabeza con un rollo de tela rellena que enmarcaba su rostro anguloso y dejaba el cuello al descubierto, lo saludó con una mal disimulada preocupación y lo invitó a pasar y a esperar cuando preguntó por su primo mayor.

Todo seguía igual, exactamente igual a como lo había guardado en su memoria todos aquellos años, a como, lo mismo arando los extensos prados de Lánzuri, que cortando robles del bosque, conduciendo los bueyes hasta los campos cercanos al Chorro, o recogiendo la miel de las colmenas, había evocado tantas veces en silencio, con el sudor empapándole el rostro, con la mirada perdida en los montes, o en las largas veladas silenciosas de las noches de Lánzuri. Todo seguía igual... la cortina de colores, que daba acceso a la vivienda y a través de la cual podía verse parte de la cocina; frente a él la oscura escalera que subía al primer piso. Recordando repentinamente, giró su cuello y buscó en la pared, en la jamba derecha de la puerta, aquella especie de cajita de madera, idéntica a las que había a la entrada de las demás habitaciones de la casa, cuyo significado le fue revelado una calurosa tarde de junio; la observó detenidamente; sí, también estaba tal como la recordaba: alargada, cerrada, misteriosa.

—Es la mezuzá —le había dicho su amigo y anfitrión.
—¿Y para qué sirve? —preguntó él, imaginando que quizás estuviera puesta allí para preservar a los habitantes de la casa del mal de ojo, o contra las enfermedades, o para protegerlos de las tormentas.
—Ahí dentro está guardado un pergamino con dos pasajes de la Shema.
—¿Qué es la Shema?
—Una parte de la Torá, nuestro Libro.

Y fruto de la intensidad de aquel día, él, que acostumbraba a callar más que a hablar, preguntó sin dilación:

—¿Y qué dice en esos pasajes?

El joven judío, con sus ojos negros posados en el estuche de madera, recitó lentamente, con voz afectada:

—“Escucha, oh Israel, Dios nuestro señor, Dios es único... Y serán estas palabras, las que yo te ordeno hoy, sobre tu corazón. Y se las enseñarás a tus hijos y hablarás con ellas, cuando habites en tu casa y al caminar el camino, al acostarte y al levantarte, y las atarás como señal sobre tu brazo... Y daré pastos en tus campos para tus animales, y comerás y te hartarás...“.

Él escuchó en silencio, casi sin respirar, la oración del amigo judío, esforzándose en retener aquellas palabras extrañas que despertaron en su interior sensaciones nuevas que, a sus quince años, fue incapaz de descifrar.
Pero el tiempo las fue borrando una a una, hasta no dejar en su memoria sino deshilachadas frases sin sentido. Aquel lejano día estuvo tentado de pedirle al amigo que abriera la cajita y le mostrara los pergaminos, pero no se atrevió a tanta osadía. Ahora, seis años después de aquella revelación, volvía a sentir la misma curiosidad. Llevó su mano hacia ella... pero el roce de la cortina al abrirse le hizo girarse y mirar con gesto culpable al joven alto, muy alto, casi tanto como él, y sumamente delgado que, precediendo a la muchacha, se había detenido a la entrada de la cocina observándolo intrigado con sus enormes y hermosos ojos negros. El visitante entrecerró los suyos en un gesto tenso que sólo se dulcificó cuando el judío, como si estuviera ante una aparición, tomó aire y, con una infinita alegría en su rostro, exclamó “¡Elías!”, abalanzándose hacia él con los brazos abiertos, abrazándolo estrechamente, tanto que sus barbas y sus cabellos se mezclaron al tiempo que el recién llegado pronunciaba con ahogada voz “Nazam...”.

—El Dios no cesa de colmarme de bendiciones —dijo éste separándose, con sus manos delgadas sobre los fuertes hombros del amigo, con sus hermosos ojos negros incrédulos todavía—. Confiaba en que algún día te traería de nuevo a mi casa, pero el que lo haya hecho hoy... el que lo haya hecho hoy es una prueba de su poder y de su bondad sin límites.
—¿Qué día es hoy pues? —preguntó, turbado por el recibimiento.
—¿Que qué día es hoy, preguntas? —contestó sin borrar la sonrisa de su cara—. La primera gran noche de mi primogénito, Elías, su noche de hadas. Hoy, precisamente hoy, cumple su séptima noche de vida. ¿No es un regalo del Dios el que te haya traído a mi casa precisamente hoy?

“Mi primogénito...”. Elías comprendió de golpe que el rostro que tenía ante él no era el limpio y aniñado del Nazam de sus recuerdos, sino el afilado, huesudo y barbudo —si bien por una barba débil y dispersa— de un Nazam nuevo, desconocido, y se sintió invadido de un repentino y sofocante terror.

—¿No sabes lo que eso significa? —preguntó Nazam ante el gesto aturdido de Elías.
—No —confesó.
—Pues es... En la vida de todo judío hay una serie de días especiales, y éste es uno, el primero de ellos, porque en él se celebra... —se interrumpió súbitamente y dando un manotazo al aire como espantando a un pájaro invisible, añadió—: Pero ven, por favor, pasa, pasa ahora, ya tendremos tiempo luego para explicaciones.

Y tomándolo del brazo lo invitó a adentrarse en la cocina.

—¡Ah! Ésta es mi prima —dijo reparando en su presencia—, ¿la recuerdas?
—Sí..., Catalina —el nombre le rasgó la garganta.
—¿Recuerdas su nombre? Tu memoria es prodigiosa. ¿Y tú? —preguntó dirigiéndose a la muchacha—, ¿no lo has reconocido? Mucho ha cambiado, pero su mirada es inconfundible.

Ruborizada, afirmó con la cabeza sonriendo y bajando los ojos. Escoltado por ambos, Elías cruzó la cortina, recorrió el pasillo y entró en la habitación donde aquel día, siete años atrás, la madre, la tía y la prima de Nazam elaboraban dulces. Y como si el tiempo en un salto fantástico hubiera retrocedido hasta aquel momento, las encontró alrededor de la misma mesa, preparando los mismos dulces, mirándolo con la misma cara de sorpresa.

—Madre, mira quién ha llegado —exclamó el muchacho.

Las dos mujeres interrumpieron la labor y con las manos hundidas en la masa estudiaron al extraño.

—Es Elías, el Ayalés —apuntó en voz baja Catalina incorporándose al trabajo.
—El Ayalés... —murmuró la madre.
—¿No tengo buena estrella, madre? —exclamó radiante su hijo mirando a unos y a otros.
—¿Qué tal estás? —preguntó la madre con voz queda, buscando en el rostro de aquel joven corpulento algún rasgo del muchacho espigado y callado que ella recordaba.
—Bien.
—¿Cuándo has llegado?
—Hoy mismo, señora.
—¿Has venido a alguna feria o mercado? —preguntó observando su equipaje.
—No. Sólo estoy de paso.
—¿De paso?, ¿quieres decir que... vas de viaje?
—¡Oh, madre! —protestó Nazam—. Acaba de llegar y no haces sino acribillarle a preguntas. Ahora está aquí, ¿qué más da si de paso o no? —y asiéndole del brazo lo arrastró consigo—. Ven, quiero enseñarte algo, pero antes deja tus cosas por aquí, luego las cogeremos.

Salieron de la estancia y por un hueco abierto toscamente en la pared pasaron a un pequeño y lóbrego pasillo que accedía a unas escaleras por las que llegaron a una puerta cerrada. Nazam la abrió con sumo cuidado y, tras asomar la cabeza, giró el cuello e invitó a Elías a seguirle. Éste obedeció, encontrándose al entrar con dos jóvenes sentadas alrededor de una cuna y con una mujer que cosía bajo un ventanuco por el que penetraba la tenue luz de la tarde y que al verlo comenzó a murmurar rápidamente una especie de plegaria. Nazam, sonriendo divertido, avanzó hacia ellas.

—No temáis, es un amigo. Ven, acércate.

Incómodo por las agudas miradas de las tres mujeres, Elías siguió al dueño de la casa hasta el borde de la cuna, en la que, tapada hasta la boca con una sabanita clara, dormía plácidamente una criatura sonrosada.

—Éste es mi primogénito —anunció orgullosamente, suavizando el tono de voz—. Judá. Judá Habillo, hijo de Nazam.

Elías lo contempló sin alterar el gesto, sin decir palabra; luego miró al padre y sonrió. La mujer de la ventana continuaba su letanía.

—Éste es Elías —dijo después en igual tono de voz dirigiéndose a la mujer morena de nariz aguileña—, te he hablado de él más de una vez, lo recuerdas, ¿verdad?
—Sí, claro que sí —contestó, examinando al extraño de arriba abajo.
—Ella es Oroshoel, mi esposa.

El forastero esbozó una imperceptible sonrisa y murmuró un vago “Con Dios”.

—A ella no la reconocerás —aseguró Nazam refiriéndose a la otra joven, una muchacha de ojos negros, largas pestañas y oscuros cabellos según delataba un mechón que, escapando de su toca, caía sobre su frente hasta casi rozarle las cejas—; la conociste de muy pequeña, y ya es casi una mujer.
—¿Tu hermana? —preguntó con gesto de sorpresa.
—Sí, una de ellas, la mayor de las dos, ¿también recuerdas su nombre? —dijo con malicia.

No le hizo falta rebuscar mucho en su memoria. “Ésta es Sara —le había dicho Nazam el día en que se las presentó— y ésta, Mira. Sara tiene cinco años, y Mira, ocho”. Pero por alguna razón que no llegó a explicarse, se encogió de hombros a modo de disculpa.

—Es Mira. La otra, la pequeña, es Sara; andará por ahí, haciendo cosas. Ella —continuó señalando a la mujer que cosía y que no dejaba de mirarlos recelosa ni de murmujear entre dientes— es la madre de mi esposa.
—Vas a despertar al niño —recriminó ésta en un susurro viendo que el pequeño se revolvía en su cunita arrugando el ceño como si fuera a llorar.
—Muy bien, muy bien, ya nos vamos.

Cerraron la puerta tras de sí y en medio de las penumbras de la escalera el joven judío se detuvo y girándose hacia el amigo aclaró:

—No te ofendas por sus actitudes, pero es que todavía no se han celebrado las hadas y mi hijo está expuesto a muchos peligros. De ahí sus recelos. Los rezos de mi suegra eran para ahuyentar el mal de ojo; no es nada personal, pero si protegemos a nuestros hijos de los de nuestra propia raza... —sonrió—, ¿cómo no hacerlo de un no-judío?
—No me ha ofendido —respondió Elías, y luego, continuando escaleras abajo añadió con sorna—: ¡Ah!, y si os hace falta alguna cabeza de ajo más para colgar de la cuna llevo alguna en mi zurrón.

Nazam soltó una carcajada y condujo al amigo hasta una pequeña cocina situada al comienzo de las escaleras. En el fuego bajo ardían unos troncos que calentaban una olla colgada de una cadena. Tomaron asiento a su alrededor, y el anfitrión obsequió al recién llegado con una jarra de vino.

—Ésta es mi casa —dijo haciendo volar sus vivísimos ojos negros por las paredes, viejas y ahumadas, de la estancia—. En ella habitaba un matrimonio anciano; cuando él murió en el invierno pasado, la mujer pasó a vivir con la familia de su hijo, un poco más adelante de la calle. Nosotros les compramos la casa y aquí vivimos desde entonces; no es muy grande, sólo tiene esta cocina, una pequeña despensa, un corralejo con cuatro gallinas y la habitación que ya has visto, en donde dormimos Oroshoel y yo con nuestro hijo; comparada con la de mi padre —sonrió— es casi ridícula, pero para mi esposa y nuestro hijo nos sobra, de momento. Lo que más me gusta de ella es que forma una con la de mi padre.
—Sí, ya veo.
—Sólo hubo que abrir un agujero en la pared y ya está. Este invierno colocaremos una puerta para diferenciar las dos viviendas, pero no será una puerta de separación sino de paso. Y conociendo a mi madre permanecerá más tiempo abierta que cerrada.

Bebió un trago y, sin desterrar de sus hermosos labios la sonrisa que parecía formar parte inseparable de ellos, contempló con detenimiento al amigo sentado frente a él. En completo silencio recorrió sus largos cabellos negros y grasientos, su tupida barba, su fuerte cuello... observó sus ropas, que desprendían el mismo olor seco y penetrante de los hombres que venden ganado en las ferias; estudió sus manos, largas, curtidas, pero un tanto delgadas para un cuerpo tan alto y fornido; sus muslos velludos y musculados, sus medias remendadas, sus sucias abarcas... hasta que al volver de nuevo al rostro, sus ojos negros se encontraron con aquellos ojos grises y su sonrisa se dilató.

—Me parece mentira que estés aquí, conmigo —dijo—, en mi casa, en este día tan especial. El Dios es grande.

Elías se encogió de hombros.

—He pensado en ti a menudo —añadió el judío con un toque de nostalgia en la voz—. Me preguntaba cómo te iría, si se habrían solucionado tus problemas, cómo estarías en...
—¿Qué problemas? —inquirió entrecerrando los ojos.
—Los que te obligaron a volver a tu casa, con tu familia, ¿o es que...?

Elías agravó el gesto y miró a Nazam fijamente.

—¿Cómo sabes que volví a Lánzuri?
—Nos lo dijo un hombre —aclaró el judío, sorprendido y temeroso por la reacción del amigo—; apareció un día por aquí... hace ya años... y nos dijo que...
—¿Un hombre?, ¿cómo era?
—De aspecto bondadoso..., pelo cano, escaso... Al parecer era tu compañero de viaje a ferias y mercados.
—¿Y vino aquí? —preguntó Elías sin poder creer lo que estaba oyendo.

 

 

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