I

Al principio, Eneko pensó que los gritos que provenían de fuera de la cabaña se debían a alguna de las disputas que, ocasionalmente, se producían entre los vecinos de la aldea. Pero la violencia que de pronto adquirieron, y el sentir el movimiento de ropas y los pasos precipitados que corrieron hacia la puerta, le hicieron incorporarse y sentarse sobre las pieles que le servían de lecho. Al mismo tiempo, sintió unos brazos que se aferraban a su cintura con fuerza; sobresaltado, giró la cabeza y, en las penumbras, pudo ver a su hermana, que se abrazaba a él con cara de susto.

-¿Qué pasa? –preguntó la pequeña.
-No sé -respondió Eneko-. Puede ser un incendio.

La niña se levantó de un salto y le miró con horror.

-¿Se está quemando el poblado? –exclamó-. ¡Entonces debemos salir!
-¡Quieta ahí! –ordenó la madre, sentada en su camastro al otro lado de la cabaña.
-¡No! –replicó la hija-. ¡Debemos salir!

Corrió hacia la puerta, pero antes de que llegara a ella, Eneko, con la agilidad de un gato, la sujetó por el brazo y la conminó a esperar.

-¡Quieta! –ordenó-. Voy a ver qué pasa.

Eneko abrió del todo la puerta entreabierta por su padre al salir y asomó la cabeza. La respiración se le congeló en los pulmones. Por un instante, creyó estar siendo víctima de una pesadilla. Parpadeó varias veces, intentando despertar, pero la flecha que se clavó a un palmo de su cabeza le convenció de que el dramático espectáculo que estaba presenciando no formaba parte de ningún sueño.

-¿Qué pasa? –preguntó la pequeña Uxua a sus espaldas, procurando hacerse un hueco entre sus piernas-. ¡Déjame ver!

Eneko no respondió. Ni siquiera la oyó. Sus ojos estaban fijos en los jinetes que galopaban de un lado a otro con la velocidad del diablo, enarbolando antorchas que arrojaban contra las cabañas construidas de paja y madera, en los soldados armados con espadas y largas lanzas que perseguían a los hombres y mujeres que huían sin rumbo, gritando, chocando entre sí, cayendo al suelo.
La madre agarró a Uxua y la llevó en volandas hacia el interior de la casa.

-¡Eneko! –gritó-. ¡Cierra la puerta y ven a esconderte!

El muchacho volvió la cabeza y vio a las dos, parapetadas tras las tinajas y cestas cercanas a la alacena. Temblando de los pies a la cabeza, y sin ser consciente de sus actos, Eneko salió a la calle y comenzó a correr. Atrás quedó el grito desgarrado de su madre, llamándole.
La cabaña de su amigo Luki ardía como las hogueras que se prendían en la noche más corta del año. Sofocado por el humo y los nervios buscó con la mirada a su amigo, pero fue imposible en aquella locura de chillidos, ladridos, relinchos, cacareos, balidos, llantos, voces desesperadas y crepitar de llamas. Corrió hacia la cerca de piedra que rodeaba el poblado, con la única intención de encontrar a su padre. Un vecino al que no pudo reconocer surgió de detrás de un cobertizo con las manos tapándose la cara y un río de sangre brotando de entre sus dedos; pasó a su lado tambaleándose y cayó de bruces sobre el barro. Entonces, febril de miedo y de ira, Eneko buscó a su alrededor algo con lo que poder defenderse. A la entrada de la choza de Basurde descubrió la pequeña hacha de cortar ramas. Se dirigió hacia allí, y ya estiraba su mano hacia la herramienta cuando un bulto enorme se cruzó en su camino derribándole como si fuera un muñeco. El retumbo de unos cascos sonó tan cerca de sus oídos que creyó tenerlos dentro de su cabeza. No había salido de la conmoción cuando una mano fuerte le asió por el brazo y le arrastró hasta una pared.

-¡No te muevas de ahí! –le ordenó Basurde desde su altura formidable-. ¡Si ese caballo llega a pisarte estarías hecho harina!

Basurde desapareció entre el tumulto. Eneko no obedeció. Se levantó, y todavía mareado por el golpe emprendió carrera hacia ninguna parte. Vio a la hija pequeña del herrero acurrucada bajo un carro, tiritando y llorando de miedo; vio al anciano Lartaun subido en el muro de la cerca con los brazos abiertos, rogando a sus convecinos que huyeran hacia el monte; vio un puñado de gallinas revolotear cacareando afónicas entre una nube de polvo y de plumas; vio a su padre defendiéndose a golpes de azada del soldado que le atacaba; vio a otro soldado derribar con el asta de su lanza a un hombre, al que no reconoció por hallarse de espaldas y encogido; vio a un soldado alto y delgado traspasar con una saeta de su ballesta a un cerdo, que se desplomó entre gruñidos de dolor; vio a un jinete arrollar a dos mujeres; y vio a varios jinetes fuera de la empalizada, inmóviles sobre sus monturas. Uno de ellos, al que todos parecían proteger, sobresalía de los demás por la hermosa capa encarnada que vestía sobre su coraza y el casco plateado que cubría su cabeza. A una señal de su brazo, uno de los caballeros que le acompañaban espoleó a su caballo en dirección al poblado, traspasó la cerca y, plantándose en mitad del mismo, encabritó al animal y, espada en mano, gritó con voz furibunda desde dentro del pesado yelmo que refulgía con el resplandor de las llamas.

-¡Os lo advertimos hace un año y no tomasteis nuestra advertencia en serio! ¡De aquí hasta la costa llevaremos el escarmiento, y vosotros, al igual que todos los de esta tierra insolente, conoceréis nuestra furia y os arrepentiréis de vuestra desobediencia! ¡Es la única forma de que comprendáis que no se puede airar a un rey sin pagar por ello!

Al escuchar aquellas palabras, Eneko recordó escenas vividas hacía más o menos un año. Su mente viajó en el tiempo hasta el día en que dos hombres, vecinos del valle de Zeberio, se presentaron en la aldea. Venían con gesto grave y con voz también grave explicaron, tras congregarse todos los vecinos en el pequeño espacio central entre las casas, que hacía las veces de plaza, los inconvenientes que estaban teniendo los vizcaínos para reunir el tributo anual que el rey astur-leonés les reclamaba desde hacía lustros.

-Se ha podido juntar un caballo blanco, aportado por los de Gatica –dijeron-, y una vaca blanca, criada en tierras de Zamudio, pero un buey blanco… imposible ha sido encontrar este año.

Tras esta noticia, las aldeas de Vizcaya decidieron reunirse para buscar una solución. Así se hizo, y la única solución encontrada fue elegir a siete representantes para que viajaran hasta la corte del rey astur-leonés con el fin de entregar el caballo y la vaca, presentar disculpas por la falta del tercer animal exigido y solicitar la clemencia del rey Alfonso.
Cuando los siete representantes regresaron de Asturias, lo hicieron sin el caballo ni la vaca y con el alma llena de incertidumbres y temores.

-El monarca se tomó de mala manera la ausencia del buey –dijeron-, y su enojo fue grande. Presentamos nuestro pesar por nuestro incumplimiento, y prometimos que haríamos lo posible para que no volviera a suceder. Pero Don Alfonso no se calmó por ello. Más bien al contrario, pues nos amenazó con un fuerte castigo si antes de un año no nos presentábamos de nuevo ante él con el tributo correspondiente más el buey de este año.

Ahora, mientras el jinete del yelmo tranquilizaba a su caballo, Eneko comprendía que el tributo no había sido pagado y que aquel ataque era el castigo advertido por el rey. El jinete se paseó arrogante ante los hombres apelotonados contra el muro y después, a voces, ordenó a los soldados que abandonaran la aldea.
Se fueron como se iban las grandes tormentas de otoño, dejando tras de sí un rastro de desgracias y un eco de silencios. Precisamente fue el silencio que quedó tras la marcha de los atacantes lo que más impactó en el ánimo de Eneko; un silencio extraño, imperfecto, preñado de murmullos, apagados lamentos, impotencia contenida, vergüenza y odio. Mientras los vecinos y vecinas del poblado ayudaban a los heridos e intentaban apagar las cabañas que ardían, Eneko advirtió que los soldados tomaban el sendero que bajaba hacía el río, en vez de enfilar el camino que, ascendiendo la colina, conducía a la aldea de Bilbao. Caminó hasta la cerca de piedra, la atravesó y se detuvo al comienzo de la pendiente. Estupefacto, incrédulo, vio cómo los atacantes continuaban con la destrucción. Los caballos, guiados por sus jinetes, pisoteaban las cosechas; los hombres de a pie segaban con sus espadas las ramas de los árboles frutales; higos, manzanas, cerezas, caían a tierra y eran aplastadas a pisotones o recogidas para ser llevadas. Eneko sacudió la cabeza, incapaz de comprender tanta saña.
Cuando dos soldados armados con hachas talaron por su base el manzano que su abuelo Sancho había plantado muchos años antes de que él naciera, sus mandíbulas temblaron de rabia y de dolor y dos lágrimas silenciosas rodaron por sus mejillas.

 

II

El pequeño potrillo de crines color de arena correteaba por el prado cambiando continuamente de rumbo. En su galopar incierto se notaba que se sentía inseguro sin la presencia de su madre, a la que parecía llamar con constantes relinchos. Eneko lo persiguió a cierta distancia para no asustarlo más de lo que estaba, y al llegar a la altura de la presa se situó a su derecha para impedirle acceder al sendero que llevaba al paraje de Ugao y al valle de Zeberio, y de esa manera arrinconarlo contra el río.
Cuando el animal cayó en la cuenta de que su camino acababa en la ruidosa corriente, se giró e intentó desandar lo andado, pero allí estaba aquel muchacho de cabellos negros y grasientos, nariz chata y ojos oscuros. Ambos se detuvieron, se observaron y parecieron entender que el juego había acabado. Eneko se aproximó a pasos lentos y el potrillo bajó la cabeza y esperó. Aún así, en el último momento alzó el pescuezo, lanzó un relincho al cielo e hizo amago de huir por la orilla del río, pero la rapidez del chico, plantándose junto a él de un brinco y sujetándole por el cuello con un brazo le paralizó. Los ojos grandes, almendrados y asustados del animal se clavaron en los ojos de mirada segura del muchacho. Éste, sin soltarle, le pasó lentamente la otra mano por el lomo al tiempo que con suave voz procuraba tranquilizarle. Poco después, le ataba con la soga que llevaba enrollada a la cintura y ambos, tranquilamente, emprendían el regreso a la aldea.

Otro par de chicos hacían lo propio con las vacas que, en su espantada, habían ido a parar al bosque. Junto al río, unos niños reconducían a las gallinas extraviadas. Cerca del poblado, un poco más arriba del camino que llevaba en dirección al mar, Eneko descubrió a Belcho, su mejor amigo. Estaba quieto frente a unos zarzales, con los brazos caídos a los lados del cuerpo, como si llevara en las manos las pesadas herradas con las que ambos, al igual que los demás, acarreaban cada día agua del río hasta la aldea.

-¡Belcho! –llamó.

Como el amigo parecía no haberle oído, repitió el grito. Y lo hizo una vez más, con el mismo resultado. Molesto y extrañado, se detuvo y pronunció el nombre a pleno pulmón. Ahora, el amigo volvió ligeramente la cabeza, le observó sin decir nada y siguió mirando al zarzal. Eneko, tirando de la cuerda del potrillo, llegó hasta él a grandes zancadas.

-¿Por qué no me haces caso? –le increpó.

Apenas acabada la pregunta reparó en el cordero atrapado entre las espinas. Estaba quieto, mirándoles con ojos desvalidos y aterrados, gritando con ellos todo lo que no gritaba con la boca.

-¿Por qué no lo sacas de ahí? –preguntó Eneko, mirando a Belcho con el ceño fruncido.

Belcho, simplemente, se encogió de hombros. Eneko puso en sus manos la cuerda, aplastó con los pies unas zarzas y, retorciéndose en complicado escorzo para salvar las espinas más grandes, alargó los brazos hasta asir al animal por la barriga. El cordero se revolvió y emitió un quejoso balido, después intentó incorporarse para escapar, por lo que Eneko, sin más miramientos, lo aferró con fuerza y tiró de él. Una vez fuera lo soltó de golpe y después se miró los brazos. Varias espinas, gruesas como picos de gallina, se habían clavado en su piel provocando delgados hilos de sangre. Eneko lanzó un exabrupto mientras miraba con reproche a Belcho, quien, a su vez, contemplaba cómo el cordero se iba brincando prado abajo.

-¿Te da más pena él que yo? –preguntó Eneko, con rabia-. ¡Mira cómo me he puesto los brazos! ¿No podías haberlo sacado tú?

Por toda respuesta, Belcho bajó la cabeza, le devolvió la cuerda del potro y comenzó a caminar hacia el poblado. Al verlo marchar de aquella manera, Eneko sintió deseos de cogerlo y arrojarlo a las zarzas, pero entonces recordó que el padre de Belcho había sido gravemente herido en el ataque de los soldados astur-leoneses, y supuso que por eso su amigo se mostraba tan desorientado.
Eneko se sacó como pudo las espinas, se sopló en las heridas y siguió los pasos de Belcho.

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