Pasados algunos dias despues que estaban en Segovia, el Maestre entregó el Alcázar al Rey, y fue dada la tenencia del al Mayordomo Andres de Cabrera. En este medio tiempo vino allí el nuevo Conde de Haro á hacer reverencia al Rey: donde fue rescebido con mucho amor, y tratado con grand honra, asi por el Rey como por los señores de la Corte. E como por estonces avia grandes males de vandos é questiones en las provincias de Guipuzcoa y de Vizcaya, acordó el Rey de enviar allí con grandes poderes de Virrey al nuevo Conde de Haro; asi porque estaba muy vecino de ellos, como por ser el mayor, é mas poderoso de aquellas comarcas; y porque era caballero prudente é muy cuerdo. El qual obedesciendo lo que asi le era mandado por su Rey, fuélo a cumplir y ponerlo por obra, y entró muy poderosamente, segund que para tal caso convenia. Donde entrado, e obedescido por entrambas provincias, fecha su pesquisa con grand diligencia, halló que Pedro de Avendaño, é Juan Alonso de Moxica con algunos parientes é valedores suyos eran cabeza de vandos, á cuya cabsa se seguian muchos escándalos, é muertes, y robos é males que de contino se hacian. E asi administrando justicia, vistos los insultos que por ellos se recrescian, mandó por su sentencia que Pedro de Avendaño, é Juan Alonso de Moxica saliesen desterrados fuera de ambas provincias, é no tornasen á ellas fasta que fuese la voluntad del rey, é que para tornar les fuese dada expresa licencia de su Alteza, só pena de la vida, é de perder sus haciendas, si lo contrario hiciesen. E despues de justiciados muchos ladrones, é malhechores, quedó la tierra en grand paz é sosiego, si el Diablo no tornára á sembrar su discordia, y á tender las redes de sus escándalos, para lo que despues subcedió, segund que adelante será recontado.

“Crónica del rey Enrique el Cuarto de este nombre”

 

MONASTERIO DE SAN ZOILO,
CARRIÓN DE LOS CONDES, (Palencia)
Invierno de 1471

Los pasos de don Pedro Manrique de Lara rompieron la calma vespertina del monasterio. Su eco voló por claustro y pasillos hasta perderse en el punto final de un portazo seco. Entonces, nuevamente, sólo quedaron el frío y el silencio.

Don Pedro paseó la mirada por la pequeña celda hasta fijarla en la mesa colocada en su centro. Caminó hasta el ventanuco, el único espacio por el que la luz y el aire entraban hasta el interior de los gruesos muros. Con las manos cruzadas a la espalda, observó el cielo gris, mustio, la hilera de chopos que escoltaban al Carrión y que con él, como fieles centinelas, se perdían en la neblina helada de la tarde. Suspiró largamente. Giró la cabeza hacia la puerta por encima del hombro; la volvió al ventanuco.

Vendrían, de eso estaba seguro. Como todos los de su especie, aquellos dos hombres eran variables e imprevisibles, pero nadie atraviesa media Castilla para dejar su misión a medias, y mucho menos misión tan importante como la que hasta allí les había traído. Vendrían, así lo habían prometido, aunque ninguno de los dos supiera el motivo real de la cita. Ahora que la fortuna parecía cruzar a aquellos hombres en su camino, sólo pedía al cielo que no se encontraran antes de llegar a él; lo había previsto todo para que así fuera, pero temía que el destino enredara a su antojo los hilos que con tanto esmero él había dispuesto.
Un ave oscura cruzó el río, los chopos, el cielo; su graznido áspero rasgó el silencio perfecto de la tarde. No era especialmente supersticioso, pero la imagen le causó cierta turbación y le hizo temer que fuera mensajera de malos augurios, provocando que su confianza en el buen resultado de aquella entrevista vacilara por un momento. Pronto vendrían... las dos campanadas de la hora nona coincidieron con los dos golpes en la puerta; se volvió rápidamente y su invitación a pasar se confundió con las últimas vibraciones de los tañidos.

—Conde...
—Pasad, Pedro de Abendaño, hacedme el honor.

El recién llegado recorrió la estancia con un vuelo de su mirada y luego la depositó en el Conde. Cerró la puerta tras de sí.

—Está fría la tarde —comentó don Pedro Manrique de Lara.
—Muy fría —ratificó Pedro de Abendaño—. Los inviernos de Castilla son insufribles.
—Muy diferentes de los de vuestra tierra, ¿verdad?
—Todo es diferente entre una y otra —sentenció caminando hacia la mesa.

Mientras se acercaba para estrechar su mano, don Pedro observó la actitud del hombre, su aire cansado, sus movimientos lentos, su barba negra salpicada de abundantes canas grisáceas, sus cabellos lacios desparramados por los hombros y su gesto desconfiado y aparentemente nervioso.
—Os ruego me sigáis —pidió dirigiéndose hacia la puerta.
—¿Adónde? —preguntó Abendaño con recelo.
—Aquí cerca —respondió el Conde, invitándole con un gesto a salir.

Caminaron hasta las escaleras de piedra y bajaron a la planta baja; en silencio recorrieron las sombras del claustro hasta llegar a un portón cercano al refectorio y a través de él a un sombrío pasillo a cuya izquierda se sucedían una hilera de puertas. Don Pedro se detuvo frente a una de ellas y tras llamar con los nudillos la abrió de par en par.
La estremecedora figura de Juan Alonso de Mújica apareció al fondo de la celda, ocupando el hueco de la ventana. Sus ojos se clavaron como rayos en los de Pedro de Abendaño, quien, abandonando la aparente intranquilidad mostrada hasta ese instante, le devolvió una mirada cargada de fuego.

—Pasad, os lo ruego —dijo el Conde.

La boca de Pedro de Abendaño sólo se abrió para aspirar con fuerza y soltar después una lenta bocanada de vaho. Obedeció.
Sin tiempo que perder, don Pedro se acercó a la mesa e instó a sus invitados a tomar asiento. Así lo hicieron, colocándose uno en cada extremo, frente a frente, dejando al Conde el sitio central, entre ambos.

—Señores —comenzó éste sin demora—, debo agradeceros, en primer lugar, la confianza que habéis depositado en mi persona a la hora de buscar solución y remedio a vuestros males. Y si me he prestado a brindaros mi consejo y ayuda es, como ya por separado os adelanté hace unos días, por el bien de nuestras respectivas casas y nuestras respectivas causas, tan amenazadas ambas por los errores de un rey débil y soberbio y las ambiciones de unos nobles que no cesan de abusar... —calló un momento y miró a uno y a otro, que, claramente ajenos a sus palabras, se devoraban con la mirada—. Señores... conozco perfectamente vuestra historia y la historia de los que antes de vosotros han llevado vuestro apellido, conozco el odio que enfrenta a vuestras familias y lo mucho que estar uno al lado del otro os enajena, pero os ruego, por lo mucho que os respeto y considero, que vuestra vieja enemistad no turbe el propósito que me ha llevado a tomar tan delicado paso, y que no es otro que el de alcanzar nuestra libertad y bien común.
—Pedro de Abendaño —espetó de pronto Juan Alonso de Mújica con la más sorda y dolida de sus voces—. ¿Dónde está mi padre que tú cruelmente con fuego mataste?
—¿Y qué recuerdo tendré yo —respondió el de Abendaño con igual tensión— de mi desdichado hijo, y de mis hermanos, ferozmente muertos a tus manos?
—Parientes, señores y amigos —intervino don Pedro Manrique de Lara mesándose las barbas con inquietud—, dejad de hablar de las viejas querellas, encomendadlas a olvido pues ya no tienen remedio, y hablemos de las cosas presentes, que más a todos deben importarnos. No pensemos en el dolor de los que de uno y otro bando perecieron. Más debe importarnos en este momento los sufrimientos de los que viven en miserable cautividad que la muerte de aquellos que en libertad la recibieron. Ninguna deshonra podría ser igual a la de vosotros, gente noble de Vizcaya a quien nunca la mano real pudo domar voluntariosamente, si permitierais ahora el yugo infame que os quieren imponer —por vez primera desde su llegada, Mújica y Abendaño apartaron de sí sus miradas y las fijaron en don Pedro, quien, ante el efecto que sus palabras estaban causando, atemperó la voz, dejando el tono autoritario para adoptar uno digno del mejor convertidor de almas—. Vosotros, que el justo mandato de los reyes nunca quisisteis acatar, ¿permitiréis ahora el tirano señorío del conde de Haro? Pues recobrad las fuerzas que tan vanamente siempre habéis gastado en dañaros mutuamente a vosotros y a vuestros parientes y amigos, aunadlas para conservar vuestra libertad con mayor gloria y fama, y si ayuda os es menester aquí estoy yo, que no como principal, sino más bien como igual de vosotros, pondré la vida y estado por conservar vuestra antigua libertad.

El golpetazo de un pavés recibido años atrás en una refriega había partido en dos la ceja izquierda de Juan Alonso de Mújica, deformándosela en un gesto de perpetua insolencia, lo que, unido a la ferocidad de su mirada gris, confería a su rostro el aterrador aspecto que a tantos hombres había hecho orinarse en sus propias calzas. Don Pedro Manrique de Lara pudo comprobarlo una vez más aquella tarde cuando, al finalizar su plática, buscó respuesta en uno y otro.

—¿Cómo podré fiarme de que mi enemigo Abendaño no se unirá en el último momento al hombre que hace años le ayudó en la matanza de mi padre y que como miembro del mismo bando en más de una ocasión le ha prestado su apoyo?
—Y que hace unos meses no dudó en desterrarle, como a vos —respondió contundente don Pedro—. Amigos... —suspiró profundamente— Como yo, sabéis que por encima de los bandos y los apellidos están los intereses particulares, y el conde de Haro en estos momentos no reconoce más aliados que aquellos que se presten a mantenerle en el puesto de privilegio que el rey le ha otorgado, y no dudará, por mucho que desde siempre haya puesto sus armas a favor de los gamboínos, en cortar cuantas cabezas de esta parcialidad fuesen necesarias. Por ello es hora de que dejéis a un lado viejas rencillas y resquemores y antepongáis, por encima de pasados y apellidos, el futuro de vuestra tierra, porque de no obrar así, no tendréis lugar ni ocasión de seguir guerreando, ni habrá lugar en toda Vizcaya en que vuestras familias encuentren cobijo ni sosiego, y toda la gloria que vuestros antepasados consiguieron arruinaréis por vuestro mal entendimiento.

Pedro de Abendaño, con los brazos sobre la mesa, aguardó a que el vaho se evaporase en los labios de don Pedro y luego pronunció lentamente:

—¿Cómo habéis podido siquiera imaginar, don Pedro, que yo pueda poner mis armas y mis hombres en servicio de una causa que, aunque de muy remota manera, pueda beneficiar al hombre que mató a mi hijo amado? No acudí a vos para sufrir esta afrenta, Conde, sino para solicitar ayuda para mi causa, sólo —puntualizó— para mi causa.
—Señores..., —pronunció el conde de Treviño tras meditar las palabras de Abendaño— Mucho mal me causa el ver que vuestro odio y vuestro orgullo pesa más que el deseo de buscar remedio a los problemas que hasta aquí os han traído. Vuestras gentes, alertadas e injuriadas por el injusto trato que para con los vizcaínos está teniendo el rey y por los poderes otorgados al conde de Haro, más los que éste por su cuenta se ha arrogado, os han pedido, como caudillos que sois, que os lleguéis hasta mí en busca de consejo y ayuda. El destino ha querido que ambos, en secreto y por separado, hayáis emprendido el viaje y os hayáis presentado ante mí en idénticas fechas, y eso, que para mí es poco menos que un milagro, constituye para vosotros el mayor de los obstáculos —entornó los ojos y miró, muy lentamente, a uno y a otro—. ¿Qué diréis a vuestro regreso a aquellos que pusieron su confianza en vuestra cordura y buen hacer? ¿Cómo osaréis mirar a la cara a todos aquellos que por vuestra vana obcecación sufrirán el hierro de la tiranía y el fuego de la esclavitud? La responsabilidad de lo que vuestra desidia provoque caerá sobre vuestras conciencias, y ante los agraviados, los desterrados, los arruinados y los muertos deberéis de rendir cuentas. Vuestras mujeres y vuestras hijas, que hasta hoy os vieron como señores, os verán como a siervos cuando os vean abandonar vuestro hogar camino de un nuevo destierro, cuando vean que os dejáis tratar como corderillos, cuando vean que vuestro orgullo y ferocidad son solamente fuegos de artificio, y se lanzarán en brazos de los hombres que dominan sus casas y que no tardarán en cortejarlas para obtener sus favores. Ellos serán sus nuevos dueños. ¿Y vuestros antepasados? Desde sus tumbas, ¿qué creéis que dirán cuando vean cómo por vuestra dejadez se arruina lo que con tanto esfuerzo, con tanta lucha y tanta sangre consiguieron? Pedro de Abendaño, Juan Alonso de Mújica... —pronunció con voz cavernosa— No es momento de enfrentamientos, sino de alianzas. Entended que la amenaza que el poder del de Haro significa no va dirigida contra uno de los dos, sino contra ambos; entended que en esta ocasión el mal del uno no apareja el bien del otro. Por la confianza en mí depositada, por la memoria de vuestros difuntos, por el futuro de vuestros hijos, os pido que dejéis a un lado los odios y diferencias que desde siempre os han dividido y os comprometáis a afrontar como hermanos una lucha que de no ser así, ya tenéis perdida.

Tanto Pedro de Abendaño como Juan Alonso de Mújica guardaron silencio con los ojos puestos en el rostro del conde de Treviño, como rumiando sus palabras. De reojo, el de Abendaño miró al de Mújica. Hacía dos años de su último gran enfrentamiento. Aún recordaba el temor que asaltó a todos los que como él aguardaban en el interior de las murallas de Elorrio cuando Juan Alonso llegó ante la villa al frente de cuatro mil hombres y ordenó que se emplazasen las bombardas. Ni él mismo se explicaba todavía lo que pudo ocurrir entre las filas de su enemigo para dar lugar a la espantada que originó su gran derrota. Su gran pesar seguía siendo no haber podido acabar entonces con aquel malnacido y después con toda su maldita ralea. Pero era hora de no enconar los recuerdos con los fracasos que tanto escuecen ni de engordar el orgullo con la dulce evocación de las victorias.

—Sea —exclamó—. Por mi parte dispuesto estoy a acordar lo que sin duda vos ya tenéis pensado.

Don Pedro Manrique de Lara esbozó una ancha sonrisa y su mirada, al igual que la de Pedro de Abendaño, se volvió al tercero en discordia. Las coloradas mejillas de Juan Alonso de Mújica no eran fruto del frío, como cuando había llegado, sino producto de la ira que le abrasaba y que le impulsaba a levantarse de la mesa y arremeter contra aquel hijo del diablo que le observaba con aquellos ojos que de buen grado le hubiera arrancado con sus propias manos. Por encima de los años transcurridos, por encima del periódico dolor de sus piernas desde el aciago día de Elorrio, por encima incluso de su propio odio, odiaba al de Abendaño por haber sido el principal instigador de la muerte de su padre.

—Sea —admitió de mal grado.

El Conde no ocultó su satisfacción y así se lo hizo saber a sus dos interlocutores, quienes, haciendo ímprobos esfuerzos por no saltar contra su enemigo natural, aquel que poblaba de pesadillas sus sueños, le dejaron hablar, esforzándose en no desviar la mirada de su rostro ni de perder frase alguna de sus labios. A pesar de ser el más joven de los tres —no llegaba a la treintena— el conde de Treviño gozaba de la confianza y el respeto de los dos banderizos. Quizás, en aquellos momentos, él era la única persona sobre la tierra capaz de sentarles ante una misma mesa. Ambos conocían el arrojo de aquel hombre moreno de cuidada barba y modales cortesanos, que para nada menguaban su talante firme y su probada valentía; sus hazañas en el campo de batalla, si no numerosas, daban prueba de sus dotes militares, y aunque ninguno de los dos compartía su sutileza ni su manera de hacer la guerra, le escucharon atentamente, en aquella tarde gélida de invierno, mientras la neblina crecía sobre los campos de Palencia y las sombras llenaban de oscuridad y frío la celda del monasterio.

—Si todo se desarrolla como vos auguráis—advirtió Juan Alonso una vez que el Conde hubo expuesto su plan—, y no queda más salida que la de las armas, a ninguno se nos escapa que las fuerzas que pueden ponerse al lado del de Haro serán más numerosas que las que se unirán a nosotros.
—Bien decís, pero aparte de las nuestras propias, que no son pocas, puedo adelantaros que si las cosas se tornan feas podemos contar con las de Pedro López de Padilla.
—¿El Adelantado Mayor de Castilla? —preguntó Abendaño.
—El mismo —respondió con satisfacción.
—No olvidéis que su suegro es el Maestre de Santiago, Conde —apuntó Mújica—, y que éste no dudará en apoyar al de Haro y hacer lo posible por poner a López de Padilla de su lado.
—Bien decís, Juan Alonso; gran escollo es el parentesco que ambos mantienen y lo poco que ambos gustan de enfrentarse, pero no peco de insolencia si afirmo que, apelando a nuestra antigua amistad y a nuestras comunes campañas, el de Padilla no se negará, llegado el momento, a prestarme su ayuda. Creedme si os digo que a pesar de los pocos días que han transcurrido desde vuestra llegada muchas vueltas he dado a este asunto y mucho he meditado sobre él. Nunca me atrevería, por mi honor y por vuestro bien, en aventurarme a tamaña empresa si no tuviera garantías mínimas en mis fuerzas y capacidades. Por lo tanto, no es momento de dudar, amigos míos, sino de confiar. Lo más difícil ya está hecho —omitió aclararlo, en un repentino temor de estropear lo conseguido—. Por la confianza que en mí claramente habéis depositado os ruego que dejéis en mis manos los primeros pasos a seguir, que a su tiempo os iré informando del resultado de las cosas. Y ahora —irguió su espalda—, en calidad de amigo vuestro y aliado, os exijo juramento de luchar hombro con hombro, sin enemistades ni recelos que a ninguno convienen, en esta empresa que aquí acordamos, así como de no perturbar la paz aquí establecida.

Con el corazón latiéndole al galope y fingida expresión de frialdad, don Pedro Manrique de Lara, conde de Treviño, escuchó henchido el juramento que nadie, ni siquiera él mismo, hubiese creído oír jamás de aquellos labios. Y con idéntico orgullo e incredulidad contempló estremecido cómo aquellos dos hombres, que de haberse tropezado tan sólo una hora antes se hubiesen lanzado uno contra otro como dos fieras salvajes, estrechaban sus manos y juntaban —en un gesto tenso lleno de violencias contenidas— sus mejillas, y que antes de levantar sus posaderas de las sillas habían acordado el casamiento de hijas e hijos de sus respectivas familias.

—Y ahora —exclamó pletórico el Conde de Treviño— ¡regresad sin demora y sin temor a vuestra tierra!, y arengad a vuestras gentes, y preparad vuestras armas! Y a nadie deis explicaciones de por qué desobedecéis al rey y rompéis el destierro, ¡que si el de Haro tuvo autoridad para desterraros yo tengo el coraje de devolveros la libertad!

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