—¡Socórreme Señor, socórreme que no hallo ningún remedio entre los hombres, ni en ninguna criatura; que si yo pensara de hallarlo ningún trabajo me sería grande. Muéstrame tú, Señor, dónde lo hallaré, que aunque sea menester ir en pos de un perrillo para que me dé el remedio lo haré!

Se desplomó violentamente, convulsionado por una congoja imposible de controlar. A cuatro patas, oculto el rostro por los cabellos grasientos y rotos que pendían rígidos como madejas de esparto, regó las losas negras con sus lágrimas. Gateó hasta la pared, apoyó en ella sus dedos huesudos y alzó hacia el techo sus ojos entumecidos.

—¡No me encuentro, Señor, no me encuentro! ¡Busco y escarbo en el fondo de mi alma y no llego a parte alguna! —el llanto cegó su mirada y todo se volvió turbio—. ¡Ayúdame, Señor! ¡Dime qué quieres de mí, Señor, Dios Mío, dime que quieres de mí!

Profirió un grito desgarrador y sus uñas se rompieron al arañar frenéticamente la pared. Permaneció doblado sobre sí mismo hasta que, de tanto llorar, el pecho pareció volverse insensible. Entonces escuchó dentro de su cabeza una llamada del exterior. No era la primera vez, y por eso su atención se dirigió inmediatamente hacia el ventanuco. Se incorporó, se acercó a él y lo abrió. La voz le llamaba, pronunciaba su nombre. Si siempre había sido cálida, en aquel anochecer ventoso lo era mucho más. Fue a su encuentro.

Al deslizarse suavemente hasta la estrecha cornisa, saboreó el placer de la plenitud. Dos pisos más abajo, el patio le esperaba con los brazos tendidos. Contempló los tejados borrosos en las sombras, las estelas rojizas que el sol en su huída había pintado en el cielo; aspiró la brisa fresca de las noches de agosto, mientras sus cabellos empapados se agitaban pesados con el viento. Allí, dos pisos más abajo, en aquella negrura incierta, le aguardaba la felicidad. Avanzó un pie hacia el vacío.

—Señor, muéstrame tu santísima voluntad para cumplirla.

Culminó el paso. Sus rodillas se doblaron y se sintió absorbido por una fuerza descomunal.

 

1ª Parte

ARÉVALO

“El contador mayor de los Reyes Católicos llamado Juan Velázquez, caballero muy principal, fundador del monasterio de la Encarnación de esta villa, siendo persona de gran calidad y muy amigo de Beltrán Yáñez de Oñaz y Loyola, padre de N.P. Ignacio, envió a pedir le diese uno de sus hijos para que él con su favor le ayudase y tuviese en su casa; y así le envió a Iñigo de Loyola, su hijo menor”.

Alonso de Montalvo (Fita, XVII, 498-499)

 

Julio de 1511, Arévalo (Ávila)

No era costumbre en Juan Velázquez de Cuéllar desatender sus obligaciones, ni incumplir los compromisos adquiridos con aquellos que solicitaban su consejo o arbitraje, tanto si se trataba de personajes relevantes de la villa como de simples vecinos, llegando incluso, en alguna ocasión, si el trabajo de ese momento se lo permitía, a prestarles audiencia sin la pertinente espera de días o semanas.

Sin embargo, cuando Cristóbal de Ávila, uno de sus oficiales de contaduría, le informó de la presencia de unos comerciantes del arrabal que deseaban exponerle sus quejas por ciertos disturbios acaecidos durante las últimas fiestas, le pidió que extendiera disculpas en su nombre y les comunicara que al día siguiente, a la hora que estimasen oportuna, serían debidamente recibidos.

Tenía entre manos cosas mucho más importantes que escuchar demandas que ninguna prisa corrían. El viernes quería desplazarse hasta Madrigal para examinar el estado de las reparaciones llevadas a cabo en el palacio real, y antes debía estudiar los términos del nuevo pleito que los vecinos de Olivares de Duero y Castiltejeriego habían interpuesto contra él por las tierras del despoblado de la Sinova. Bostezó largamente. Sentía la mente embotada. Encontrar el error cometido por alguno de los pendolistas en las cuentas de las rentas del obispado de Osma correspondientes al año anterior, le había llevado dos días con sus correspondientes noches, y ahora comenzaba a notar las consecuencias.

Apartó la vista de los documentos y la fijó, con gesto cansado, en la claridad que entraba por el ventanal que daba a la iglesia de San Juan Bautista, y se extendía como una alfombra luminosa sobre las baldosas terrosas del suelo. Prestó atención al roce de la pluma contra el papel producido por su ayudante al escribir, en su mesa, en el otro extremo de la cámara. Por encima del rasgueo, apreció el piar de los pájaros que revoloteaban por ventanas y balcones, y de fondo, el runrún lejano e incesante de la feria, del que de hito en hito descollaba una voz, un relincho, el sonido de una flauta. Llevaba tanto tiempo encerrado entre aquellas cuatro paredes que casi no recordaba la última vez que había salido de ellas. El trabajo de las últimas semanas había sido intenso, agotador.

La tentación de abandonar sus deberes y correr a gozar de aquel verano recién estrenado le llenó el pecho de ansiedades. Adivinó azul, rabiosamente azul, el cielo que desde allí no podía ver. Por un instante se imaginó cazando por las vegas cercanas a Arévalo en compañía de sus hijos y de sus pajes; oyó el trote blando de los caballos sobre la hierba, las voces de los ojeadores, los ladridos de los perros; aspiró la fragancia de los campos, el aroma húmedo de las riberas; sintió el tacto del sol en las mejillas, la caricia de la sombra de los pinares; vio una liebre cruzar como una centella ante sus ojos y se embargó de placer al evocar el movimiento de su brazo en el momento indescriptible de apuntarla con la ballesta, seguirla en su carrera y, al fin, disparar y verla brincar y caer atravesada por su saeta.

Suspiró. Repentinamente, añoró la presencia de sus hijos. Hacía días que no departía con ellos, que no los veía más que en el tiempo justo de las comidas. A esas horas estarían en la fortaleza; si no se equivocaba, esa mañana tenían clases de equitación y armas. Hizo un veloz repaso de sus quehaceres más urgentes. Si no acababa con el asunto del pleito, no podría realizar el viaje a Madrigal. Frunció el ceño. No importaba. Podía demorarlo hasta la semana siguiente. Se inclinó sobre la mesa, revisó los despachos que restaban por leer, ordenó los últimos documentos, dio una serie de instrucciones al ayudante, se vistió su inseparable capuz negro y salió de la cámara. Se hizo ensillar su caballo y una vez listo abandonó el palacio por su parte trasera, con el fin de evitar la aglomeración de la feria, ubicada, como todos los años por esas fechas, en la Plaza del Real.

Tomó la calle Tras del Real, y al paso tranquilo del animal la recorrió, deleitándose con el calor que parecía desentumecer su cuerpo. Una vez rebasada la Plaza de San Pedro azuzó su montura para llegar al trote, por entre las huertas, al castillo.

En su misma puerta, al sentir las voces y el bullicio que llegaban desde el otro lado de las murallas, desmontó, entregó las riendas a uno de los sirvientes y, no queriendo que su presencia interrumpiese la actividad del patio, caminó por un lateral hasta las escaleras y de allí subió al primer piso. El maestro de armas y uno de los ayos, que contemplaban desde el parapeto de piedra las evoluciones de los jóvenes, le saludaron con una leve inclinación de cabeza, haciéndole un sitio entre ambos.

—Extraño veros a estas horas por aquí, señor —dijo el maestro.
—Mas no penséis que es por falta de ganas ni por dejadez, maese Pedro —se disculpó el contador mayor apoyando las manos en el pretil—. De más cerca seguiría los pasos de los míos si mis asuntos me lo permitieran, que bien que en falta lo echo, no creáis lo contrario. Pero decidme... —siguió, cambiando de conversación— ¿Cómo van los muchachos?

Pedro de Toro informó cumplidamente a su señor de que no tenía queja alguna de ninguno de sus alumnos, puntualizándole de forma individual la actitud, el carácter y los progresos de cada uno de ellos, especialmente del que en aquellos momentos, con gran estrépito de cascos, choque de maderas y griterío de sus compañeros acababa de embestir al estafermo tan violentamente que tuvieron que acercarse dos criados a detener al maltrecho muñeco.

—Lástima de un palmo más de altura —se lamentó, como para sí, el maestro de armas.
—Lo suple con su bravura y decisión —opinó Juan Velázquez de Cuéllar.
—Desde luego, señor —replicó el maestro—, pero imaginad a ese mozo, con lo bien compensado que tiene cuerpo, piernas y brazos, con un palmo más, ¡sólo uno más! Temible soldado tendríamos ante los ojos.
—No son soldados lo que yo pretendo hacer de mis hijos —comentó el contador mayor contemplando cómo el joven aludido, desobedeciendo a su preparador, se disponía a alancear de nuevo—, ni de mis pajes. El aprendizaje de las armas es sólo una parte de su educación, y no la más importante. Sabéis que siempre he aspirado a hacer de ellos grandes hombres en otros campos; algunos en la iglesia, otros en la administración...

Juan Velázquez de Cuéllar quedó con la palabra suspendida al ver cómo el joven espoleaba su caballo con repetidos taconazos en las ijadas. No se oyó una voz. Desde el patio y desde la altura todos siguieron en silencio la carrera del animal, que avanzaba hacia el estafermo haciendo retumbar la tierra bajo el poderío demoledor de sus cascos.

—¡Aprieta las rodillas! —gritó el preparador— ¡La lanza firme contra tu costado!

El choque fue preciso y violento. La punta del asta golpeó en el centro del abollado escudo, el muñeco se giró como un rayo y los sacos de arena de su brazo derecho rozaron la espalda del jinete.
Una explosión de gritos alborozados rompió la tensión y los cuatro compañeros corrieron hacia el arriesgado aprendiz de caballero, que se aprestaba a descender de su montura.

—Demasiado valor —opinó el ayo—, y escasa prudencia.
—Si por él fuera —apuntó Pedro de Toro—, los sacos de arena serían remplazados por bolas de plomo.
—Da la impresión de que os enorgullecéis de ello, maese Pedro —recriminó el ayo.
—Para un maestro de armas siempre es motivo de orgullo el que sus pupilos demuestren arrojo, tanto en el combate como en los entrenamientos.
—No debe confundirse el arrojo con la inconsciencia, maese Pedro.

El contador mayor entornó los ojos. Pie en tierra, el joven Iñigo se deshizo del yelmo y su cabellera rubia brilló bajo el sol del mediodía. Juan Velázquez siguió sus movimientos, sin prestar atención a los comentarios de los dos hombres.

—Una de las labores de un buen preceptor es vigilar y examinar las actitudes de sus pupilos —dijo el ayo—. A veces, bajo conductas aparentemente loables, pueden esconderse ambiciones insanas y desmedidas.

A Juan Velázquez de Cuéllar le molestaron aquellas palabras. Estaba de acuerdo en que diversos comportamientos de su paje podían ser tachados de irreflexivos, incluso de temerarios. Durante los cinco años que llevaba a su servicio, el joven Loyola, como algunos le llamaban en Arévalo, se había hecho acreedor a tales calificativos. Pero estaba convencido de que tras sus excesos no se escondía ningún género de codicias malsanas.

Él lo observaba a menudo mientras era servido en la mesa, cuando le pedía el aguamanil; hablaba sucintamente con él mientras el muchacho le preparaba la ropa, cuando le ayudaba a vestirse o desvestirse, y a veces, desde las sombras de las galerías, lo veía conversando o jugando con sus propios hijos y los otros pajes en el patio del palacio, y no veía en el joven más que un afán por aprender, por sobresalir, por medrar en la vida; un afán semejante, aunque interpretado de diferente manera, al suyo, al que siempre había tenido, al que aún hoy, con cuarenta y pocos años y una brillante trayectoria a sus espaldas seguía teniendo.

Él era sin duda alguna uno de los hombres más envidiados del reino. Los reyes Isabel y Fernando lo habían colmado de mercedes; a la muerte de la llorada reina, el rey viudo —aunque por poco tiempo— le había ratificado en sus cargos, haciéndole donación, incluso, de alguno más. La reina Juana y su desafortunado marido Felipe también le habían demostrado su confianza con nuevas prebendas. Los favores le llovían de manera que tenía que delegar varios de sus cargos y nombramientos en terceras personas ante la imposibilidad de atenderlos personalmente; sus arcas se llenaban, año tras año, de miles de ducados; era miembro del Consejo Real, tenente de los palacios reales de Arévalo y Madrigal, alcaide de las fortalezas de Arévalo y Trujillo, veinticuatro de la ciudad de Jerez de la Frontera, regidor de Ávila, contador real, titular de la escribanía mayor de rentas del obispado de Osma, gobernador y Justicia Mayor de la villa de Arévalo,... Pero nunca había olvidado que provenía de una familia de hidalgos y que gran parte de su privilegiada posición se la debía al buen hacer de su padre, Gutierre Velázquez de Cuéllar, quien supo ganarse la confianza de sus soberanos y que durante treinta y seis años se ocupó, en su puesto de mayordomo, del cuidado de doña Isabel de Avís, la madre de la reina Isabel.

El resto, que no era poco, se lo había ganado a pulso; primero con las armas, combatiendo, con apenas veinte años, en el asedio y toma de la ciudad de Málaga a los moros, después con su lealtad, sus dotes para la administración, su constante servicio a la Corona. Pero no era noble con título, sino un simple hidalgo, el último escalafón de la nobleza. Y en su afán por ascender en la escala social, su primer paso había sido emparentar con la poderosa familia de los Velasco, desposando a María de Velasco, pariente del condestable de Castilla. Después de aquel casamiento y de los doce hijos que tras él llegaron, con más cargos, sueldos y mercedes de los que nunca hubiera podido imaginar, habiendo alcanzado el anhelado sueño de pasar de formar parte de los llamados “hombres de la pluma” para incluirse en el superior estadio de los “señores de vasallos”, sus metas se habían fijado en beneficiar a todos aquellos deudos y allegados que le fuera posible. Fruto de esa voluntad, cuando le fue concedida la tenencia de la fortaleza de Arévalo con un sueldo de doscientos noventa mil maravedíes anuales, no tardó en mandar un emisario a tierras de Guipúzcoa para pedir a su buen amigo Beltrán Yáñez de Loyola que le enviase uno de sus hijos con el fin de acogerlo a su cuidado como paje, educarlo en la vida palaciega y procurarle un puesto en la corte.

Y meses más tarde, un lluvioso día de primavera, el hombre enviado a buscar al hijo de los Loyola se presentó en la puerta del palacio real con un mozalbete de quince años, ojos vivos, labios prietos, mirada desconfiada y abundantes cabellos dorados.

—Hora es de bajar —exclamó el maestro de armas—, las clases ya han terminado y he de dictar las últimas pautas antes de que se me desperdiguen o se enreden en peleas.
—¿Acostumbran a pelear entre ellos? —preguntó Juan Velázquez de Cuéllar con un tinte divertido en la voz.
—Acostumbran, si señor; siempre en juegos y apuestas, pero juegos que en más de una ocasión han acabado en mayores. Sobre todo en días como hoy en que los ánimos están exaltados.

El contador miró de frente a Pedro de Toro y enarcó una de sus cejas a modo de pregunta. El maestro de armas volvió la vista al patio y con un gesto señaló a uno de los jóvenes.

—Casi siempre es él quien provoca los encontronazos, señor. Y encima Iñigo, que jamás vuelve la cara a nada... Son grandes amigos, pero su rivalidad excede a veces de lo puramente... del simple juego.

Juan Velázquez de Cuéllar fijó su atención en Gonzalo de la Vega, el tercero de sus pajes, cuya presencia allí se debía a idénticos motivos que la de Iñigo.

—Exceso de nervio —exclamó el ayo apartándose de la balaustrada.
—Ya habían llegado a mis oídos noticias de tal rivalidad, mas pensaba que se trataba de una simple competición entre compañeros. ¿Es tan enconada como lo que parecéis insinuar? —preguntó el contador mayor.
—Vos mismo pudisteis comprobarlo en los torneos que se celebraron el otoño pasado durante los festejos celebrados en honor de los reyes, señor.

Juan Velázquez observó a los jóvenes, que ya se retiraban hacia uno de los laterales del patio mientras los criados recogían los instrumentos y armas del entrenamiento.

—Pues pronto tendrán ocasión de demostrarla de nuevo —anunció entre las voces y las risas que subían desde abajo.
—¿Se espera la pronta visita de los reyes, señor?
—Para la próxima semana —respondió el contador dirigiéndose lentamente hacia las escaleras—. Una vez acabada la feria.
—¿Por mucho tiempo o será una visita de paso, señor contador? —preguntó el ayo.
—Poco más de una semana.

Llegaron al patio. Al fondo, junto a la puerta de las caballerizas, los cinco alumnos aguardaban al maestro de armas en compañía del preparador y del maestro de equitación. Agustín y Miguel saludaron con voces y brazos a su padre, quien, para no interferir en la labor de Pedro de Toro permaneció en el otro extremo del cuadrado, en compañía del ayo.

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