Orduña, 27 de octubre de 2005, 18:55 h.

El coche oficial aminoró levemente su velocidad al llegar al cruce y se desvió hacia la derecha, adentrándose en la estrecha carretera que llevaba hasta la entrada de la pequeña ciudad.

Las últimas claridades de la tarde se ahogaban lenta y lánguidamente en las primeras sombras del anochecer. A través del cristal ahumado, el Lehendakari observó la ermita del Buen Suceso, al lado de la calzada. Más adelante, un grupo de mujeres hablaba en las escaleras de unas escuelas. Zarandeados por el viento sur que venía soplando durante todo el día, los árboles de la residencia abatían sus brazos a un lado y a otro como danzantes en trance. El Lehendakari contempló su baile frenético al tiempo que el vehículo viraba a la izquierda, rodando firme y pesado sobre la calle mal pavimentada.

La visión de la porción de plaza que pudo verse al llegar a la alameda encendió los pensamientos que no le abandonaban desde aquella misma mañana, como esos repentinos golpes de aire que avivan las brasas moribundas. En cualquier otro momento hubiera vuelto la cabeza hacia su izquierda para contemplar, aunque fuese fugazmente, el precioso paseo arbolado que conducía al Santuario de la Antigua, y posiblemente hubiera hecho algún comentario a sus acompañantes, pero en aquel anochecer ventoso de octubre permaneció con la mirada perdida al otro lado de la ventanilla cerrada, mientras en su mente se repetía la conversación que se había esforzado en desterrar, sin conseguirlo completamente, durante toda la tarde. En un primer instante había pensado que se trataba de una broma, pero el semblante de su colaborador, sentado frente a él en su despacho del palacio de Ajuria Enea, dejaba bien a las claras que lo que acababa de referirle no era ninguna ocurrencia graciosa para comenzar el día de una forma distendida. Hablaron de ello hasta pasado el mediodía, y ni entonces ni ahora, mientras el chofer efectuaba un último giro a la derecha, resultaba fácil de admitir. “No le des más vueltas, Lehendakari –le había dicho su colaborador–. Lo importante es que todo está bajo control. Ya tendremos tiempo de analizarlo mañana”. Aunque por diferentes motivos, el colaborador tenía razón: ya tendrían tiempo mañana. Hoy, ahora, era el día, el momento de Orduña, o, más bien, de su vieja aduana, recién reconvertida en flamante balneario, aunque precisamente el protagonismo que éste adquiría en aquel asunto no ayudaba a olvidarlo, sino justamente a todo lo contrario. Sus muros grises aparecieron al rebasar el mercado de abastos. Los recorrió de arriba abajo en un vistazo fugaz. El grandioso edificio aparecía casi irreconocible, con su monumental fachada bañada por haces de luz que la recortaban contra el cielo cada vez más oscuro. Las voces de la gente que abarrotaba la plaza llegaban como un rumor de caracolas hasta el interior del vehículo. Mientras aguardaba a que le abrieran la puerta, el Lehendakari elevó la mirada hasta los ventanales de la última planta, en la que dentro de pocos minutos pronunciaría unas palabras. La increíble historia conocida apenas diez horas antes cobraba una dimensión especial al encontrarse allí, a pocos metros del lugar de los hechos. Desahogó en un suspiro toda una pesada carga de preguntas sin respuesta. La puerta se abrió con un sonido blando, dejando colarse como un aluvión el clamor que estalló al verle descender. Una tormenta de flashes iluminó su sonrisa y su mano saludando a la multitud que, desde detrás de las vallas de seguridad, le recibió con una salva de aplausos.

 

Orduña, 1 de Octubre de 2005

A primera hora de la noche, cuando las sombras caían cubrían ya la ciudad, cuando tan sólo un suave murmullo flotaba en la cafetería y algunos de los clientes que habían ido llegando durante el día descansaban ya en sus habitaciones, Sonia Egiguren, la directora, se abandonó indolentemente en la silla de su despacho y exhaló un suspiro profundo, inacabable. Había sido uno de esos días en los que uno no sabe muy bien si alegrarse de que al fin haya acabado o lamentar que lo haya hecho. Estaba cansada, pero dichosa. A pesar de los nervios y de las inevitables imprecisiones inherentes a toda inauguración, el balneario había aprobado con nota alta su primer día de andadura.

Su mayor satisfacción en esos momentos era la respuesta ofrecida por la población. Ya sabía de antemano que Orduña era un lugar bastante especial, que sus habitantes vivían todo lo relacionado con su ciudad con la misma intensidad que vivían los asuntos de sus propias familias, y había podido comprobar personalmente que era tal y como le habían contado. Por su mente fatigada desfilaban las miradas, los elogios, las enhorabuenas, las ilusiones…, las primeras horas de la mañana, cuando los vecinos se habían ido dando cita en la plaza, observando la fachada del balneario como si fuera un ovni o un meteorito caído allí aquella misma noche y no el vetusto edificio cuyas obras habían seguido y padecido día a día, semana a semana, durante los últimos años. Sonrió inconscientemente al recordar cómo se habían ido acercando, los primeros con paso de gallina desconfiada, los de después más decididos, hasta llegar a la puerta acristalada y empujarla, y pasar.

Sonia Egiguren paseó la mirada por las paredes, por el techo de su despacho. La vieja aduana de Orduña… Se levantó y salió al vestíbulo. María, una de las recepcionistas, atendía al teléfono; varias mesas de la cafetería estaban ocupadas; abrió la puerta principal y aspiró una bocanada de aquel aire tibio que le presentó la noche. Apenas había gente en la plaza, ni en las calles. Enfrente, al otro lado, se acababan de encender las luces que iluminaban la fachada del ayuntamiento. La estridencia de un claxon lejano se perdió por los tejados. Sí, Orduña era un lugar singular, entrañable. En esos momentos lo veía como a un anciano venerable, necesitado de cuidados y, mucho más, de cariño. Orduña, la única población de Vizcaya que ostentaba el título de ciudad, y que parecía obstinarse en ocultar tal condición tras una máscara de pueblo. Sonrió. Dio media vuelta y, con los brazos cruzados en el pecho, regresó al interior.

Había llegado a casa de madrugada y al sonar el despertador por la mañana el cuerpo le pidió unas horas más de descanso, pero hizo un esfuerzo y apartó las mantas. Sentada en el borde de la cama, respiró hondo varias veces y, sin ganas de calzarse las zapatillas, se levantó y se dirigió al baño.
Rato más tarde aparcaba el coche en la plaza y cruzaba las puertas del balneario.

-Buenos días, María –saludó a la recepcionista.
-Buenos días –devolvió la joven-. ¿Qué tal el viaje?
-Cansado, pero bien –respondió caminando hacia su despacho.

Ni siquiera se sentó en su silla. La cantidad de papeles, sobres, notas, amontonados en la mesa, le nublaron por un momento la vista. Pensó que era un buen momento para el primer café de la mañana. Ojeó lo que parecía más urgente y salió. Junto a recepción se encontró con Joseba, el responsable de las piscinas, y con Iñaki, uno de los masajistas.

-Ya de vuelta –dijo el primero-. ¿Qué tal el congreso?
-Como todos los congresos un aburrimiento, pero muy interesante. Ha merecido la pena.
-Imagino que todo no habrá sido asistir a las ponencias y comentarlas luego en la cena –bromeó.
-Por supuesto –sonrió Sonia-. Ir a Madrid y perderse sus noches aunque sólo sea por una sola sería imperdonable.

Rieron.

-Por aquí ya veo que bien –dijo después la directora-. Al menos a mí se me ha acumulado el trabajo. Faltas tres días y todo se desborda.
-Bien, sí –contestó Joseba-. A decir verdad yo no esperaba tanta gente la primera semana. Eso estábamos comentando ahora.
-Iba a tomar un café –dijo haciendo un inciso-, si os apuntáis…
-Venimos de tomar uno, aprovechando este ratito de tranquilidad.

El rumor que se venía oyendo de la zona de los ascensores aumentó y por el pasillo del fondo se pudo ver, a través de las cristaleras del patio, a un grupo de hombres y mujeres, algunos envueltos en albornoces blancos.

-Llegaron ayer –informó Joseba al advertir la mirada pensativa de la directora-. Jubilados. Vienen de Murcia.
-Sí, lo imaginaba. Antes de marchar a Madrid ya estaba confirmada su llegada.
-Por cierto, ¿te han ido tus amigas a los masajes? –preguntó Joseba dirigiéndose a Iñaki.
-No –contestó el joven con su eterna sonrisa de niño bueno.
-¿Qué amigas? –se interesó la directora.
-Nada –respondió el hombre riendo brevemente-. Una bobada. Que ayer, cuando llegaron éstos de Murcia, pasaba por allí y dos de las mujeres le tomaron por un botones y le pidieron que les subiera el equipaje, y claro, siendo como es, fue incapaz de decirles que no.
-Tampoco me importó. No me cuesta tanto; son gente mayor.
-Anécdotas que pasan –dijo Sonia, divertida.
-Menos mal que contó con ayuda –añadió Joseba-, porque por poco que lleven, las maletas de dos personas, pesan.
-Eso te iba a decir –dijo Sonia-: que ayuda no les hubiera faltado. Ésta gente acostumbra a hacer bastantes viajes y ya se conocen entre ellos.
-No –corrigió el hombre-, si no fue ninguno de sus compañeros, sino uno que apareció de repente arriba, al subir los ascensores, y se prestó voluntario.
-¿Otro cliente? –preguntó Sonia.
-No lo sé –contestó Iñaki encogiéndose de hombros-. Por los masajes no ha pasado.
-Y por las pintas que me has dicho que llevaba no creo que lo haga.
-¿Qué pintas llevaba? –inquirió Sonia con curiosidad.
-Por lo que me ha contado, las de un baserritarra pero… de los de antes.

La directora mostró un gesto de sorpresa y buscó la explicación del chico.

–Sí, llevaba una camisa abotonada hasta aquí –se apretó la nuez con ambas manos, engordando la voz– y una txapela pequeña llena de polvo…

El timbre del teléfono sonó y la recepcionista descolgó el auricular.

–Vamos, que habría bajado de algún caserío perdido en el monte –rió Joseba.
–Pero imagino que será un cliente –dijo Sonia–. De lo contrario, ¿qué hacía en las plantas de arriba?
–Yo no le había visto hasta entonces –respondió Iñaki encogiéndose de hombros, ruborizándose.
–Por lo que decís debe de ser el mismo que ayudó a recoger las copas de la cafetería –intervino María, la recepcionista, colgando el teléfono.

El gesto de Sonia reveló su perplejidad. La joven se adelantó a su pregunta.

–Yo no estaba, pero Iranzu me dijo que al limpiar una de las mesas se le resbaló la bandeja y rompió varias copas y una botella, y que un hombrecillo apareció de repente y le ayudó a recoger los cristales rotos.
–¿Cuándo ocurrió eso?
–Hace unos días, por la mañana. El miércoles… o el jueves.

Sonia frunció el ceño, molesta.

-¿Y puede ser el mismo hombre?
-No lo sé –respondió María-, pero también llevaba txapela, y tenía pintas de antiguo.
-Y por aquí, por recepción, ¿no se le ha visto?

Las mejillas de la joven se arrebolaron como rosas crecidas. Tomó aire.

–No… yo al menos no lo recuerdo.
–Sea quien sea –bromeó Joseba–, pone voluntad el hombre.

Aquella noche, Sonia Egiguren se durmió tarde, y cuando lo hizo, por encima de las otras muchas cosas que le bullían en la cabeza, su último pensamiento fue para el extraño sujeto del que habían estado hablando por la mañana. Y cuando el despertador le sacó del feliz mundo de los sueños, recordándole que daba comienzo un nuevo día cargado de compromisos, el personaje de la camisa abotonada y la pequeña boina seguía presente en su mente.

Mientras se duchaba, con las noticias de la radio como telón de fondo, se decía que no debía darle mayor importancia. Sin duda se trataba de algún baserritarra, como habían comentado, que se pensaba que andar de un lado a otro del balneario como si fuera su propia casa era algo normal. Regalando su rostro enjabonado al chorro de agua sonrió pensando en que tal creencia, si es que era así, no era muy distinta de la que tenían la mayoría de los orduñeses. Tanto los que acudían a utilizar las instalaciones como los que no lo hacían, tenían el sincero convencimiento de que el balneario era de su propiedad. Estaba en su ciudad y buena parte de sus dineros, en forma de impuestos, se había invertido allí. En el fondo, reconoció cerrando el grifo, parte de razón no les faltaba y hasta era bueno para el negocio que se sintieran tan involucrados, pero el hecho de que cualquiera pudiese moverse con total libertad por las dependencias del edificio no le gustaba en absoluto, y menos alguien que se entrometía de aquella manera. Al parecer nadie le había sorprendido haciendo cosas extrañas, más bien todo lo contrario, pues no sólo no se escondía, sino que además echaba una mano, pero ésa no era razón para dejarle actuar como si se tratara de un empleado más. Secándose delante del espejo, decidió que lo primero que iba a hacer al llegar sería ordenar a la plantilla que, en cuanto lo vieran, le informaran de que, a no ser que fuera a solicitar algunos de los servicios de sauna, masaje, piscina, etc. no podía pasar de la planta baja, o mejor, que la llamaran y ella en persona se lo explicaría amablemente.

Al entrar por la puerta del balneario, el asunto, que había quedado relegado a un segundo plano, recobró pleno protagonismo tras tomar un café con Ainara, una de las terapeutas. También ellos conocían al individuo, “Sí, en cierta ocasión ayudó a una de nuestras chicas a llevar toallas usadas a la lavandería. Supusimos que era alguien del pueblo, que andaba curioseando. Se ofreció voluntariamente, un encanto de hombre”.
Sonia se encerró en su despacho. Apoyó los codos en la mesa y el mentón en sus manos unidas. La idea de un casero despistado e ingenuo comenzó a desvanecerse en sus elucubraciones. Con los ojos fijos en el vacío y los párpados entornados en un gesto de suma concentración, Sonia Egiguren descubrió que aquel individuo, fuese quien fuese, estaba recorriendo el edificio de arriba abajo, penetrando en lugares restringidos al público. Y se estremeció en un escalofrío. En otras circunstancias podría pensar cualquier cosa, desde que todo era un mal entendido hasta imaginar que se trataba de un bromista o un desequilibrado y, en ese caso, bastaría con llamarle la atención o comunicarlo a la policía municipal, pero en las presentes estimó conveniente tomar otras medidas. Clavó la mirada en el teléfono y, tras meditarlo un instante, buscó en su agenda y marcó un número. Preguntó por el alcalde.

–De Sonia Egiguren, directora del balneario.

Frunció los labios y tarareó la melodía de una canción de moda. Ojeó los papeles amontonados sobre la mesa. Arrugó la nariz: se le había olvidado efectuar una llamada pendiente.

–¿Richard? –preguntó al oír la voz de hombre en el auricular.
–Sí. Dime, Sonia.
–¿Tienes muy ocupada la mañana? ¿Tendrías un huequito para atenderme un momento? –preguntó.

La risa del alcalde vibró en su oído.

–Por tenerla la tengo ahogada del todo, pero si me lo pides con ese encanto no podré negarme.

Ahora fue ella la que regaló una carcajada breve.

–Gracias. ¿Cuándo te viene bien? Yo no me moveré de aquí hasta el mediodía.
–A ver… –se escuchó un rumor de papeles–. Dame media hora y estoy ahí. A las once tengo una reunión, imagino que para entonces ya me habrás dejado libre, además tengo que preparar…
–Sí, sí, de sobra –aseguró–. Será sólo un momento.
–Entonces lo dicho: en media hora.
–Gracias, Richard.

Ricardo Gutiérrez Tellaeche se retrasó en quince minutos, pero la directora no le dejó disculparse. Le invitó a sentarse y pidió que le sirvieran dos cafés en su despacho.

–Pues tú dirás –dijo el alcalde dando vueltas a la cucharilla, una vez que la camarera les dejó solos.

Dibujando un gracioso mohín en su rostro, Sonia se encogió exageradamente de hombros, arqueó las cejas y exhaló un largo suspiró.

–Verás…

La sonrisa de galán del alcalde de Orduña se fue diluyendo a la par que el azúcar de su taza. Al acabar el relato de la joven, el brillo de sus ojos verdes se había teñido de preocupación. Se miraron en silencio.

–Y ninguno de los empleados le conoce ni lo relaciona con nadie, me dices.
–Así es. Va y viene de un lado a otro, pero como apareciendo y despareciendo; no se le ha visto de seguido, ni hablando con nadie. Hoy está un segundo en la tercera planta, dos días después ayuda en la cafetería, dos días más tarde va a la lavandería… Y si no fuera por los actos de la inauguración oficial –repitió por segunda vez– no me preocuparía en exceso, pero sabiendo que se espera la presencia del Lehendakari… –su gesto se crispó un instante–. Me da mala espina, la verdad. Igual piensas que soy una exagerada, pero…
–No –respondió con rotundidad el alcalde–, has hecho bien. La inauguración es el día veintisiete –dijo de memoria como hablando para sí mismo–. Antes de ese día, ¿se espera la llegada de alguien especial? ¿Algún empresario conocido, alguna personalidad?

Al otro lado de la mesa, Sonia Egiguren entrecerró los ojos. Negó levemente con la cabeza.

–La semana del diecinueve recibiremos al equipo del Euskaltel Euskadi –informó–. Vienen cerca de cuarenta personas, entre ciclistas, directivos, equipo técnico... Creo que tienen reserva para tres días, o cuatro, tendría que mirar.

Ricardo chasqueó la lengua.

–No creo que tenga relación.

Respiró hondo y dio una palmada, suave pero firme, sobre la mesa.

–Déjalo en mis manos –dijo realizando un amago de levantarse. Sonia lo retuvo un momento más.
–¿Tú también piensas que lo del día veintisiete tiene algo que ver?

El alcalde se encogió de hombros y su rostro se encendió como si se le hubiera agolpado en él toda la sangre del cuerpo.

–Te tendré al corriente –prometió incorporándose. Luego, desde la puerta, añadió con una sonrisa seria antes de cerrar–: No hables de esto con nadie más. Si te hace falta, llámame, no te importe la hora. Tienes mi número de móvil, ¿no?

–Con el Servicio de Protección de Autoridades, por favor.

La persona que le atendió le solicitó los datos necesarios para su identificación. Un minuto después, una voz gruesa de hombre tomó el relevo.
Tras colgar, Ricardo Gutiérrez se levantó de su silla y se acercó al ventanal. Corrió ligeramente la cortina y contempló la plaza, las casas, el edificio de la vieja aduana reconvertido en balneario, las montañas que rodeaban a la pequeña ciudad, el sol de octubre que lucía limpio, cálido, en aquel otoño joven que pronto amarillearía las hojas de los bosques y acortaría los días. El asunto había minimizado la importancia de los demás puntos del día anotados en su agenda. Hundió las manos en los bolsillos del pantalón, fijó la mirada en la fachada del balneario, tragó saliva violentamente. No sabía qué pensar; una brasa de preocupación y de rabia le quemaba el pecho y no acertaba a distinguir dónde acababa una y dónde comenzaba la otra. No era justo que, apenas iniciada su andadura, el balneario se viera envuelto en un asunto que perjudicase su futuro. Era como poner la zancadilla a un anciano, a un inválido.

La ciudad necesitaba del balneario casi tanto como del aire; aquél mastodonte gris cargado de historia, que llevaba años y años anclado en la plaza como un galeón varado en la arena, había sido el elegido para sacar a Orduña del peligroso estancamiento en que se hallaba hundida. Se habían puesto en él todos los esfuerzos, todas las ilusiones, todas las esperanzas.

Las gestiones para obtener ayudas habían sido arduas, largas y agotadoras. La situación de la ciudad, de su pequeña ciudad pegada a la sierra, alejada de la autopista, prácticamente carente de industria, no la convertía en el lugar más idóneo para ubicar un proyecto de aquellas características, pero la corporación municipal había tenido fe ciega e inquebrantable desde un primer momento en él y la población, una vez más, no había fallado. Habían sido años de reuniones, de discusiones, de malos momentos incluso, pero por encima de las diferencias, todos los orduñeses coincidían en un mismo afán: demostrar que aquel entorno hermoso, aunque aparentemente desangelado, poseía los suficientes atractivos como para atraer a toda clase de visitantes, desde los amantes de la montaña a los que prefieren caminos más suaves, entre árboles y campos verdes; desde los que buscan unos días de total sosiego hasta los aficionados al arte y la historia, teniendo como principal reclamo, por supuesto, las aguas del afamado manantial de la Muera, que ya surtiera de salud y renombre a otro balneario anterior, abierto en el siglo XIX y que permaneció activo hasta bien entrado el XX.

No, no era justo que tanto trabajo y esfuerzos derrochados con el único fin de procurar un porvenir digno a la querida Orduña se malograse por la mala leche de… no sabía quién. Se detuvo en esa incógnita: ¿quién? Repasó la descripción que del enigmático individuo le había hecho Sonia. Resultaba tan pintoresco que podría pensarse que todo aquello no se trataba más que de una gamberrada. Pero eso, caviló, ya lo determinarían los encargados de hacerlo; él había cumplido con su deber. Sacudió la cabeza, disgustado. El timbre del teléfono le sobresaltó, se giró sin moverse del sitio, consultó el reloj de su muñeca: las once en punto.

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