ORDUÑA, octubre de 1472

Una y otra vez el hombre cogía dos gruesos clavos de la bolsa de cuero que colgaba de su cinturón, se colocaba uno entre los dientes y el otro lo clavaba a martillazos fuertes y precisos, tomaba después el de la boca y lo clavaba a su vez; de vez en cuando se separaba unos pasos, observaba cómo iba quedando el trabajo y volvía a la tarea; también de vez en cuando dirigía una mirada a su compañero que, en el otro extremo del entramado de madera que estaban levantando, trabajaba tan absorto y diligente como él.

No hacía mucho calor; a primeros de octubre en Orduña nunca hacía demasiado calor. A pesar de ello, para enjugar el sudor, el hombre se había ceñido la frente con un pañuelo amarillento anudado en la parte posterior de la cabeza. Sus muslos, des- de el final del corto sayuelo hasta el comienzo de las medias, brillaban como marañas de hilo rubio.

Algunos transeúntes –mujeres que iban o venían de compras o de la fuente y hombres que pasaban con sus jumentos– se detenían un momento ante los carpinteros y luego seguían su camino. El del trapo en la frente los veía llegar, detenerse, cuchichear entre ellos y marcharse sin prestarles la mínima atención. Sabía que a su compañero eso le ponía nervioso, pero a él le daba lo mismo trabajar sin público que con cien espectadores a su alrededor, siempre que no le distrajeran; no sería la primera vez que había tenido que mandar a sitios poco recomendables a más de uno que, amén de entorpecerle el trabajo, osaba corregirle el mismo; los consejos de gente ignorante lo sacaban de quicio. Pero si había una cosa que por mucho espantar nunca conseguía ahuyentar del todo, ésa eran los niños; cuando venían en grupo eran como las moscas en verano: puedes echarlas a manotazos, perseguirlas hasta aburrirte... a golpes de látigo, pero al final siempre regresan al punto del cuello o de la cara del que habían sido expulsadas. De momento los chiquillos no habían aparecido por la plaza, pero sin duda llegarían de un momento a otro atraídos por el eco de los martillazos. Pensó en ellos; en realidad no le molestaba su presencia, sino su actitud, su constante jugueteo, su falta de pudor a la hora de acercarse a la obra o de reírse burlonamente del operario de turno; si al menos fueran todos como aquél... Había llegado a poco de comenzar, se había sentado en la entrada del portal de la tienda y, con los brazos rodeando las rodillas, no le quitaba ojo. De vez en cuando, entre clavo y martillo, entre respiro y ojeada, el hombre le dirigía una mirada furtiva y siempre lo hallaba igual: las rodillas entre los brazos, los ojos fijos en su persona y totalmente ajeno a las clientas que entraban y salían del comercio, algunas de las cuales le decían unas palabras y se alejaban ofendidas las unas y con una divertida sonrisa las otras, pero todas sin la menor respuesta.

El hombre ignoraba quién era el niño, juraría no haberlo visto en su vida. Posiblemente sería hijo de algún comerciante de paso que lo había dejado allí hasta acabar sus negocios, o quizás de algún mercader de los muchos que durante los días siguientes abarrotarían la ciudad. Sonrió bajo su barba pelirroja; el pequeño había tenido suerte: de haber comenzado su compañero a montar los futuros tenderetes por aquel lado, haría rato ya que lo habría mandado a paseo. Como si le hubiera leído el pensamiento, el niño rompió su inmovilismo, se puso de pies y caminó lentamente en dirección a la calle Vieja; el hombre, sorprendido, detuvo la labor y lo observó doblar, sin prisa y al parecer sin rumbo fijo, la esquina de la calle Medio.

Nunca sabría el buen carpintero que aquel niño de negro pelo y aspecto aburrido se alejaba pensando en él, y preguntándose si el hombre era mudo, o si se llevaba mal con su compañero; ni que en cada ocasión en que ambos trabajadores se habían mirado, había esperado que se dirigiesen la palabra, no por saber qué se decían, sino por saber cómo o, mejor dicho, en qué lengua se comunicaban, pues llevaba cuatro días que no hacía otra cosa que poner oído a cuantas conversaciones llegaban hasta la caracola de sus orejas. Justamente cuatro días, desde la mañana en que acompañó a la tía Ana a coger agua en la fuente de la plaza y llegaron dos hombres a dejar que abrevaran sus mulas en el pilón. La mirada que lanzó a la tía fue tan elocuente que ésta le preguntó sin dudarlo:

–¿Qué te pasa?

El pequeño, temeroso de que sus palabras anularan las que aquellos mulateros pronunciaban en su conversación, aguardó un poco antes de responder y después lo hizo en un susurro:

–No entiendo nada de lo que dicen, tía, ¿en qué hablan?

La mujer, entre dudosa y asombrada, estudió la expresión del niño hasta cerciorarse de que hablaba en serio; disimuladamente dio la espalda a los hombres y se inclinó hacia él.

–¿De verdad no sabes qué dicen? El pequeño negó con la cabeza. La tía asió la herrada, entregó al niño el cántaro igualmente lleno y se alejaron unos pasos, se detuvo, depositó la carga en el suelo y dijo:
–Ésa es la lengua que hablan en Castilla, ¿no lo sabías?
–¿Dónde está Castilla?

La mujer se giró y extendió un brazo por encima de la iglesia de San Juan. –Allí, en la cumbre de Sierra Salvada comienza Castilla; luego hay un territorio pequeño que pertenece a Álava y luego otra vez Castilla.
El chico contempló ensimismado las alturas horizontales, cortantes, de la sierra que, como un cinturón invencible, parecía separar a la ciudad del resto del mundo. Una vez más, la tía Ana insistió:

–¿De verdad que nunca habías oído hablar en la lengua de Castilla?
–No... –contestó llegando a dudar ante la reiteración de la pregunta–. Sólo conozco la nuestra y la que habla el cura de vez en cuando, pero mi padre dice que eso no es una lengua, sino una jerigonza del demonio.

La mujer sonrió ante la ocurrencia.

–¿Y nunca ha pasado por Lanzuri alguien que hablase así?, ¿algún mercader, algún viajero, algún mendigo?
–No sé..., me suena..., me suena... –respondió bajando la vista al suelo como para concentrarse– que cuando yo era muy pequeño, con cuatro o cinco años o así, pasó un hombre que estuvo hablando en la era con mi padre y con mi hermano, y me pare- ce que hablaba raro, pero no me acuerdo bien –dirigió a la mujer una mirada indefensa.
–Pues es raro que no la hayas oído hasta hoy; por Orduña pasa mucha gente que habla esa lengua... y otras. A partir de hoy ya verás cómo la escucharás más de una vez, sobre todo en los próximos días.

Y sin dar tiempo a una nueva pregunta cargó el agua y regresaron a casa.

–Dime, Elías –dijo el tío Pedro rompiendo el silencio–, ¿has pensado alguna vez qué te gustaría ser de mayor?

El pequeño miró al hombre, que, con la barba clavada en el peto de cuero, cosía trabajosamente.

–¿No me respondes?
–Cazador.
–¿Cazador? –preguntó sorprendido apartando por primera vez la vista del zapato que tenía entre las manos–. ¿Cazador de qué?
–De jabalíes, de lobos, de ciervos..., de osos...

El tío volvió los ojos al trabajo, esbozando una sonrisa que el niño no supo interpretar.

–Mi padre caza jabalíes.
–Sí, ya sé que tu padre caza jabalíes, pero no vive de eso. Los caza porque le gusta cazar, porque le gusta la carne de jabalí, pero... ¿cuántos ha cazado en su vida?, ¿cuándo cazó el último?, ¿lo recuerdas?
–No sé... respondió encogiéndose de hombros–, igual hace dos años.
–Por eso. Cuando te pregunto qué te gustaría ser me refiero a un oficio con el que te puedas ganar la vida.
–Cuando sea mayor viviré en Lanzuri. Siempre he vivido allí. Y seré como mi padre. Cuidaré las vacas, las ordeñaré, araré los campos, podaré los frutales, cogeré castañas para hacer harina...

El tío depositó el zapato a medio coser en su regazo y con- templó en silencio al pequeño mientras éste enumeraba sin cesar las actividades que había visto realizar toda su vida. Cuando acabó, reanudó las preguntas.

–¿Y no te gustaría ser herrero, o carpintero, o panadero..., o zapatero como yo?
–No sé. –¿Acaso te gustaría más ser escribano o algo similar? –No sé lo que es eso. Al fondo, en la cocina, la tía Ana trajinaba en silencio. –Tampoco pierdes mucho con no saberlo –dijo el tío retomando la tarea–. Son oficios para hijos de gente bien, o para gente con mucha suerte en la vida, para quien sepa leer y escribir y las cuatro reglas de la ciencia; para los demás...
–¿Tú sabes leer y escribir, tío?
–No, y por fortuna nunca me ha hecho falta para ganarme el pan de cada día, pero tampoco me hubiera importado saberlo. En esta vida, cuanto más sepas, más oportunidades tendrás para llevarla bien, por eso me gustaría que aprendieses un oficio; aquí, en Orduña, tienes varios para escoger.
–Pero en Lezama no me hace falta saber ninguno.
–Bien... –respondió el tío tras un largo silencio–, pero mientras estés aquí será mejor que en vez de andar dando vueltas por la calle, o aquí perdiendo el tiempo conmigo, aproveches el tiempo en aprender un oficio, uno que te guste, que nunca te vendrá mal.

Una figura en el umbral de la puerta interrumpió la conversa- ción; ambos a un tiempo volvieron la cabeza hacia la persona que acababa de entrar robando la luz de la tarde.

–Buenas tardes –saludó la muchacha con una amplia sonrisa.
–Caramba, Ochandita –contestó el tío devolviéndole el saludo y la sonrisa–, ¿qué te trae por aquí?
–Mi padre –exclamó graciosamente, juntando las manos sobre el faldón de su vestido–, que me manda a ver si le puede hacer el favor de prestarle una aguja gruesa recta. Hoy ha partido las últimas que le quedaban.
–Eso está hecho –canturreó el hombre revolviendo con los dedos en un cuenco de hierro repleto de clavos, trozos de cuero, leznas, bolitas de pez y alguna que otra aguja recta y otra curva.
–¿Qué tal tu madre, Ochandita –preguntó a voces desde la penumbra de la cocina la tía Ana–, ya se le pasó el resfriado?
–Bueno..., ahí anda, con sus hierbas y sus infusiones.
–Mira por dónde –farfulló el hombre– me va a venir bien que hayas venido, porque llevo algunos días sin badana fina y sólo me acuerdo cuando me hace falta, ¿sabes si tu padre tendrá un trozo... así? –preguntó separando las manos hasta la distancia de unos tres palmos.

Como siempre que veía a la muchacha, el niño estudiaba con curioso recelo la incipiente prominencia de sus pechos bajo el corpiño, su cabeza prácticamente rapada, la cinta de negro pelo que a modo de coronita ceñía su frente prolongándose hacia las sienes, desde donde caía a lo largo de las mejillas en dos largos mechones, y sobre todo sus ojos, sus ojos marrones, rasgados y vivísimos que le conferían un singular y atractivo aire de ave rapaz.

–No sé, me imagino que sí. Y si no tiene, vengo otra vez y se lo digo, para que lo pueda conseguir por otra parte.
–Pues sí, te lo agradecería..., pero no va a ser menester que dobles el viaje: mi sobrino te acompañará. Venga Elías, vete con Ochandita y trae... bueno, ella ya sabe.

El pequeño se removió en su asiento y al volver de nuevo la vista a la chica se encontró con su mirada penetrante y su perenne sonrisa. Salieron a la calle, ascendieron hacia el arco y asomaron a la plaza; mientras la atravesaban la muchacha comentó algo acerca de los armazones de los tenderetes que, desde la entrada de la calle Yerro hasta la de Carnicería por una parte y los que ordenadamente se habían dispuesto por toda la plaza, parecían esperar impacientes el comienzo de la feria. Tomaron la calle Urruño y en la puerta de una de las casas se detuvieron junto a un hombre sentado en un taburete que cosía rodeado de trozos de grueso lienzo, pedazos de cuero, pequeños artilugios de trabajo y madejas de cáñamo que se desparramaban por el suelo de la calle; Ochandita presentó al pequeño a su padre, entregó a éste las agujas y luego parloteó el recado; el hombre, a quien el niño recordaba haber visto en alguno de sus solitarios paseos, los envió al interior de la vivienda a que buscasen en el hueco del fondo de la cocina, junto al corral, en el que guardaba las pieles. El pequeño siguió como un perrito faldero a la muchacha a través de un angosto pasillo que desembocaba en una estancia cuadrada, grasienta y ahumada que servía de cocina y en uno de cuyos ángulos ardía un fuego bajo; en el opuesto se abría una puerta por la que entraba una nube de luz blanca. Mientras la chica revolvía en el lugar indicado, una mujer y un anciano aparecieron en la cocina sin percatarse de la presencia de los jóvenes; el viejo se sentó torpemente junto al fuego al tiempo que la mujer se volvía al escuchar ruidos junto a la puerta del corral. Ochandita, con un trozo de cuero en la mano, presentó al visitante, que inmediatamente fue obsequiado con un trozo de pan y un pedazo de queso.

–Ven –dijo la mujer–, siéntate aquí un rato y cómelo tranquilo.

El niño dudó un instante pero, azuzado por Ochandita, no se resistió. Ambos tomaron asiento en un banco próximo a las brasas, cerca del anciano que, encorvado y silencioso, no había prestado la menor atención al recién llegado. Entre mordisco y mor- disco, mientras la muchacha charlaba con su madre, el niño observaba de reojo los grises y enmarañados cabellos del hombre, sus manos duras, delgadas y nervudas, su nariz larga y colorada sobresaliendo de una descuidada y sucia barba.

–Abuelo –exclamó de pronto la chica–, éste es el sobrino del señor Pedro, el zapatero de la calle Yerro.

El viejo asintió varias veces en silencio sin apartar los ojos de las débiles brasas.

–Está viviendo con ellos.

Silencio.

–Se llama Elías.

El abuelo giró el cuello hacia el muchacho.

–¿Elías? –preguntó dibujando en el rostro un gesto de suma extrañeza–. Qué nombre tan poco oído, ¿quién te lo puso?

El niño, amedrentado por la voz ronca y oscura del hombre, bajó las manos con el pan hasta sus muslos, tragó apresuradamente lo que tenía en la boca y contestó en voz baja:

–No sé.
–Es de Lezama, abuelo.
–¿Lezama?, ¿la de aquí? –preguntó alzando un brazo en dirección a la pared de enfrente–, ¿la de detrás de Urkabustaiz o la otra?
–¿Qué otra? –preguntó a su vez la nieta arrugando la nariz.
–Qué otra, qué otra... –refunfuñó–, pues la de Vizcaya, coño, ¿cuál va a ser?
–La de aquí, abuelo, la de aquí. La de la tierra de Ayala.
–Ayala, Ayala... –murmuró retornando la vista a las brasas, encorvándose aún más sobre ellas–: tierra de banderizos.
–Déjalo, padre –pidió la mujer.
–Malditos sean todos ellos.
–Padre... –rogó cariñosamente. La tensión que el pequeño percibió de pronto en el aire le impedía moverse, sin atreverse siquiera a llevarse el pan a la boca—. Pasan los años, cambian los tiempos, o dicen que cambian, que no es lo mismo, cambian los reyes y las dinastías, y ellos siguen ahí, generación tras generación, pariendo camadas de...
–¡Padre! –gritó con voz temblorosa la mujer volviéndose desde la alacena del otro extremo de la estancia.

Ochandita tomó al pequeño Elías de la mano y, sin dejar de sonreír aunque con un velo de tristeza en la mirada, le propuso regresar a casa de los tíos. Le entregó el trozo de badana y enfila- ron el pasillo; a sus espaldas, Elías oyó a la mujer invitándole a regresar cuando quisiera, y al fondo, como un zumbido imperturbable, la voz dolorida, seca y ronca del anciano.

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