Torre de Unzá (Oquendo), año 1408

El sirimiri oscurecía las piedras de la torre de Unzá cuando los dos jinetes, surgiendo del bosque al paso lento de sus mulas, la distinguieron al final del prado, entre la niebla. Dentro de sus muros, Sancho Ospina de Ugarte aguardaba en silencio a que se abriera la puerta que tanto tiempo llevaba cerrada para él.

Al oír el rumor de voces pareció despertar de su recogimiento, y al sentir los pasos subiendo las escaleras su pecho se dilató en un profundo suspiro. Lo primero que vieron sus ojos tras el chirrido que abrió el portón fue el rostro del carcelero. Se irguió sin una palabra, sin un gesto, atravesó el arco sin mirarle a la cara y descendió lentamente los húmedos peldaños de piedra. Con idéntica indiferencia recogió las pocas pertenencias que le fueron entregadas en el portalón: una capa, un puñal y una espada. Y salió a la calle sin una sílaba de despedida.

Sus hombres le recibieron con una escueta sonrisa, le abrazaron y le tendieron las riendas de su montura. Mientras las tomaba y subía a lo alto del animal, Sancho Ospina de Ugarte alzó los ojos al cielo gris de la mañana y abrió los labios para aspirar una bocanada de aire. Era el mismo cielo que hasta hacía unos pocos momentos podía ver desde el ventanuco de su celda, y el mismo aire que entraba por él, pero ninguna de ambas cosas sabía igual.

Se pusieron en camino sin prisas, y sin prisas, al ritmo remolón de las bestias, se adentraron en el bosque. Pequeñas gotas humedecían sus cabellos al rozar con sus cabezas las ramas bajas de los árboles; la niebla se abría a su paso como rindiéndoles pleitesía.

-Quiero pasar por Irabien –pronunció secamente Sancho Ospina.

Los dos escuderos intercambiaron una mirada preocupada.

-No tengáis temor –aclaró adivinando sus pensamientos-. No hay en mí sentimiento alguno de venganza.

Llegaron a la pequeña aldea poco después. Sancho detuvo su mula en el mismo descampado en el que, siete años atrás, ocurrieron los hechos. Nada había cambiado. Hasta el día era tan parecido que creyó oír el estrépito que de pronto se dejó sentir en aquella infausta mañana, y ver llegar al tropel de hombres y de caballos por el sendero de Villachica. Sí, todavía sonaban en sus oídos, al igual que habían sonado cada día de aquellos siete años, las voces de Sancho de Anuncibay lanzando injurias y ofensas contra los Ospines, todavía podía ver, como cada noche de aquellos siete años, el rostro jactancioso y provocador del Anuncibay al detenerse al borde del camino mirándoles con aquella mueca de odio y de desprecio. Venía rodeado de cuarenta hombres, más del doble de los que él y su hermano Diego Fernández tenían a su lado en ese momento, pero esa desventaja no los retrajo. Respondieron al insulto con el insulto, a la amenaza con la amenaza y al acero con el acero. El recuerdo del chasquido de las armas al chocar y el griterío de los que se embestían y de los que corrían a emboscarse en la espesura o tras los muretes de las huertas para disparar desde allí sus ballestas, abrasó por un instante su sangre, pero no alteró un músculo de su rostro. Sólo al evocar el grito desgarrador de Sancho de Anuncibay tras ser traspasado por una saeta, sólo al recordarle caído de rodillas con las manos en el pecho intentando sacarse el venablo que se le había clavado hasta la espalda, sus labios se dilataron en una fría sonrisa.

No había mentido a sus dos escuderos. Su ánimo no albergaba sentimientos de venganza. La imagen del odiado enemigo correteando como una gallina descabezada, tropezando, gimiendo de dolor, herido de muerte, hacia una de las casas próximas, compensaban sobradamente aquellos siete años de prisión. Ni una sola vez en todo ese tiempo se había arrepentido de lo hecho. En los momentos más duros de su reclusión, con la cara pegada al ventanuco, mirando llegar y pasar inviernos y primaveras sin poder gozar de ellas, sin poder ir de cacería, ni a las romerías, ni a ferias ni batallas, su infalible consuelo había sido el pensar que tarde o temprano, más o menos avejentado, con más o menos fuerzas, él saldría de allí algún día, pero el odiado Sancho de Anuncibay, mientras a él le quedaba a cada instante menos tiempo de condena, se pudría bajo las losas de la iglesia en la que su familia le había enterrado. Ahora ya estaba de nuevo en libertad. Era suficiente venganza.

Exhaló un cortante suspiro y azuzó su montura.

-¿Qué sabéis de mi hermano? –preguntó.
-Sigue en Toledo, señor –respondió el escudero de su izquierda.
-¿Todo le va bien?
-Las nuevas que de él llegan así lo hacen creer.

Dejaron atrás Oquendo y cruzando las montañas boscosas pronto tuvieron ante la vista el valle, y al fondo, recogido y pegado al río, Llodio. Más de un rostro se volvió a mirarles al verlos pasar, más de un susurro corrió de boca en boca anunciando que Sancho Ospina de Ugarte estaba de nuevo en libertad, más de un corazón se desbocó temiendo las represalias que el señor de la torre de Ugarte podría tomar. Y en el aire de aquel día brumoso, confundiéndose con el humo de las chimeneas, se esparció de pronto un desagradable olor a sangre.

Pero el señor de la torre de Ugarte no quería represalias. Así se lo hizo saber a su familia durante el banquete que le tenían preparado. Habían mandado matar la noche anterior un ternero de buen peso que llevaba desde el amanecer asándose a fuego lento espetado sobre las brasas, y en el horno se cocían media docena de panes de trigo. Los sirvientes tenían preparadas cántaras de sidra en la bodega y varios odres de vino de Rioja comprados en el mercado de Orduña. El cielo quiso sumarse a la celebración y a primera hora de la tarde había comenzado a abrirse ligeramente, negándose a despojarse completamente de su capa gris pero dejando al descubierto retazos de un azul digno de la mejor primavera. Comieron, bebieron, cantaron y bailaron hasta la llegada de las sombras, momento en el que los parientes se fueron retirando, despidiéndose de Sancho con un abrazo, celebrando su libertad y su decisión de paz los más sensatos y solamente lo primero los más sanguíneos.

Unos y otros cruzaron el puente camino de sus casas. Y la noche cayó oscura y fría sobre los montes y los valles, sobre Llodio y sobre la torre de Ugarte. El crepitar de la chimenea, el mastín echado sobre la piel de oso, el calor de las llamas y el cuenco de sidra en las manos, hicieron sentir plenamente a Sancho Ospina el embriagador sabor de la libertad. Después de siete años de noches solitarias, de un camastro frío, de una jarra de agua por toda bebida, los pequeños placeres cotidianos le hicieron sentirse el rey más poderoso del mundo conocido. En un extremo del salón, a la luz de un par de hachones y ayudada por una de las criadas, su mujer hilaba en la rueca. La miró un momento, girando levemente la cabeza; había advertido algunas arrugas nuevas en torno a su boca y la anchura que habían adquirido sus caderas, pero su sola contemplación le provocaba latigazos de placer en la entrepierna. Dentro de poco la tendría toda para él en el lecho. El verse subido a ella, hundiendo las manos en sus carnes, casi le hacía rugir de deleites anticipados. Carraspeó como una fiera en celo y clavó la mirada en las llamas.

Su hija y su hijo le besaron y se retiraron a sus habitaciones. El fiel sirviente permanecía callado al otro lado de la chimenea y del perro, sentado con las piernas abiertas y el gesto absorto.

-¿En qué piensas, Domingo? –preguntó el señor de la torre.
-En todo lo que nos espera a partir de mañana, señor –contestó-. Ponerle al día del estado de las tierras, del ganado, de…
-Eso será mañana, como bien has dicho. No calientes la cabeza con asuntos que no puedes zanjar. Tiempo tendremos de ocuparnos de ellos.

Los temas relacionados con la hacienda tuvieron que esperar más tiempo del que al viejo Domingo le hubiese gustado. Durante las dos semanas siguientes a su liberación, Sancho Ospina de Ugarte se dedicó casi exclusivamente a desfogar cuerpo y espíritu, resarciendo a uno y a otro del largo periodo de inactividad a base de desenfrenadas galopadas por montes y caminos, saliendo de caza con algunos de sus hombres y , entre cabalgada y cacería, holgando con su mujer.

Recorrió las colinas y vericuetos de Ayala, de los alrededores de Llodio, de Oquendo, pero no se acercó ni de lejos a la zona de Orozco, en donde los Anuncibay tenían su torre, ni a las aldeas en que sabía que vivían simpatizantes y parientes suyos. Y no era por temor ni por falta de deseos de vengarse de aquellos que habían motivado su encarcelamiento, pues en más de una ocasión le costó un supremo esfuerzo no encaminar a su caballo hacia Orozco, sino por cumplir la promesa que se había hecho y procurar que la enemistad entre los dos linajes no trajese más muertos y más dolor a las respectivas familias.

Para tranquilidad de los suyos, su ardor se fue aplacando con los días, y así su mujer pudo andar por la casa sin temor a encender los deseos de su esposo y verse conducida inmediatamente al dormitorio, y sus sirvientes, especialmente el viejo Domingo, poner al corriente a su señor, de una santa vez, de los asuntos de la hacienda, que no eran muchos, pero que requerían un poco de atención.
Las salidas a cazar fueron siendo sustituidas por visitas a las poblaciones de las cercanías, especialmente a la villa de Orduña, en jornadas de mercado, y las galopadas sin sentido por trabajos caseros. El tiempo fue mejorando sensiblemente, los días se hicieron más largos y tres meses después de que el señor de la torre de Ugarte retornase a su hogar, la vida en él había recobrado su pulso normal. Sancho Ospina se alegró de ello una tarde cálida de viento sur. Sentado en las escaleras de piedra que subían hasta la puerta principal de la casa, contemplaba cómo las ramas de los nogales comenzaban a cubrirse nuevamente de pequeñas hojas. No era muy amante de la soledad, pero agradecía el disponer de vez en cuando de momentos de intimidad como aquél; su mujer, su hija y dos criadas habían marchado a Llodio, sus dos escuderos cumplían encargos en Amurrio, los criados estaban en las huertas y en la casa solamente quedaban su hijo y el viejo Domingo. Pensó que sería bueno para sus arcas el hacerse con algún molino, o con alguna ferrería. Si no podía conseguirlos por la fuerza, mandaría un hombre hasta Toledo para pedir a su hermano un buen puñado de maravedíes; las cosas le iban bien por allí y no dudaría en ayudarle. Le echaba en falta. Mucho. Demasiado. Hasta el punto de que por un momento pasó por su cabeza viajar él mismo hasta Castilla. ¡Hacía tanto que no se veían! ¡Tanto que no se abrazaban y se corrían una buena juerga…!

Un rumor de pasos se dejó sentir por la zona del río. Estimó que era pronto para que su mujer y las demás regresaran. Además, de ser ellas, sus voces de grillo las hubieran precedido. Supuso entonces que sería alguno de los criados. Con la cabeza vuelta hacia el lateral del edificio vio que un hombre se acercaba por el sendero. No parecía forastero, ni extranjero, pero su cara le era totalmente desconocida. Observó su ajado gabán, el cayado que le ayudaba a caminar, el zurrón que portaba cruzado al pecho y sus abarcas sucias y gastadas.

-¡A la paz de Dios! –saludó el extraño deteniéndose al pie de la escalera.
-¡Con Dios! –respondió Sancho Ospina.
-Hermosa torre –dijo el recién llegado.
-Bien decís. Hermosa es, ciertamente.
-¿Sois vos el dueño?
-De ella y de la tierra que estáis pisando. ¿En qué puedo serviros? –inquirió sin amabilidad en la voz.
-En nada, válgame Dios, que no me he parado aquí para solicitar favor alguno, sino para aliviar en lo posible el cansancio de mis pies.
-¿Sois mendigo o peregrino?

El hombre, de semblante afable, sonrió con la pregunta.

-Ni una cosa ni otra –respondió sentándose sobre la piedra del escalón más bajo-. Un simple viajero de camino hacia Castilla que, gracias al Cielo, no se ve obligado a pedir alimento, sino tan sólo un poco de conversación de trecho en trecho, para mitigar la soledad del camino.
-¿De dónde venís?

El caminante giró la cabeza para encararse al amo de la torre.

-De las tierras de Guipúzcoa cercanas al reino de Francia. Y mi meta la tengo puesta en Portugal. Rezo cada noche para que Nuestro Señor me permita cumplir mi cometido.
Sancho Ospina se quedó mirando fijamente al hombre sentado por debajo de él, intrigado por sus palabras y por el rictus de su rostro al volver la vista hacia el camino. Se alzó y bajó hasta su altura, sentándose a su lado.
-¿Y qué asunto es ése, aparentemente tan grave, que os lleva a Portugal?

El viajero arqueó las cejas, asintió levemente y comenzó a hablar. Sancho Ospina le escuchó hasta que un súbito ruido, semejante al producido por el viento en la maleza los días de tormenta, llegó de la parte de la leñera, y acto seguido otro semejante, acompañado de pasos a la carrera, de la zona opuesta. Sancho giró la cabeza a uno y otro lado buscando su procedencia y, al descubrir a los hombres que se acercaban corriendo, se puso en pie de un salto. Su primera reacción fue la de trepar escaleras arriba, pero las manos del viajero acababan de atenazar sus tobillos y, con el impulso, cayó hacia delante. Se levantó con la agilidad de un gato, a tiempo para esquivar el primer ataque y gritar «¡A mí, socorro y ayuda!».

El segundo golpe le impactó de lleno en la frente. No supo con que le habían dado. Mientras caía contra las piedras del muro se preguntó si había sido un garrote, una maza o una espada; mientras resbalaba hacia el suelo intuyó que se había tratado de un garrote o de una maza, porque no sentía la humedad de la sangre ni el escozor propio de las heridas de filo; mientras se desplomaba en la hierba pensó en el hacha clavada en un tronco a la entrada a la leñera, junto a la puerta de la cuadra. Pero no pudo llegar hasta allí. Aturdido, sintió cómo le cogían por los sobacos y lo arrastraban hasta las escaleras. Por un fugaz instante que le hizo concebir esperanzas creyó que si le llevaban allí debían de ser su hijo y Domingo, que querían meterle en casa para curarle, pero al advertir que se detenían y que le dejaban caer como a un saco de cereal, volvió a la realidad.

Una mano feroz le agarró por los cabellos y le ladeó la cabeza. Cuando sintió el frío de la piedra en su mejilla fue consciente del final que le esperaba. Tenía fuerza aún en los pulmones y en la garganta para gritar, para pedir auxilio o clemencia, pero prefirió gastar sus últimos alientos de vida en un mensaje más digno, que nadie pudiese decir jamás que Sancho Ospina de Ugarte había temblado al ver de cerca el rostro de la muerte: «¡Malditos seáis todos los Anuncibays! ¡Os esperaré a todos en el infierno, hijos de perra!».

El viejo Domingo y el joven Juan, acompañados del mastín, abrieron la puerta de la torre cuando la media docena de hombres se daba a la espantada entre feroces gritos infectados de burlas y risas envenenadas. Al igual que un lobo hambriento a la vista del rebaño, el fiero mastín se lanzó al vacío, rodó al chocar contra la tierra y salió tras ellos atronando el aire con sus ladridos. Preso del coraje y del dolor, el fiel sirviente, incapaz de controlar el temblequeo de sus mandíbulas, aferró al muchacho por los hombros, lo volvió y lo hizo entrar en la casa.

Luego, lentamente, muriendo a cada paso, descendió uno a uno los peldaños, sorteó el cadáver de su señor, desparramado sobre las escaleras, se arrodilló en la hierba y tomando la cabeza ensangrentada entre las manos la apretó contra su pecho. Haciendo un esfuerzo para mirarle cara a cara, le cerró los ojos.

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