El gran tejo

Desde la muerte de su abuelo –o más bien por las circunstancias que rodearon dicha muerte-, el joven Aitor había desarrollado un creciente sentimiento de rencor hacia todos los que de alguna manera –especialmente su propia familia- habían tenido algo que ver con el anciano.

Todo había sucedido de manera demasiado rápida, demasiado inesperada, para poder ser asimilado por su mente de ocho años. Recordaba cómo aquella noche de principios de mayo, el abuelo entró en su cuarto, se acercó a su cama, se sentó en el borde y le acarició suavemente el cabello. Luego, le besó en la frente y salió de la habitación. La dulce calma con la que se durmió esa noche se quebró con la vorágine de noticias, carreras, desconcierto, que sacudieron las primeras horas del día siguiente. Antes de que la tía Edurne se lo llevara a su casa de Amurrio, pudo saber, o mejor dicho deducir de las conversaciones agitadas y desordenadas que volaban por todo el caserío, que el abuelo había aparecido muerto a los pies del Gran Tejo.

Cinco años después, las sensaciones vividas durante aquellos azarosos momentos se repetían regularmente en la memoria de Aitor. Nadie en la familia había hablado de lo sucedido más de lo justo y él nunca había querido preguntar pese a las muchas incógnitas que le bullían dentro del pecho. Tan sólo Luis, el escultor que vivía en el caserío de la curva del río, y que parecía haber adivinado sus zozobras, le había dicho hacía un tiempo, durante la celebración de la festividad de La Blanca, que no debía ver en todo aquello nada extraño, pues lo que su abuelo había hecho no era nada más que seguir la costumbre que siglos atrás regían la vida cotidiana de algunas regiones de Europa: retirarse a morir junto a un árbol sagrado. Él le preguntó solamente dos cosas: Que por qué el Gran Tejo era sagrado y que cómo había sabido su abuelo cuándo le había llegado el momento de morir. Y Luis, el escultor que habitaba en el caserío de la curva del río, sonrió para sí, sacudió levemente la cabeza a izquierda y derecha y mirándole con ternura dijo:

—Tú has subido más de una vez a las alturas de Sierra Salvada, ¿verdad?
Muchas matizó el chico.
Lo sé dilató la sonrisa. Y has visto las manadas de caballos que allí viven, ¿no es cierto?
Claro.
Todos los caballos son bellos, pero en todas las manadas hay siempre un ejemplar que sobresale de los demás, que resulta más bello, que destaca por su estampa, por la fuerza de su gesto, por su manera de galopar. Pues con los árboles sucede lo mismo: existen muchas clases de árboles, todos hermosos y todos con sus particulares virtudes, pero hay unos pocos que son especiales. Y el tejo es uno de ellos. Me atrevería a decir que desde que el ser humano habita la tierra, su relación con el tejo ha sido estrecha y llena de simbolismos. Aquí, en Ayala, no hay tantos tejos como en otras partes de Europa, como Irlanda por ejemplo, pero eso no importa para que siempre se le haya tenido como un árbol especial. Y de entre todos los tejos de Ayala, nuestro Gran Tejo es más especial aún. Seguro que tu abuelo te contó más de una cosa referente a él. Para tu abuelo, como para otros muchos de su generación, el Gran Tejo formaba parte de su vida. Es una lástima que ese apego se vaya perdiendo con el tiempo.

El joven Aitor se quedó con ganas de saber más de aquella relación hombre-tejo de la que hablaba el escultor, pero sus labios repitieron sin dudarlo la segunda de las preguntas formuladas.

Hay cosas que sólo se pueden comprender con la edad, Aitor respondió Luis. No puedo decirte lo que tu abuelo sintió en su corazón para tomar la decisión que tomó, porque lo desconozco, pero era un hombre cabal, apegado a la tierra, en contacto con la naturaleza, y por eso estoy seguro de que si obró como obró fue porque «algo»le comunicó que era el momento. Supo que la hora de su retirada había llegado y quiso irse con dignidad. Y no había mayor dignidad para él que despedirse de este mundo al lado del Gran Tejo.

A raíz de la conversación con Luis, el escultor que habitaba en el caserío de la curva del río, Aitor desarrolló dos nuevos resentimientos: hacia el Gran Tejo, por creerle en buena medida culpable del inesperado fallecimiento de su abuelo, y hacia él mismo, por no haber aprovechado la presencia de éste para preguntarle miles y miles de cosas que ya, con su muerte, se habían perdido para siempre.

Desde ese día también, comenzó a frecuentar la verde campa, a los pies de Sierra Salvada, en la que el formidable árbol se erguía orgulloso desde tiempos tan antiguos que nadie en toda la Tierra de Ayala era capaz ni siquiera de calcular. Su tronco, formado por columnas semejantes a los nervios de un gigante, se hundía en la tierra y a ella se afianzaba con una mano de raíces sólidas como garras. Su altura sobrepasaba los veinte metros de altura y su contorno no podía ser abarcado por menos de siete hombres con los brazos bien extendidos. Él siempre lo había visto como a un ejemplar diferente por el afecto que los mayores demostraban hacia él; había oído muchas veces que su abuelo, y como él otros abuelos de Ayala, habían sido bautizado en la pila bautismal colocada en el interior de la enorme oquedad que, a modo de enorme llaga, lo traspasaba de Este a Oeste, circunstancia que no le confería debilidad ni afeamiento sino que, por el contrario, reforzaba la personalidad de su imponente figura, al igual que un garfio en lugar de mano lo hace con un pirata o una cicatriz en la mejilla con un gánster.

Tarde a tarde, y casi sin ser consciente de ello, Aitor había ido rescatando de su breve memoria de ocho años los relatos que el abuelo le había contado hasta el día en que decidió que su vida ya estaba colmada. Recordaba sus labios finos y húmedos diciéndole cómo en los tiempos en que los romanos pasaron por estas tierras, los naturales de las mismas se defendían untando la punta de las flechas con el jugo que se obtiene quebrando los extremos de las ramas del tejo, jugo que contiene propiedades tóxicas. Recordaba también cómo le decía que los tejos se rebelan cuando son atacados, como por ejemplo por obras o cercados, pues han sido creados para vivir en completa libertad y cuando ésta se ve amenazada sus raíces se convierten en tentáculos demoledores capaces de derribar el más férreo muro. Y recordada igualmente las narraciones que hablaban de cómo los tejos servían de lugar de reunión en las asambleas de vecinos desde tiempos inmemoriales, y que bajo su amparo y cobijo se habían tomado importantes decisiones.

Sin embargo, eran tan grandes los deseos del joven Aitor por conocer más cosas acerca del Gran Tejo y de su abuelo, que todos los recuerdos se le quedaban pequeños, no llegando a colmar, ni remotamente, su necesidad de saber. Ello le llevaba a no disfrutar de lo que ya sabía, y contribuía a aumentar su angustia por aquel inmenso vacío.

Sin saber muy bien por qué, una tarde de otoño se acercó hasta la curva del río, y enfiló el sendero hacia el caserío de Luis, el escultor. El hombre protegía sus grises cabellos con un pañolón sucio de polvo y sudor. Sus ojos, tras las gafas, contemplaban la figura que sus callosas manos trabajaban. Al ver llegar al chico interrumpió su labor y le invitó a sentarse a la puerta del taller. Pocas palabras le hicieron falta para descubrir las tribulaciones que afligían al muchacho. Pese a la confusión que le invadía, le resultaba transparente como el cristal.

Entiendo tus pesares, Aitor. Resulta muy difícil de llevar la ausencia de un ser querido, especialmente si sentimos que nos quedaba mucho por vivir y por aprender de él. Sin embargo, dentro de la desgracia eres afortunado por haberle tenido a tu lado durante ocho años, y aunque ahora no puedas comprenderlo, durante los ocho años más importantes de tu vida, pues son los años de la formación de las personas. Lo que tu abuelo te inculcó en ese tiempo ha conformado tu personalidad presente y futura.

Aitor frunció levemente el ceño y el brillo de su mirada fue una lluvia de preguntas.

Te intriga el porqué él decidió ir a morir a los pies del Gran Tejoprosiguió el escultor. Y ello hace que tus sentimientos hacia este árbol sean contradictorios sonrió. No le culpes de nada, Aitor, el Gran Tejo, como todos los demás tejos siempre respetarán a quienes los respeten. Ésa es la fuerza de la relación entre el ser humano y el tejo: el respeto. La naturaleza le concedió unas cualidades únicas, que los hombres han sabido entender, aceptar y valerse de ellas. Podría contarte muchas cosas acerca de los tejos, muchas leyendas, muchas anécdotas, muchas curiosidades, y te las contaré más adelante si te apetece. Ahora creo que lo único, y mejor, que puedo decirte es que la relación del tejo con el ser humano va más allá de la vida terrenal.
¿Qué quiere decir eso? preguntó el muchacho.
Por lo general, Aitor, las personas nos morimos con muchas cosas por contar, con muchas enseñanzas por comunicar. Cuando alguien fallece o es enterrado junto a un tejo, las raíces de éste llegan hasta la boca del difunto, aspiran sus secretos y, llevándolos a través del tronco hasta la punta de sus hojas, los liberan lanzándolos al viento.

Luis, el escultor que vivía en el caserío de la curva del río, calló con una enigmática sonrisa en los labios resecos. Aitor intuyó que no había dicho todo lo que sabía, pero no preguntó nada más. Algo le decía que no debía hacerlo.
De la misma forma, no regresó a la campa verde del Gran Tejo hasta el atardecer en que un impulso dentro de su pecho le aconsejó que lo hiciera. Soplaba una brisa lenta de otoño que traía aromas suaves. Una luz diáfana teñía de tonos amables las laderas de Sierra Salvada.

Tras un rato de pie frente al gran árbol, Aitor se sentó sobre la hierba. Sus ojos de trece años ascendían y descendían por el tronco terso y oscuro, su mirada se perdía en la frondosidad de su ramaje, su atención penetraba en el interior de la terrible oquedad. En un momento dado, la tierra se estremeció con un temblor de ola y el joven creyó sentir bajo su cuerpo un ejército de raíces contraerse y dilatarse en un movimiento de serpiente. Sin miedo alguno, elevó la mirada a las ramas más altas y la fijó en sus hojas. Un viento nacido de la nada acarició la copa del árbol y esparció en el aire de la tarde un polvo dorado que, por un instante, brilló al contacto con el último rayo de sol.

Nada más hubo que pudiera considerarse extraño. Aitor permaneció sentado aquel anochecer hasta que las sombras tendieron su velo sobre la Tierra y las formas se confundían.

Volvió al lado del Gran Tejo muchas tardes después de aquella. Sabía que los secretos de su abuelo estaban ya sueltos en el aire. Sabía que éstos penetrarían en él en el momento preciso. Bastaba con sentarse junto al árbol sagrado y observar, sentir, respirar.

 

 

Video Los Parientes Mayores

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