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El cartel de madera donde podía leerse el nombre de la población a la que estaba a punto de adentrarse, Laramie, confirmó al jinete que, por fin, había llegado a su destino. Llevaba demasiadas jornadas cabalgando sobre su viejo caballo, mas la fatiga, el cansancio y las noches durmiendo a la intemperie habían merecido la pena. En ningún momento dudó que fuera a conseguirlo, pero comprobarlo constituyó para él un bálsamo mayor que si se hubiese dedicado a dormir durante veinte horas seguidas.
Cualquier observador que lo hubiese acompañado hubiera pensado que, en todo momento, era el caballo, y no su dueño, quien elegía la dirección a seguir, pero se habría equivocado, porque era el jinete quien llevaba el control, aunque sabía hacerlo con suavidad y extrema sutileza, una suavidad y sutileza sorprendentes en alguien que media algo más de seis pies y pesaba casi doscientas libras. Aún así durante unos breves instantes permitió que su montura tomara la iniciativa y se acercara a un abrevadero, donde pudo reponerse del largo viaje que había tenido que completar soportando su peso. Cuando su montura se hubo saciado tomó nuevamente el mando y, al igual que su fiel animal, también él pensó que había llegado la hora de aplacar la sed, aunque no era agua, precisamente, lo que iba a saciarla.
El saloon, al menos externamente, era igual a otros cientos que podían verse y visitarse a lo largo de la totalidad de los estados y territorios del Oeste, y cuando penetró en su interior comprobó, en cierto modo con satisfacción, que también era idéntico por dentro. Los mismos grupos de hombres jugando al póquer, las mismas mujeres intentando que los ganadores de la partida se gastaran en ellas (o, al menos, con ellas) sus ganancias, los mismos vaqueros sedientos que tomaban de un trago el contenido de sus vasos y el mismo camarero que miraba inquisitivamente a su alrededor mientras limpiaba compulsivamente las copas usadas y observaba de reojo, de vez en cuando, la escopeta que ocultaba bajo el mostrador.
Había una cosa que no variaba nunca fuera a donde fuese. Cada vez que entraba en un local como aquel todas las conversaciones quedaban suspendidas durante unos segundos mientras los ojos de los presentes le miraban como si quisieran averiguar, tal vez por arte de magia, quién era, a qué se dedicaba y por qué había ido a recalar a esa población. Y los habitantes de Laramie no eran una excepción, así que durante unos breves instantes, tras empujar las puertas batientes que lo separaban del exterior y adentrarse en el saloon, todas las miradas convergieron en su persona. Pero al igual que solía suceder en el resto de lugares que había visitado, muy pronto dejaron de interesarse por él y continuaron con lo que estaban haciendo, lo que le permitió acercarse sosegadamente hasta el mostrador.

—¿Forastero? —le preguntó el barman, sin dejar de limpiar frenéticamente unos vasos que se resistían a ser despojados, sin luchar, de la mugre que habían acumulado tras años de dedicación exclusiva.

Evidentemente se trataba de un tipo listo, pensó el recién llegado. Era una injusticia que tuviera que ganarse las lentejas sirviendo bebidas en un saloon, en lugar de ser gobernador del territorio de Wyoming, pero la vida es así, reflexionó filosóficamente, aunque se limitó a asentir y decir que sí, que era forastero.

—¿Desea beber algo?

Listo e intuitivo, se reafirmó el hombre, decididamente la vida no había sido justa con el camarero.

—La verdad es que no me apetece tomar nada. He entrado porque estaba interesado en comprar el local, pero mientras me decido no rechazaría un vaso de whisky y una cerveza, si es que son de confianza.

El barman le miró con cara de no haber entendido muy bien lo que acababa de escuchar, antes de decirle que allí todo era de confianza.

—Lo de comprar el local es una broma, ¿no? —añadió finalmente, mientras le salía humo por las orejas. —Sí, pero lo del whisky y la cerveza no.

El barman pareció comprender y en pocos segundos, demostrando que al menos estaba capacitado para el oficio que ejercía, puso sobre el mostrador las bebidas que su nuevo cliente le había solicitado. Este se tomó de un trago la cerveza, con ostensibles gestos de satisfacción, y empezó a paladear lentamente el whisky.

—De primera, tengo que admitirlo. Quizás finalmente sí me decida a comprar el local.

Iba a llevarse nuevamente el vaso de whisky a los labios cuando un vozarrón le obligó a dejarlo suspendido a medio camino entre el mostrador y su boca.

—Así que tenemos entre nosotros a un gracioso, ¿no? Un forastero gracioso. Quizás habría que explicarle que a nosotros no nos gustan los forasteros, sobre todo cuando se las dan de graciosos.

El así aludido miró al hombre que acababa de hablar. Su cuerpo se correspondía con su voz, todo en él parecía inmenso, aunque tras una segunda visión estaba claro que en parte su aparentemente fuerte corpachón se debía más a la grasa que al músculo y que su espesa y desordenada barba negra no era más que un ardid para ocultar la inmensa papada que el comer y beber de manera desmesurada había hecho aflorar en su rostro. Incluso, a pesar de la distancia que les separaba, se percató de que necesitaba bañarse con urgencia, aunque seguramente desconocía el significado de la palabra «higiene», pero quizás no fuese él la persona más indicada para reprochárselo. Si alguien necesitaba ducharse más que el respirar era precisamente él.

Por lo demás, del voceras se desprendía un evidente hálito de autoridad, y estaba claro que el resto de la gente le respetaba o le temía. Enseguida comprobó que unos cuantos clientes se arremolinaban a su alrededor como si fuese su líder natural, posiblemente sería el capataz de algún rancho cercano. Todo eso lo comprobó en un par de segundos, antes de girarse de nuevo y beberse de un trago el resto de su whisky. Gracias al espejo que había detrás del mostrador pudo comprobar cómo se crispaba la cara de su interlocutor.

—No me gusta que la gente me de la espalda cuando les hablo, forastero —gritó de nuevo el gigantón. Parecía imposible que su voz sonara más fuerte que en la ocasión anterior, pero lo había conseguido.
—Perdone, ¿me hablaba a mí? Le ruego que me disculpe, pero es que soy un poco duro de oído y no he escuchado lo que acaba de decirme, ni siquiera me he dado cuenta de que estaba hablando conmigo. ¿Tendría la inmensa amabilidad de repetirme sus palabras?

El rostro del gigantón adquirió varias tonalidades, entre las que destacaron el rojo y el púrpura, antes de que pudiera volver a hablar, venciendo la congestión que se estaba apoderando de su persona.

—Te he dicho que no nos gustan los forasteros, y si son graciosos y se creen muy listos menos aún, así que más te vale abandonar Laramie antes de una hora.
—¿Quieres que me vaya? —le preguntó, pasándose al tuteo—. ¿Era eso? Pero si acabo de llegar, déjame descansar al menos un par de días.
—He dicho una hora y no acostumbro a repetir mis órdenes dos veces, así que será mejor que obedezcas.

Como si quisieran emular a las aguas del Mar Rojo cuando lo cruzaron Moisés y los judíos que huían de Egipto, el resto de la distinguida clientela del local se fue separando de los dos antagonistas, creándose un inmenso vacío alrededor de ambos. Aún así nadie se movió, quizás porque el temor lo impidiera o porque en el fondo nadie quería perderse lo que se adivinaba que podía ser una hermosa trifulca, salvo un tipo enclenque y canijo, con cara de comadreja, que optó por salir del saloon lo más rápido que le permitieron sus pequeñas y torcidas piernas, seguramente previendo la posibilidad de que alguna bala perdida le pudiese desfigurar su hermoso y apolíneo rostro.

—¡Guau, se ve que les impresionas! —exclamó en tono supuestamente admirativo el recién llegado, lo que hizo sonreír al gigantón, incapaz de adivinar la ironía que traslucían esas palabras.
—Así es —contestó henchido de orgullo—, en este pueblo todo el mundo sabe quien es Greg Robinson y que sus palabras son órdenes. Órdenes que deben cumplirse sin perder ni un segundo.
—Ya, entiendo. En ese caso, debo suponer que eres una autoridad, ¿no? ¿Quizás el sheriff? Porque no tienes pinta de ser juez o alcalde, ni mucho menos el párroco o el pastor del pueblo. No te ofendas, pero es que no das el tipo, no te imagino dando un sermón para convencer a la gente de que todos son hermanos e hijos de Dios y deben amarse los unos a los otros.

Pese al miedo o respeto que Robinson insuflaba a sus conciudadanos, algunos de los presentes no pudieron reprimir unas hirientes risitas, lo que enfureció aún más al gigantón.

—No, no soy el sheriff, ni el juez ni ninguna otra cosa, no lo necesito. Soy el capataz del «Kane Ranch» y mi autoridad proviene de aquí —señaló los dos revólveres que colgaban de su cinturón, convenientemente enfundados.
—Pues si no eres ninguna de esas cosas, no veo por qué tendría que hacerte caso. Incluso aunque lo fueras… —se sonrió levemente antes de añadir—. La verdad es que me gusta este pueblo, así que prefiero quedarme, si no te importa.
—Sí, sí que me importa —el aspecto de Robinson indicaba que su escasa paciencia se había agotado—. Te he dado una hora, pero empiezo a arrepentirme. Ahora solo tienes un minuto para largarte si no quieres sufrir las consecuencias.
—Te estás poniendo muy pesadito, amigo —la sonrisa no había desaparecido de los labios del recién llegado, pero sus ojos se mostraban vigilantes y atentos a cualquier movimiento—. No entiendo por qué quieres que me largue. Que yo sepa no he hecho nada malo ni he ofendido a nadie. De momento —añadió socarrón.
—Ya te lo he dicho, no nos gustan los forasteros, y menos cuando se las dan de graciosillos.
—Bueno, si es por eso, lo primero tiene remedio, en cuanto lleve varios días en el pueblo dejaré de ser un forastero. Lo segundo es más complicado, me temo, no puedo evitar el tomarme a broma las cosas. Es mi naturaleza, qué le vamos a hacer. Además, serios de verdad, totalmente serios, solo lo están quienes residen en el cementerio. Y más vale que te olvides de lo que querías hacer conmigo si no deseas comprobarlo antes de tiempo.

Si como dicen los prestidigitadores la mano es más rápida que la vista, el recién llegado debía ser el mejor prestidigitador del mundo. Antes de que nadie pudiera parpadear, en su mano derecha se alzó una pistola que detuvo en seco el movimiento que previamente, y sin avisar, había efectuado Robinson hacia su cartuchera.

—Podemos hacerlo de dos maneras —el recién llegado miraba hacia donde estaba el gigantón, pero hablaba de manera que todos le escucharan—, a la tuya, es decir, tirando de gatillo y que sobreviva el más hábil, lo que no estoy seguro de que te convenga, o a la mía, tomándonos juntos una botella de whisky y olvidándonos de lo que ha ocurrido. Un whisky siempre será mejor que un balazo —de nuevo afloró a sus labios una traviesa sonrisa— y creo que dos tipos como nosotros, que no tienen miedo a nada ni a nadie, deberíamos ser amigos.

Esto último lo dijo para evitar que el capataz del «Kane Ranch» se sintiera humillado porque le hubiese perdonado la vida, pero funcionó, ya que se relajó y avanzó hacia él, extendiéndole la mano.

—Puedes quedarte, forastero, te lo has ganado. Yo me llamo Greg Robinson, ya te lo he dicho. ¿Y tú?
—A lo largo de mi vida, aún corta pero que espero sea muy extensa, he tenido que usar, por desgracia, muchos nombres —contestó el recién llegado mientras respondía al saludo de Robinson—, pero el auténtico es McFree, Duncan McFree.

Un murmullo recorrió el local, pero fue Robinson quien hizo la pregunta que a todos les estaba quemando la lengua.

—¿Duncan McFree? ¿El hombre al que todos llaman Colt Duncan? —Sí, me temo que ese soy yo, el famoso Colt Duncan —sonrió tristemente al confesarlo—, pero no debéis creer ni la cuarta parte de lo que dicen de mí.
—Con que sea verdad la décima, sería más que suficiente.
—Bueno, dejemos de hablar de mi humilde persona, que soy muy vergonzoso. Camarero —le llamó a voz en grito—, whisky y cerveza para todos. También para el sheriff —añadió al percatarse de que un hombre que lucía una estrella en el pecho acababa de entrar en el saloon. Al parecer la comadreja no se había limitado a huir de la previsible pelea como alma que lleva el diablo, sino que había ido con el cuento al sheriff del poblado.

Viendo que el tabernero se mostraba indeciso, sin saber qué hacer, y entendiendo lo que le preocupaba, Duncan McFree sacó de un bolsillo un fajo de billetes y extendió unos cuantos sobre el mostrador.

—Con esto creo que se cubren suficientemente las bebidas y hasta te sobrará para que te pagues una puta. —Seguro que sí, siempre que estos no le vayan con el cuento a mi mujer —el barman señaló a los parroquianos, que se rieron a carcajadas.

La algarabía se interrumpió cuando el sheriff, acercándose a McFree, le dijo que llevaba mucho dinero encima para ser un simple vaquero.

—Es que soy muy ahorrador, sheriff —le replicó McFree—. Además, no soy un simple vaquero, debería saberlo si es cierto que mi fama me ha precedido.
—No me gustan los pistoleros —le contestó el sheriff, adusto.
—A mí tampoco, sheriff. Por eso he tenido que hacer muchas de las cosas que se me achacan. Para librarme de ellos —por primera vez desde que entró en el local, los ojos de Duncan McFree dejaron de sonreír.
—No tengo nada contra usted, en mi oficina no hay ninguna orden de búsqueda y captura, y mientras cumpla la ley tampoco puedo obligarle a que se vaya del pueblo, pero estaré atento, muy atento a lo que hace. Ya lo sabe, McFree.
—Me alegra ver un sheriff tan celoso de su deber, pero no se confunda conmigo. Esa estrella para mí no significa nada, he conocido sheriffs honrados, pero también muchos a los que habría que haber colgado del primer árbol que se hubiese puesto a tiro. Así que solo le respetaré si usted se hace respetar. Pero dejemos de hablar, que tanto darle a la lengua me da sed. ¡Camarero! —volvió a llamarle—, venga ese whisky y pon otro a la autoridad aquí presente.

Durante unos minutos todos los clientes del bar se limitaron a beber, mientras comentaban a gritos lo sucedido y se acercaban a McFree para palmearle la espalda y decirle que era un tío grande. Es decir, para hacerle la pelota, no convenía enemistarse con un tipo de su fama y que había demostrado que no llevaba sus armas como adorno. Poco a poco la mayor parte de la clientela fue abandonando el local, entre ellos el sheriff, que no había probado su whisky, y Robinson y McFree se quedaron solos, el uno junto al otro, sentados en una mesa alejada del mostrador y del resto de parroquianos que aún permanecían en el interior del saloon.

—Si quieres le puedo hablar a mi jefe de ti —le dijo Robinson a su nuevo amigo—, un hombre como tú nos sería muy útil en el rancho.

Duncan McFree pensó que lo único que de él conocía el capataz del «Kane Ranch» era su rapidez con la pistola y que, según se rumoreaba, no le temblaba el dedo índice a la hora de apretar el gatillo y llevarse por delante a todo aquel que le hubiera molestado, así que supuso que, seguramente, su idea no era contratarle para efectuar las labores que habitualmente desempeña un vaquero en un rancho, pero de momento prefirió no volver a enemistarse con él, aunque estaba seguro de que antes o después chocarían de nuevo irremisiblemente. Por eso, del modo más educado que pudo, se limitó a decirle que de momento no necesitaba trabajo.

—Te lo agradezco, pero como has podido comprobar, tengo el dinero suficiente para cubrir mis necesidades e incluso mis vicios.
—Antes o después se te acabarán los dólares. Además, mientras los tengas, siempre habrá quien quiera quitártelos.
—De lo primero estoy completamente seguro —se rio—, y quizás entonces acepte tu oferta. En cuanto a lo otro, si alguien desea suicidarse, qué quieres que te diga, está en su derecho, este es un país libre.
—Así que no necesitas trabajo, pero has decidido quedarte en Laramie durante una temporada —Greg Robinson le miró fijamente a los ojos—. Entonces, ¿qué estás buscando? ¿O a quién?

Duncan McFree miró fijamente al capataz. Quizás, después de todo, no solo fuese una masa de carne sino que también poseía un cerebro. Aunque, por otra parte, no dejaba de ser una pregunta lógica.

—¿Por qué crees que he venido a buscar a alguien?

Greg Robinson se encogió de hombros antes de responderle que en Laramie no había minas de oro ni plata ni tierras disponibles para establecer una granja o un rancho.

—Y tampoco tienes aspecto de tendero o buhonero, así que salvo que seas el nuevo médico, cosa que dudo, supongo que has venido aquí buscando a alguien. Si es así, tal vez pueda ayudarte.
—Tienes razón —admitió McFree, tras unos segundos de silencio—. Estoy buscando a alguien, pero no creo que lo conozcas. Se hace llamar Hopkins, aunque no estoy seguro del todo de que ese sea su nombre, pero es conocido como «El Impostor».
—Bonito apodo —dijo Robinson—, aunque no conozco a nadie al que le llamen de ese modo, ni tampoco a ningún Hopkins. ¿Puedes darme algún dato más?
—En realidad solo sé de él lo que te he dicho, desconozco si es alto o bajo, gordo o flaco, rubio o moreno, zurdo o diestro.
—Pues si no sabes nada de eso, me parece que lo tienes chungo —comentó Robinson sus palabras.
—No lo creas —respondió Duncan McFree, con un repentino fulgor en sus ojos —. Cuando le vea sabré que es él, y puedo asegurarte que el día que eso suceda deseará no haber nacido nunca. O quizás sea yo el que desee no haber nacido — finalizó lúgubremente, mientras se bebía los restos del whisky que aún quedaban en el vaso.

 

 

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